QUERIDA TIERRA

Te has tomado tu venganza a conciencia y sin pudor contra la raza humana envanecida por un poder que creía incuestionable, irreductible y cruel. Has permanecido calladita durante años en los que hemos envenenado tu don más preciado: la naturaleza; nos hemos burlado de ti, te hemos despreciado y tratado con petulancia por el hecho de caminar sobre dos piernas con la evolución en un cerebro ahíto de superioridad y arrogancia en los lóbulos de su estupidez. Te hemos subestimado con nuestra autosuficiencia, quemado tus bosques, ensuciado tus mares y saqueado el hábitat de especies animales con los ladrillos de nuestra ambición. Éramos tan insolentes que por fin has estallado como haría cualquier madre con un hijo malcriado que agota su paciencia y al que termina por largarle un bofetón como el que tú nos has dado con el viento infectado de un germen que lleva la corona de tu reinado en los filamentos de sus membranas.

Entendido, planeta, muchos lo hemos entendido a la primera, aunque estemos en shock sin saber bien qué hacer para que nos perdones.  Nuestros jefes están aún peor, qué quieres que te diga, se reúnen, hablan, debaten, discuten y nos encierran en casa para evitar las réplicas de tu guantazo en la salud de los más vulnerables, los abuelos a quienes teníamos arrinconados hasta que tú decidiste llevártelos sin concesiones a la tristeza que provocas por no poder despedirlos. Escucho las estadísticas de fallecidos y me pregunto cuántos de ellos se sentían solos antes de que los trasladaran a un hospital donde morir rodeados de extraños, cuántos hijos añorarán no haber pasado más tiempo juntos y, cuántos de esos ancianos, habrán cerrado los ojos con sus vidas grabadas en microfilms de una película cuya trama empieza en los grises de una posguerra, el azul de un porvenir soñado, el blanco en la ropa de bebés, el verde de su adolescencia, el dorado en la medalla de los nietos y, de nuevo, el gris de las paredes de una residencia de la que salir hacia el final de una existencia policromada en la mirada de seres a quienes han otorgado su amor.

Tengo para mí que nos has espoleado para que abramos la burbuja en la que hemos encerrado a nuestros hijos y les enseñemos el mundo real a pie de calle.  Que no vale lamentarse con los mensajes dramáticos que les muestran las redes sociales, que basta de exigir privilegios a los que los tenemos acostumbrados, que nada es eterno ni sus padres superhéroes en los que parapetarse cuando vienen mal dadas.  Toca arrimar el hombro, abandonar el nido y volar con las armas de su juventud en la alas agitadas.  Enfocar su entusiasmo a colaborar con quienes más lo necesitan, concentrarse en extender la malla de la solidaridad más allá de la cuarentena, pararse en seco para tomar conciencia de que el esfuerzo tiene recompensa y de que la responsabilidad no es una palabra hueca que retumba en sus oídos sordos a la recomendación de los expertos. Recuperar el respeto por ti, por quienes los acompañan a lo largo de la vida y, por último, obviar el victimismo con el que ejercer un chantaje sobre la culpabilidad de muchos padres enfrascados en alcanzar la meta del más dinero, más lujos, más caprichos, más guapos, más hijos influencers … más…más…

Que sí, Tierra, que sí que lo he pillado; volvemos a la línea de salida con las deportivas manchadas de barro, la camiseta pespunteada con la identidad de aquellos que nos has quitado y la algarabía de la naturaleza, al recobrar el territorio previamente avasallado por nuestra mezquindad, atronando los altavoces del estadio que estrenamos con la frente limpia, voluntariosa y, quiero presuponer,  esperanzada.