CIEN MIL VECES GRACIAS

 

En el año 2016 abrí este saco de palabras escritas conjugando sensaciones en las páginas blancas de un ordenador que cobró vida para aliarse conmigo en cada uno de los momentos en los que he necesitado desahogar mis emociones.  El detonante para comenzar esta suerte de malla tejida con vivencias propias y ajenas coincidió con el principio de un proceso personal bastante jodidillo que me tuvo a mal traer durante un tiempo indefinido y algo complejo.  Sin embargo, lo que empezó como un entretenimiento que, además, me ahorró un dineral en terapias psicológicas, se convirtió poco a poco en un abanico de hilos invisibles que me vinculaban a un click pulsado por la curiosidad de quien sumaba los números de un contador frío y a la vez tan cálido para mi espíritu aventurero. He sentido pudor al exponerme abiertamente a un campo sin límites, desvelado secretos bajo el paraguas de un/a amigo/a, recurrido al humor en los días más tristes y gruñido con vehemencia en las tardes más alegres; también he usurpado historias personales de otra gente para hacerlas mías, y las mías relatadas como si fueran de otra gente en un tablero de ajedrez en el que ocupé la casilla de un rey amedrentado por el jaque mate de la indiferencia.

Siento vértigo ahora que he llegado a una meta que no planeé porque mi atención estaba enfocada a ordenar el caos al que el destino me había empujado con una virulencia inusitada; me despedí de los objetos inservibles y acepté con ilusión los que llegaron envueltos con serpentinas de afecto. Aprendí que era más fuerte de lo que pensaba, que hay días eternos e instantes fugaces que saben a gloria; que Arya, mi perra, es el mejor ibuprofeno para suavizar la tristeza y mi princesa morena el botón que me propulsa a correr por cientos de caminos inciertos con su foto en el dorsal de mi querencia.

Me he desvelado con la imaginación tecleando historias sobre la almohada, sorprendido por la acogida de textos que consideraba insignificantes e intrigado por el menor interés suscitado en que los que me parecían especialmente certeros; divertido con la trascripción de experiencias en mi mundo al revés y llorado por detrás de una máscara que perfilaba escrupulosa para no delatar la galerna bajo la que navegaba hundida en el cascarón de una barquita de remos. Y, a lo largo de mi deambular por este trasiego de composición de letras y acentos, he tenido el enorme privilegio de sentirme acompañada por un puñado de estrellas con nombre y apellido, hombros donde descargar la mochila, abrazos de paciencia, besos de energía y risas de cariño en la corriente intangible, pero auténtica, que espolea la pasión por la vida con el vino del optimismo circulando por las venas.

Estoy enormemente agradecida a mis amigos y conocidos pero, especialmente conmovida con el latido de los extraños que adivino detrás de las cien mil visitas al hatillo de sensaciones amarradas a los muros que rodean el sitio de mi recreo. El blog no es mío si no de todos los que participan de él, de todos los que me acompañáis en mi calidad de exploradora, a veces lenguaraz, por el mapa de las emociones. No creo expectativas ni marco un final con el cierre de un proyecto que inició su andadura a hurtadillas por las redes, pero sé que más tarde o más temprano, apagaré las luces y echaré el telón con alguna que otra lagrimilla apretando la garganta.

Cien mil visitas es un regalo que recibo con asombro y gratitud hacia Kike, Carmen, Rocío Mtnez, Carlos Bordomás, Merche Huete, Capali, Gema, “las chicas del Calvin”, Mila, Ana B, María, Claudia, Teté, Rosa, Techu, Jessica, Jasmín, Cristina, Teresa, Luis, Terry, Rafael, Nuria, Mayte,… y tantos otros habitantes de un boceto pintado con los colores de un afecto que no entiende de principios que no tengan que ver con la complicidad, empatía, respeto, tolerancia, amor y comicidad como parapeto de lo que, a veces, tanto daño nos hace.

Gracias cien mil veces, gracias.

Con todo mi cariño y gratitud.