LOLITA PILLADA IN FRAGANTI

Hay pocas cosas que me diviertan tanto como hablar con Sara y que me cuente las novedades de Lolita.  Ella lo sabe y también que compartirlo conmigo exagerando el relato con una buena dosis de humor hace que la presión de la preocupación por su adolescente disminuya hasta el punto de conseguir darle la importancia que realmente tiene.

Esta vez quedamos a desayunar con el carro de la compra como testigo mudo de nuestras andanzas.

- Tengo que contarte la última, Taboada – empieza dando un sorbo al café – Ricardo y yo hemos pillado a Lolita en plena faena.

-  ¿Cómo?

- A ver – resopla – no exactamente, pero casi.  Resulta que el sábado Kike tenía una fiesta de cumpleaños y, aprovechando que también Lolita había quedado con el churri, su padre y yo decidimos ir al cine para ver la última película de Aménabar en los Multicines de Majadahonda.  Teníamos pensado aprovechar la excursión para buscar una lámpara en Leroy Merlín después de que el gato se cargara la que teníamos en la entrada cuando apareció la cobaya, pero todo se trastocó y tuvimos que cancelar el plan.

- Espera, Sara, espera que me he perdido.  ¿Desde cuándo tenéis una cobaya?

- Ah, es cierto, olvidé contarte que Romualdo forma parte de la familia desde que se mudó de la casa del churri a la nuestra.

- Sara, me estás liando

- Te explico. Romu fue un regalo de los Reyes Magos a Guillermo porque, según los psicólogos, las mascotas son muy terapéuticas para adolescentes desorientados como él que sólo quiere dedicarse al artisteo, (es lo que les contaron los sesudos expertos a sus padres cuando al Willy le dio por cambiar el latín por el rap), de modo que barajaron posibilidades en el mundo animal hasta que se decidieron por un conejo por eso de que no había que sacarlo a la calle, mantenerlo era baratito y , en caso de fallecimiento, un funeral en la Casa de Campo y fin de la historia – da otro sorbo al café – en definitiva, que se decantaron por Romualdo a quien le cambiaron al final el nombre por El Breve.

- ¿El Breve?

- Dos días, bastaron dos días para que a mi consuegra le empezaran brotar granos, picores y estornudos en señal inequívoca de alergia al bicho según confirmó la doctora de cabecera. Resumiendo el cuento, Romu fue deportado a la casa de los Martínez, es decir, la nuestra, por eso de la parentela amorosa entre los churumbeles.

Me río.

- O sea, que os endilgaron a la cobaya.

- No exactamente… bueno sí porque cuando aparecieron los Montesco-Capuleto con la jaula, la bolsa de pienso, virutas de madera y cartilla de vacunación, antes de preguntar qué hacían allí, el gato, que no se mueve de su cesto ni ahí lo maten, se lanzó como un poseso a la caja estrellando el candelabro en el suelo con el golpe de sus garras. Puedes imaginarte la escena: Lolita y el churri petrificados, el conejo a punto de infarto, el gato espatarrado, la lámpara kaput y Ricardo y yo atónitos sin saber ni qué decir – muerde la tostada – en fin, que una vez superado el shock de la bienvenida, mi amante marido agarró la jaula, la sacó a la terraza, cerró la puerta y sentenció contundente: este bicho se larga.

- Pero sigue con vosotros

- Pues sí, porque entonces llegó Kike y montó un melodrama de los suyos para que no le quitáramos el sueño de tooodaa su vida (este hijo mío se traga todos los programas de televisión en los que los concursantes repiten como loros que están cumpliendo sus sueños y ahora se pone en plan repollo cada vez que le da por pedirnos cualquier cosa con la excusa de que lo vamos a traumatizar si no lo consigue… enfin..).

- Sara, este es el primer capítulo, pero falta que me cuentes que pillaste a Lolita in fraganti.

