LA PROEZA DE HÉROES ANÓNIMOS

Dedicado a Nuria Moreno, Carol, Lola, Rocío Mtnez Higueras y tantos otros que franquean las barreras con la más bonita de sus sonrisas

Álvaro, Gerard y Rubén son tres deportistas con diversidad funcional y poseedores de un palmarés de medallas en campeonatos europeos, mundiales o juegos paralímpicos que tuve el privilegio de conocer al visitar el Centro de alto rendimiento deportivo de Madrid con un grupo de compañeros vestidos de chándal.  La idea era emular su disfuncionalidad en la disciplina que ellos practican con el objetivo de experimentar los obstáculos a los que se enfrentan cuando uno vive en la oscuridad o transita por el mundo apostado en una silla de ruedas, pero la realidad se impuso con un bofetón a la conciencia, dormida en los laureles de la más absoluta ignorancia, tan pronto oculté la luz a mis ojos e inmovilicé mi cuerpo entre dos brazos de metal que me apresaban.

Rubén tenía 14 años cuando un accidente de coche lo sentenció a un hospital especializado en lesiones medulares del que salió rodando hacia la etapa adulta sin pasar apenas por la adolescencia.  Sé lo que es despertar en la unidad de cuidados intensivos con el abdomen hecho añicos, pero no la rabia de saber que un par de vértebras partidas se han llevado por delante los partidos de fútbol en el patio, las carreras por la calle y, quién sabe, el amor de la niña a quien conquistar con un cuerpo sin limitaciones que destruya el autoestima.  Rubén no habla de la herida psicológica que laceró sus entrañas y, en su lugar, se burla de su incursión fracasada en el deporte hasta que llegó el tenis de mesa para enamorarlo con el baile de sus palas de madera. Sonríe con la boca abierta mientras explica cómo lucha por conseguir un puesto en el olimpo a base de horas frente a una pelotilla blanca que golpea con destreza; es tan joven y vivaz que los escalofríos que recorrieron mi espalda al escuchar su historia desaparecen para ser reemplazados por las ganas de ejecutar un mate que lo anule sin lograr alterar un ápice la expresión jocosa de quien se sabe invencible.

Gerard se quedó ciego a los dos años de nacer por culpa de una enfermedad rara.  Atisba ráfagas de luz que no son suficientes para desplazarse sin la ayuda de Willow, el perro labrador que lo acompaña.  Ganador de medallas de oro y plata en las Olimpiadas, amén de otras cuantas en campeonatos internacionales, nos cuenta cómo él y su guía recorren las pistas de atletismo unidos por unas muñequeras que parecen esposas fabricadas con un látex inflexible.  Nos invitan a imitarlos en el circuito al aire libre que hay en el Centro, elijo a mi amiga Mar de compañera, me calzo un antifaz y levanto el pie derecho pensando en qué hora habré aceptado el reto.  Yo, que no corro ni detrás del autobús para no perderlo, me enfrento a una porrada de metros con el miedo incrustado en la suela de las zapatillas.  Mi guía anima mis pasos: vamos, Almu, vamos que ya llegamos, pero ni modo, acabo de transformarme en un pato mareado con las rodillas al pecho y la trampa inevitable de alzar, un pelín, la parte de abajo de la máscara en la búsqueda de una referencia que impida un tropiezo dudoso.  En la meta cambiamos de posición y es Mar quien se coloca el antifaz (otra vuelta a la porrada de metros) confiando en mí para no pisar las rayas blancas que delimitan las calles. Mi amiga es deportista y, aunque me escuece reconocerlo, me adelanta a pesar del esfuerzo de la vanidad  para no quedar atrás. Somos las últimas en la pantalla del campeonato virtual que acabamos de correr pero no importa, mi admiración por Gerard y su guía suple con creces el pinchazo del orgullo malherido en las orejas de mi pretensión.

El último ensayo de deporte paralímpico lo hacemos en la cancha de baloncesto adaptado donde nuestro asesor nos divide en dos equipos asentados en sillas giratorias como coches de choque circulando a su bola por la plataforma pintada de rojo.  Mi poco más de metro y medio de altura no ayuda mucho a la hora de encestar la pelota de pie pero, si por encima, estoy sentada, la canasta alcanza una altura considerable que se antoja imposible a menos que me implante muelles en los antebrazos.  Rodamos, nos reímos, giramos, nos reímos, vamos hacia atrás cuando queremos ir hacia adelante, a la derecha cuando tratamos de virar a la izquierda, nos reímos y, cuando por fin me sitúo justo debajo del aro, me levanto del asiento, lanzo el balón y consigo dos puntos fulleros coreada por el resto de mi equipo. ¡Milagro! Milagro! ¡Ha recuperado las piernas!!!

Es tarde cuando nos despedimos de mis nuevos héroes en la mampara de mi ignorancia y en el sentimiento de estupidez, que reconozco en mí, por no haber tomado conciencia de sus limitaciones hasta suplantar su identidad con el disfraz de una capacidad menospreciada por el entorno social que habitamos. Me encrespo al pensar en el bombo que los medios de comunicación otorgan a figuras de un olimpo cuyo mérito no es ni la mitad de válido que la de estos chicos y chicas con los cuerpos mutilados, o inteligencias con los cromosomas alterados, a quienes habría que encumbrar con los tambores de nuestro respeto, consideración y alta estima. Su dedicación, coraje y entrega debería formar parte de los titulares de la prensa deportiva en idéntica proporción a la de los goles de futbolistas que desarrollan su carrera con un engranaje mercantil que los aúpa.

Me doy cuenta de que creía compartir su valor pero no es cierto, como tampoco el de mi amiga Nuria, campeona absoluta del tesón para combatir con el deporte los desmanes de una enfermedad puñetera, ni el de Camino, nadadora con síndrome de Down que fumiga estereotipos, ni el de Irene Villa con su sempiterno positivismo para borrar el vacío de sus extremidades con la fuerza de su alegría.

Me quito el sombrero ante la proeza de estos valientes guerreros contra la adversidad y aprendo, vaya si aprendo, a valorar la suerte de tener un intelecto y cuerpo capaz de desenvolverse sin ayuda de muletas, humanas o inertes, con las que mis nuevos héroes transitan por la vida franqueando sus barreras.

Gracias por enseñarme a quitarme las vendas que creía no tener hasta que sentí el tacto de un antifaz, la tela de un sillón y las ruedas de mi inconsciencia.

Y gracias por las horas de risas bajo la luz de la voluntad, calor y alegría que proporcionais con la generosidad en el apretón de manos con el que nos introducís en vuestro planeta de estrellas.