BUEN ROLLITO EN LAS VOTACIONES

He ido a la estafeta para recoger el sobre con las papeletas de representantes de partidos políticos y votar por correo como miles de españoles que, como yo, estaremos lejos de casa el día de las elecciones. Delante de mí, una muchacha de dieciocho años recién cumplidos, está tan nerviosa que ha tenido que romper dos veces el formulario antes de cumplimentar el definitivo sin errores, bien por escribir el número del D.N.I. en la fecha de nacimiento, la dirección en el nombre o sus datos en el apartado señalado para el representante autorizado como si viniera de parte de su abuela enferma de gota.  La funcionaria se lo toma con humor e infinita paciencia al igual que los que estamos esperando el turno viendo cómo la mujer señala con el dedo lo que la chavala tiene que escribir puntito a puntito sobre el papel.

También yo he abusado de su buen talante al armar el sobre con las papeletas sin pararme a leer las normas escritas en el el folio explicativo que, al parecer, ninguno de mis antecesores ha mostrado interés en enterarse.  Cualquier otra empleada habría protestado, y con razón, pero ella se ríe con cada uno de los vagos que accede al mostrador con preguntas explicitadas en la hoja de instrucciones:  ¿Es que ninguno se molesta en leer las indicaciones? Nos dice entre carcajadas con su cabellera roja y un abanico que bate con garbo entre cliente y cliente. Estoy ligeramente achispada por culpa de un vaso de vino tomado poco antes y cuyo efecto combina la somnolencia con la desatadura de la lengua para decir tonterías como galaxias. La cartera toma mi sobre, estampa el sello y, con esa gracia que Baco me regala cuando le apetece, se me ocurre preguntarle por qué no dice en voz alta:  Almudena Taboada, ¡vota!. La funcionaria, una pareja y un hombre que están detrás de mí sonríen e iniciamos un diálogo más propio de viejos conocidos que de usuarios de oficina de Correos.

-          Este año el voto por correo es concluyente – dice Miss Smiley – sois muchísimos los que lo habéis pedido y hasta que no os contabilicen no habrá resultado definitivo.

-          ¿Por qué? – pregunta el caballero elegante que tengo a mi izquierda

-          Porque esto es como un concurso de la tele – intervengo yo – El jurado elige al ganador y, cuando éste, o ésta, está a punto de recibir el ramo de flores, registran los votos de la audiencia y el de las flores se traslada a la cola de los perdedores cediendo la corona al elegido por los magistrados expertos.

-          Pues como no cambie el gobierno, delinco y que me lleven a la cárcel – intercede la muchacha emparejada – al menos allí no tendré que pagar recibos…

-          No te preocupes, amor – replica el novio con sorna – te llevaré un bocadillo y un libro

La novicia en rellenar solicitudes levanta la vista y nos mira con cara de pensar que somos unos carcamales.  Chupa el extremo del bolígrafo y vuelve a afanarse en su tarea con su mano temblorosa.

-          Cariño, no chupes el boli – aconseja la empleada – estará lleno de bacterias

-          Pues yo tengo tres perros – habla el caballero sin venir a cuento – lo digo porque he visto que una de las opciones es el partido animalista.

-          Mi hija me pide uno desde hace diez años y está a punto de conseguirlo por puro aburrimiento de su madre – le respondo

-          No lo compres – sugiere el hombre elegante – adóptalo.  Recogí a los míos en una protectora donde los habían llevado después de rescatarlos del maltrato.

-          Ya, pero me hace ilusión la sorpresa en una caja

-          Pues la compras en los chinos, pero que el perro sea adoptado

-          Nosotros no tenemos perro – dice el novio – mi chica tiene alergia

-          El problema es que los padres compráis el perro para que lo cuiden los niños y, al final, os lo tragáis vosotros con patatas – apunta la funcionaria – y, si no, que se lo digan a mi cuñada…

-          Yo tengo nietos – dice el gentleman

-          Nosotros no tenemos hijos – comenta la novia – no tenemos estabilidad laboral y así no hay forma de planteárselo siquiera

La joven inexperta suelta el bolígrafo y reúne los papeles en un montón que ofrece a la empleada mientras los demás nos miramos con ganas de aplaudir el fin de su angustia y la bienvenida al club de los demócratas.

He perdido la noción del tiempo y, si me apuran, hasta de lo que había ido a hacer en la oficina de frontal amarillo con letras azules. En unos pocos minutos se ha creado un clima de buen rollito y complicidad que me ha alegrado la tarde.  No dudo que cada uno de nosotros tendrá sus preferencias políticas pero allí con Miss Smiley y su abanico, la primeriza bregando con cuestionarios y los cuatro mensajeros de un futuro todavía sin determinar, cualquier divergencia o distinción ha desaparecido con la complacencia de un ambiente amigable del que nos hemos imbuido sin apenas darnos cuenta.

Cuelgo la mochila a la espalda y me despido con un hasta luego al que todos responden con una franca sonrisa. 

Tengo un cien por cien de probabilidades de no reconocerlos mañana si me los encuentro por la calle, pero esta tarde, mientras hablábamos de perros y votos, no me habría importado tomar un café con ellos.  Extraño y surrealista quizá, pero auténtico.

Y, por descontado, Miss Smiley no paga

Por simpática…

Almudena T.