EL MERCADILLO

 

Hemos leído que un mercadillo dominical abre a tres kilómetros de nuestra morada y allá que nos vamos con la intención de agregarnos a los britishs que fondean los puestos con su Yeah yeah yeah, nice o how mucho money? que nos hacen quedar como extranjeras en nuestra propia tierra.  Los comerciantes ofrecen huevos de sus gallinas, fruta de sus huertos, ropa multicolor, antigüedades, amuletos de la suerte, velas de incienso y pedazos de la India y Senegal en mesas y percheros que centellean bajo el impacto de los rayos del sol en los hilos bruñidos de sus tejidos.

Me enamoro de un teléfono viejo, una falda hippy y una mujer que vende las uvas de su emparrado a cinco euros el kilo.  Me paro a intercambiar impresiones y me cuenta del trabajo duro que su marido y ella emprenden para sobrevivir.  Sonríe sin parar a pesar de la retahíla de sinsabores por los que pasan para llegar a fin de mes, el dolor de la espalda encorvada, los hijos que ya no están y los rezos a un Dios que les dé salud para seguir adelante con las cuatro perras que les proporciona su oficio. Las jóvenes no escuchan porque han descubierto un cartel de fotos de cabezas trenzadas que atrapa su atención y al que ansían imitar con sus melenas peinadas.  Siento una punzada de rabia por su inconsciencia, me hago la tonta para no dejarme importunar por su impaciencia y continúo hablando con la dueña de un viñedo mimado por la necesidad de un sustento en una vajilla gastada. Le pido permiso para hacerle una foto y asiente con pudor:  ¡Si soy muy fea!En absoluto – respondo – es usted muy guapa.

La africana nos recibe con seriedad ofertando precios según el modelo de peinado elegido.  Las niñas abren sus monederos y hacen cálculos de ahorros conseguidos con la generosidad de sus tíos y padrinos en los cumpleaños.  Debaten cuál sería el más apropiado y se deciden por mezclar mechones con guedejas en azul y dorado cayendo por encima de la espalda.  La primera se sienta y me dispongo a contemplar la agilidad de los dedos negros para enlazar la melena con tanta destreza.  Al contrario que la española, la senegalesa no habla, no sonríe, no participa de la algarabía que nos rodea con el viento azuzando las telas a volar entre los toldos. Una mujer se detiene frente a ella y pregunta el valor de una trenza para su hija (tres años) a quien le importa un comino el interés de su madre. La respuesta es escueta y la réplica un regateo que me irrita: No le pida rebaja – intervengo bajo la mirada cómplice de mi hija – es su trabajo y lo hace muy bien. Me observa con un mohín de indiferencia, toma la mano de la pequeña y desaparece entre las bambalinas de un escenario de mercaderes ahítos de calor y paciencia para soportar la grosería de algunos clientes.

A la una de la tarde empezamos a oír el crujido de barras de hierro al caer al suelo después de haber empacado la ropa en cajas de cartón amontonadas al lado de las furgonetas.  El último puesto vende biquinis a precio irrisorio para mis acompañantes cuyos brazos no son suficientemente largos para albergar tantos como querrían comprar.  Eligen, descartan, eligen, descartan con el propietario a su entera disposición pues somos las últimas en abandonar el solar.  Entre opción y opción me cuenta de su familia y la adolescente con la que su mujer brega para que no se le vaya por los cerros de Úbeda. – Es mucho más controladora que yo – suspira – a mí me tiene en el bote y lo sabe, me cuesta decirle que no y así estamos mi señora y yo todo el día: discutiendo. – No es fácil – corroboro – nada fácil marcar los límites cuando, además, el peligro es mayor ahora que cuando nosotros empezábamos a salir.  En mi caso, recuerdo volver tarde a casa sin miedo a caminar sola por la calle.  Tengo la sensación de que había unas normas de respeto que ahora no parece que existan. – No – responde – si a mí me parece bien que mi señora le obligue a estar en casa temprano pero me da pena que no pueda disfrutar como yo hacía a su edad.

Unos minutos después nos despedimos con una bolsa repleta de triángulos multicolores que combinar sobre la piel tostada por el sol.  Atrás queda una decena de feriantes doblando, colocando y cargando pesos con aire cansino.  Me paro para observarlos con mil preguntas cruzando la cabeza intrigada: ¿Dónde vivirán? ¿Cómo será su rutina? ¿Cuáles sus miedos, aspiraciones, sueños? ¿Qué les hace felices? ¿Qué les pesa en el alma?

Mi hija me llama: - Mami, no te entretengas que queremos ir a la playa. Respiro hondo y sigo sus pasos con cierto resquemor en la conciencia.  No hay nada que me diferencie de ellos, o si, haber nacido en una cuna con cientos de posibilidades que ellos no han tenido porque la cigüeña erró su destino. Nos separan los recursos con los que contamos para cumplir la escala de deseos que nos propongamos con mayor o menor fervor, pero en el fondo, en lo profundo de sus corazones, ellos y yo albergamos idénticas emociones con las que transitar por la vida que nos ha tocado vivir con la bandera de la resignación en el mástil de los desengaños.