Apura el café y continúa

- Pues verás, el tema es que Ricardo y yo teníamos organizada la tarde entre la búsqueda de la sustituta iluminaria y la sesión de la peli, pero cuando llegamos al cine, que llegamos tarde como es habitual en nosotros, ya no quedaban entradas de modo que nos acercamos a un centro comercial que estaba tan petado de gente (te juro que parecían las rebajas) que decidimos regresar a Madrid para darnos al Netflix como cuando no teníamos hijos pero sí un DVD para ver los vídeos con cerveza y palomitas.

- ¿Y no avisaste a tu hija?

- ¡Pues claro que no! Suponíamos que estaba con el churri en el Retiro – resopla – Ahora ponte en situación.  Entramos en casa y oímos un ruido sospechoso que procede del pasillo.  Mi flamante marido coge el móvil por si nos han entrado los cacos y tiene que llamar a la policía. Le susurro que espere un poco y nos acercamos caminando de puntillas hasta que, de pronto, la puerta del baño se abre con el churri saliendo semidesnudo con cara de fósil.  Nos mira, le miramos, aprieta la toalla contra las vergüenzas y farfulla: Lolita está vomitando en la ducha, le han sentado mal las lentejas.

- ¿Estás de coña?

- No, hija no.

- ¿Y qué hicisteis?

- Pues qué íbamos a hacer, entrar en el baño, yo me descalcé, me metí en la bañera, sujeté la frente de la niña hasta que acabaron las arcadas, cogí una toalla, la sequé, la acompañé a la cama, le puse un pijama y me fui a la cocina para hacerle un zumo de limón azucarado como hacía mi madre cuando yo me ponía chunga.

- ¿Y Guillermo? ¿Y Kike?

- ¿Conoces los guerreros de terracota? Pues lo mismo.  El churri de pie con el paño entre las piernas, mi marido observándolo de frente y en estado catatónico, el gato arañando el cristal de la terraza, Lolita lloriqueando que se encontraba fatal y yo dando gracias por haber encontrado un limón en la nevera.

- Sara, lo vuestro es de película de Almodóvar – me río

Me imita y continúa

- De acuerdo, te lo he exagerado un poco pero que la pillamos, desde luego que a poco si la pillamos, que su padre y yo, una vez superado el estrés post-traumático nos cabreamos, por supuesto que nos cabreamos y mucho, que la castigamos, por supuesto que la castigamos, que le hemos hablado del respeto a los mayores etc etc etc, ¡naturalmente! y que le he dado una comisión a San Antonio para que no falle ni la pildorita ni los neopreno, también – se frota los ojos – pero lo peor no es eso, Taboada, eso no es lo peor

- ¿Entonces?

- No, a ver, no es lo que supones, lo peor es recordar cuando mis suegros nos pescaron a Ricardo y a mí al volver antes de tiempo a casa porque no habían encontrado entradas para ver un flim en el cine del barrio.

- ¡No fastidies!

- Si, Tabo, sí que fue todo un fastidio.

- ¿Y qué os dijeron?

- Nada porque a Ricardo le dio tiempo a esconderse bajo la cama mientras yo fingía arcadas con la excusa de que la comida me había caído mal al estómago.

- ¿Y hasta cuándo estuvo escondido?

- Hasta pasada la medianoche

- ¿En serio?

- Si, Taboada, sí. Mi padre me dijo que estaba preocupado por mí y que no se movería de mi lado hasta que supiera que yo estaba del todo bien. Al final lo convencí para que se fuera a dormir con el rollo de que no podría descansar si lo veía a él tan agobiado y, pasada una media hora, Ricardo salió con el cuerpo hecho un cuatro, se escurrió hacia la cocina y salió escopetado a la calle.

- No sé, no sé, Sara, no conozco a tu padre pero para mí que se dio cuenta de todo y que se quedó contigo para jorobaros. 

- Acertaste Taboada porque cuando mi marido salió de debajo de la cama, encontramos sus zapatos perfectamente colocaditos a los pies de la mesilla de noche.

- El karma, Sara, el karma.

- Y tanto, Taboada, y tanto.