LOLITA PILOTO EN PRÁCTICAS

Sara y yo hemos quedado en una terraza para beber una cerveza después del trabajo.  Llegamos a la vez y con media hora de retraso porque somos de las que recorremos la vivienda, justo antes de salir, para rematar tareas que incluyen polvo, nevera y recomendaciones a los churumbeles que se quedan pegados al ordenador para ver su serie favorita sin el ojo escrutador e imperioso de la paternidad.

María me había comentado del curso de iniciación a conductora que Lolita había realizado con su padre pero necesitaba tener la versión de la madre porque estaba segura que sería más divertida y con mucho más detalle.

-        Vamos, Sara  - le pido– cuéntame qué tal el experimento de tu hija al volante.

Sara resopla, pilla una aceituna y empieza el relato con el buen humor que le caracteriza.

-        Pues nada que aquí, mi querido esposo, ha tenido la genial idea de enseñar las virtudes del coche a nuestra amada adolescente por eso de que va a cumplir dieciocho años y quiere regalarle la matrícula en una autoescuela que acaban de abrir al lado de casa.  Según él, su abuelo enseñó a su padre, su padre a él y ahora él a su hija siguiendo la tradición familiar que tanto arraigo tiene entre los Pérez – pica otra aceituna y sigue – no sé si sabes que teníamos un Renault de cinco puertas y diez años en vías de jubilación hasta encontrar una oferta que no nos descalabrara el mes, bueno, pues allá que se fueron padre e hija a una pista de tierra que separa los viñedos de un amigo nuestro en la provincia de Toledo.  Salieron temprano y volvieron a las diez de la noche cuando yo ya me había empapado de propaganda del motor para elegir al próximo componente de la familia.

-        Sí – admito con una risita – algo me comentó María.

-        El caso es que la lección del funcionamiento de las marchas parecía ir bien, la de los pedales también y, de hecho, según cuenta Ricardo, los primeros cien metros (serían dos) los recorrió más o menos bien a pesar de los acelerones a saltos por los agujeros del camino – toma aire y continúa – el problema surgió cuando se acercaron a la linde de una finca en la que había un muro de rocas y alambre metálico con el cartel de prohibido el paso.  Lolita se asustó y, en lugar de frenar, pisó el acelerador a tope a la vez que su padre tiraba del freno de mano haciendo derrapar al coche que acabó con el morro haciendo el pino sobre las hojas de parra.

Me río y confieso

-        Ricardo no fue el único pardillo que puso a su hija al volante.  María se picó con el plan y pasó horas rogándome que le enseñara a conducir en la casa que tiene su abuela en la sierra.  Al final, y por no oírla, nos fuimos el sábado con la intención de que aprendiera lo justo para que me dejara en paz. 

-        ¿Estás loca?

-        Algo sí….

-        ¿Y no te estampaste contra un árbol?

-        No, afortunadamente salimos todos ilesos – suspiro – No sé Lolita, pero mi churumbela se envalentonó cuando el coche empezó a rodar hacia la entrada con mi mano en el freno de mano (no se quemó de milagro) pero, al acercarse a la reja, giró el volante y se enfiló hacia el muro mientras yo aullaba: ¡FRENA! ¡FRENA! ¡FRENA!

-        ¿Y qué pasó?

-        Que frenó conmigo al borde del colapso.  Me bajé y medí con los dedos la distancia que había entre el parachoques y la pared de roca: una uña. No le di un sopapo de puro milagro de modo que abrí el bolso y me endilgué tres pastillas tranquilizantes de Sedatif que me había regalado mi hermana ¿las conoces?

-       Ni idea

-     Son de homeopatía. Bueno, el caso es que empujé a María al asiento del copiloto, maniobré y apreté las mandíbulas para decirle, eso sí, controlando el tono, que allí se había acabado el curso hasta que no hubiera recibido veinte clases prácticas, como mínimo, en la  autoescuela.

Sara se queda pensativa

-        Bueno, al menos no estás buscando ofertas para comprar un coche nuevo porque el nuestro murió en el asalto.

-        ¿Del todo?

-        Kaput, Taboada, kaput.

-        Vaya…

-        ¿Y cómo dices que se llaman las pastillas?

-        Sedatif

-        ¿Y hacen efecto?

-        No mucho.

-        No sé, no sé, creo que sería más efectivo ingresar a las niñas en un convento.

-        Sí, yo también lo creo…. Piénsalo bien, así podríamos tener yemas de Santa Teresa gratis

-        No, déjalo, déjalo que engordan.

-        Tienes razón, engordan.

Y pedimos la segunda cerveza

   con una ración de calamares....