LAS TRAMPAS DE LA NOSTALGIA - ALMUDENA T.

Esto del facebook tiene su punto. Me explico, cuando me apunté al libro de las caras no tenía ningún propósito de que fuera una herramienta para conocer a gente nueva, intercambiar impresiones o delatar mi edad, aficiones o vocación política; de hecho, ni me acuerdo por qué abrí la página con mis primeras fotos, pero el caso es que lo hice y no me arrepiento de ello.

A raíz de crear la web descubrí que aquello que tenía aletargado en mi ordenador podía ser útil para difundirla y que conocidos, amigos y nuevos candidatos al club pudieran participar de textos que había archivado en un diario escrito por y para mí como afición o terapia cuando arreciaba el temporal de noticias puñeteras.

Gracias a esta red he rencontrado amigos/as que habían quedado impresos en retratos del pasado y otros que, sin conocerlos, forman parte del día a día con tanta intensidad que, si no publican un buenos días, buenas noches, imágenes o deseos, sentiría que algo me falta y saldría a buscarlo.

Entre esta malla de rostros con caritas de dolor, sonrisa, asombro o enfado, he tropezado con mi primer amor platónico de los quince años. Él no sabe que lo espío porque topar con su página fue un hecho fortuito causado por mi curiosidad al desplegar la lista de seguidores de una amiga común.  Nunca fuimos novios pero sí mi más mejor amigo, que diría mi hija, y con quien me lo pasaba pipa, tanto cuando estábamos juntos como en las decenas de cartas que intercambiamos durante varios años. El muchacho tenía dieciocho años, regordete, no muy alto, dinámico y muy, muy divertido.  Llevaba el pelo cortado a tazón con el flequillo por encima de las cejas, mofletes sonrosados, alguna que otra peca y un humor a prueba de balas que compartía conmigo a pesar de ser una mocosa que aún, y a escondidas, jugaba con las muñecas.

Enrico vivía en una ciudad de provincias y veraneaba en mi pueblo aunque no con la frecuencia que a mí me hubiera gustado.  Pasaron los años y la Unversidad lo atrapó con planes entre los que no incluía Galicia.  No fue el único, mi familia también empezó a disgregarse y aquellos veranos de sol, mar y pandillas se perdieron en millones de anécdotas felices y siempre vivificantes. Estudié mi carrera, inicié mis travesías de Marco Polo, amores, amigos, trabajo e hija sin olvidarme de aquél mocetón que me trataba como a una “mayor” y que tanto me hacía reír con sus payasadas.

La nostalgia tiene trampas, solía decir un amigo mío, máxime si hablamos de más de treinta años atrás con la percepción de estar parado delante de una película en color sepia cuyos fotogramas se deslizan bajo el runruneo de una máquina vieja.  La figura de Enrico en el Facebook era la de un cicuentón, casi sesentón, con la frente despejada, sin rastro de pecas y el guiño en la mirada con el que pude identificarlo. Me disfracé de detective y anduve cotilleando biografía, publicaciones y fotos para elaborar su perfil adulto porque el de jovenzuelo lo tenía fresco y, a la vez, fullero. Había emigrado a una isla y tenía un montón de mujeres halagando su guapura, no parecía reconocerse con una opción política en concreto y sus publicaciones eran muy ligeras e intrascendentes. Coloqué el cursor en el globo del mensaje y pensé si merecía la pena contactar con él para recobrar un tiempo que, a todas luces, resultaba irrecuperable.

Me miré en el espejo y presioné las sienes hacia atrás para plisar las patas de gallo, las mejillas y el cuello. Abrí los ojos y exploré las arrugas de la frente, las cuatro o cinco canas que salpican el cabello y, ya de paso, el espacio entre nariz y boca por si tenía que recurrir a la cera para eliminar la sombra del temible bigote.  Indagué álbumes antiguos con el retrato de mis quince años y, a la vista del resultado entre el antes y después, pulsé la cruceta de cierre de página para regresar al presente.

He leído que pocas cosas impactan con profundidad en la memoria.  No nos acordamos de lo que hicimos hace una semana, ni siquiera de lo que hicimos ayer, pero sí dónde estábamos cuando los terroristas atacaron las torres gemelas en Nueva York, los trenes de Madrid y, los futboleros, la final del Mundial en Sudáfrica.  Algo parecido me ocurre cuando recorro el camino andado y revivo la emoción de una carta de Enrico esperando en mi escritorio a la vuelta del colegio; el queridísima Almudena con el que la empezaba y el muchos, muchos, muchos besos del final con el que bailaba a saltos por la habitación.

No era amor, ni siquiera atracción, sólo la conciencia de tener un amigo, quizá el primero, con quien la comunicación era fácil, cómplice y enormemente divertida.  Trampas o no, la nostalgia lo pinta con la inocencia de creer que las decepciones no existían, que el mundo estaba hecho para los buenos y que el amor, si llegaba, sería el de un hombre con el temperamento y empatía de aquél muchacho de cabeza cortada a tazón y risa de tambor africano.

Almudena T.