CÁDIZ (SEGUNDA PARTE)

 

Vamos a la caza de la playa de el Palmar en Conil de la Frontera por recomendación de la mesera del restaurante donde hemos comido.  El tom tom se comporta bien hasta que nos desviamos por las múltiples circunferencias con letreros flechados al mar.  Atravesamos urbanizaciones con pinta de albergar golfistas de palos caros, chalets algo aparatosos y, por fin, nos adentramos en una carretera comarcal que malicio no tener el mar como tapón de fondo.  La repolluda gepesera me conmina a entrar por un camino de cabras al que se accede por un puentecillo sostenido sobre un canal de riego con dos socavones a los lados que me hacen temer por la inmersión de mi Manolito y el coscorrón asegurado de nuestras cabezas.  Eludo el chupinazo y me adentro por una senda que discurre entre granjas desvencijadas con animales cornudos a lo largo de sus veredas.  Ojeo el retrovisor y contemplo a dos pardillos que me han debido tomar por experta habitante de la zona porque me siguen hasta que toman conciencia que, o damos la vuelta por el sembrado para retomar la calzada, o nos presentamos para decidir si mutamos el oficio por el de noble ayudante de cabrero andaluz reputado.  Realizo maniobra, me aparto para dejarles sitio (soy muy cortés) y espero a que enderecen sus morros para continuar tras de mí en esta especie de travesía al libre albedrío de un aparato que, sospecho, está financiado por petroleras para vender litros de gasolina extra en los kilómetros de más que nos regalan sus instrucciones. Retomo dirección y obedientemente giro de nuevo hacia la derecha por una vía asfaltada que presiento ser la acertada con los pardillos besándome el parachoques de la retaguardia.  No me he equivocado pues alcanzo una intersección con una P de párking a la diestra del volante. Intermitente, giro y las voces de mis churumbeles:  ¡el cono!  ¡Te llevas el conooooo! que evoca el palo que no me tragué de puro milagro en Córdoba (para los curiosos.. http://www.almudenataboada.es/426609117).  Freno, abro la puerta, alzo la barbilla y contemplo el plástico bicolor a milímetros de los faros; al fondo el guardia del solar me observa con curiosidad, retrocedo, meto la primera, sorteo el obstáculo y contemplo al Monsieur acercarse batiendo los brazos: ¡Está llenoo! Freno, bajo la ventanilla (llevamos aire acondicionado para no tostar el intelecto) – ya, ya, yaaa…usted no se agobie que sólo estoy dando la vuelta al ruedo.  Se encoge de hombros y se aparta mientras recupero la salida para colarme por el terreno colindante que tiene suficientes huecos, un euro más caro, para situar a Manolito en estado de reposo.

Hay una cantidad importante de humanoides con sombrilla, cubos, palas y sillas a la que perseguimos por un par de dunas que nos llevan a una playa de arena blanca colmada de familias apiñadas como garbanzos en la olla del cocido.  Soltamos bolsas y toallas decidiendo turnos para bañarnos por eso de evitar hurtos que nos dejen en biquini al albur de la arena.  Me ceden el primer puesto y camino hacia el mar encrespado con decisión en los talones.  El agua está tibia, una ola, dos olas y ¡plof!, en toda la frente. Levanto los brazos y recupero la posición vertical con los pelos lamidos en sal.  No me arredro y continúo lo justo para adivinar que Neptuno está de resaca y con ganas de acarrear mis adipocitos a su reino de algas. Retrocedo cual cangrejo hasta las toallas, tomo el móvil, busco el horóscopo y leo: Se abre un período de prosperidad. No te la juegues.  Las niñas me observan intrigadas: ¿Qué pasa? ¿No te bañas? .- Si – respondo - sólo estaba indagando el futuro por si tengo que elegir entre convertirme en sirena o permanecer con mis piernas de piel humana. Rocío, la amiga de mi hija, abre los ojos tamaño plato – No te preocupes, Ro – replica mi churumbel – mi madre está de coña, lo que intenta decir es que el mar es peligroso y que hay que nadar donde se hace pie para que los socorristas no tengan que hacerle el boca a boca, ¿verdad mami? (me guiña un ojo). Sonrío orgullosa de mi descendiente, lo ha pillado a la primera.

Demasiada gente, ruido y calor nos propulsa fuera del arenal antes de lo pensado. Nos reunimos con Manolito y enchufo el tom tom de vuelta a casa por las tropecientas rotondas hasta que la confusión me deriva a Verger de la Frontera sin habérmelo propuesto.

¡Vaya con el inconsciente! – exclamo – ¡Si yo que quería visitar este pueblo y mira por dónde allí vamos! Las niñas no se inmutan, están acostumbradas a mis aventuras por los caminos insospechados de mi orientación y, con las mismas, replican: Vale, pero ¿Podemos parar a merendar? Accedo y aparco cerca de un bar, La despensa del Abuelo, que huele a calorcillo de hogar.

El posadero es un hombre entrado en años y encantador que nos trata igual que si fuéramos los parientes que vienen de la ciudad para descansar del estrés. Pedimos Cola Cao y mollete con mantequilla y mermelada para las tres.  Esperamos, esperamos, esperamos y al fin aparece el caballero con un bote familiar del cacao (cucharilla dentro), una tarrina de la misma índole de margarina y vasos con las marcas blancas que imprime la antigüedad de los años en el cristal – Siento el retraso – nos dice compungido – las primeras tostadas se quemaron. A ninguna nos importa si el pan está más o menos blanco, el bote en lugar de sobres o sucedáneo de manteca, a compartir con el dueño, en lugar de cajitas amarillas con nombre de origen asturiano. Somos así de simples, nos alegra infinitamente más el trato afectuoso que la pose fría de mesoneros que realizan su tarea como robots procedentes de otras galaxias.

Está oscureciendo y estamos cansadas. Verger queda a poco menos de un kilómetro de distancia, pero hay una hilera poderosa de gusanos motorizados que nos quitan la querencia de descubrir la belleza de sus callejuelas blancas.  Regresamos con la tom totonera instruyendo a derecha e izquierda por la A de autovía que tanto había echado de menos en la mañana de turismo por el páramo gaditano. Una hora más tarde estoy entrando en el apartamento con la lista incumplida de lugares recomendados por amigos para conocer y de la que, estoy segura, me van a preguntar con afirmaciones rotundas: ¿A que es una preciosidad? ¿No te lo había dicho? ¡Es una pasadaaa!

A ver cómo les explico yo que lo que a mí me va es lo contrario de cumplir con un Schedule disciplinado; que la tom tonera y yo tenemos un pacto de Tu me indicas para que yo me pierda y que, si no fuera por mi tendencia a la trashumancia, a ver de dónde sacaría ideas para escribir las crónicas por los andurriales de lo imprevisto en mis correrías por el mapa.