VÍCTIMAS OLVIDADAS

Cuando alguien pasa por una situación especialmente traumática tendemos a preocuparnos por él/ella, sea niño o adulto, olvidando al que está a su lado sosteniéndolo con la energía que brota redoblada de su espíritu malherido. Los creemos imbatibles y animamos con mensajes que patinan en la coraza que se fabrican para evitar que el sufrimiento debilite el propósito de su misión: arropar a su ser querido. Sé positivo, ánimo, ten paciencia, eres fuerte son frases que reciben con la mejor de las intenciones pero que, en la mayoría de los casos, caen en saco roto porque únicamente a los que les ha tocado remar en un barco semejante, conocen bien el sabor de la congoja.

Conozco una mujer a cuyo hijo le diagnosticaron cáncer de riñón a los cuatro años y de pulmón a los seis.  Álvaro ha alcanzado los catorce sano como un roble pero su madre ha tenido que aprender a vivir con el miedo que paraliza la respiración a poco que el adolescente estornude, tosa o se rasque la tripa dos veces. Sin embargo, Carmen no es la única que se ha tenido que adaptar al inquilino con los perros de Paulov ladrando antes incluso de que salte la alarma, Nuria pasó dos meses con su marido en la unidad de cuidados intensivos cuyos médicos deshojaban la margarita de su supervivencia a golpe de antibiótico en su cuerpo septicémico.  Javi ganó la batalla pero su mujer continúa pagando una factura con tratamientos que palían, de algún modo, las crisis de angustia que le retrotraen a la puerta del hospital con la incertidumbre en las ojeras.

Podría seguir dando ejemplos de estos fieles escuderos cuya misión es velar, cuidar y confiar en que todo acabará bien.  Contumaces incansables de la actitud positiva, a veces fingida, son auténticos artistas de la paciencia y dibujantes de máscaras bajo las que perpetran el llanto al que ceden en los momentos más tontos mientras que en los importantes, en los que sus seres queridos reclaman su auxilio, ellos se presentan audaces contra la adversidad convencidos de ganar la cruzada a costa de acallar sus propios recelos. Saben que pagarán el recibo con su salud mermada, que las crisis de ansiedad esperan agazapadas a que acabe la tormenta y que el azúcar, la tensión o el desequilibrio en el sistema inmunitario tomarán su revancha a poco que regrese la estabilidad de los días tranquilos; lo saben y lo aceptan con la porción de interés mínima que apartar del foco de su atención a quien aman por encima de sus vidas.

Daños colaterales, dicen los que recurren a los eufemismos, víctimas del sufrimiento, según mi criterio y en base a mi propia experiencia con un protagonista de mi entorno a quien temí perder.  Madres y padres de hijos con intentos suicidas porque han padecido abusos o no soportan el acoso de la escuela, maridos y mujeres de pacientes con una enfermedad crónica cuyo desenlace es demasiado sombrío y previsible, coleccionistas de horas de insomnio y minutos de agonía cuando el aire presiona el esternón, amantes de la soledad impuesta sobre la almohada y anfitriones del latido inconstante de un órgano asustado que merecen mi respeto y empatía sin fisuras.

Hablo de los cuidadores de hierro por fuera y mantequilla en la espalda que tanto necesita del calor de un abrazo sin preguntas o respuestas; de esos guardianes que subsisten con el banderín de la alarma permanentemente en rojo una vez recuperan la rutina con el esquema de sus prioridades alterado después de verse obligados a afrontar las decepciones, a cambio de un manojo de sorpresas que acarrea el vendaval de los afectos cuando irrumpe en un corazón que lidia contra la tristeza.

El guionista de la película Forrest Gump escribió que la vida es como una caja de bombones en la que nunca sabes lo que te puede tocar; estoy de acuerdo y, en consecuencia, he investigado la fórmula para que la dulzura de los ricos perdure en el paladar lo suficiente para suavizar el amargor de los malos combinando las emociones en el laboratorio donde albergo mis dos grandes amores mezclados con unos cuantos más pequeñitos.

Y ahí sigo.