EL JUICIO

A Asier y su familia

No hizo falta esperar la alarma del despertador para incorporarse en la cama que tantas veces lo había escuchado llorar. El insomnio y él eran viejos amigos desde que había ocurrido la primera vez, desde aquella tarde en la que el profesor, su hombre de confianza, había cerrado el pestillo para guiarlo al infierno de sus manos sobre su cuerpo púber e indefenso bajo la presión de sus babas.

Recordaba cada detalle como una secuencia de microfilms sombríos que deslizan las imágenes a cámara lenta por los meandros de una cabeza incapaz de olvidar el hedor de su aliento.  Habían pasado diez años en los que había convivido con el sufrimiento de sus padres a la par que el suyo, meses combatiendo la llamada de la muerte a través de una ventana, el dolor insoportable de la burla y el acoso por parte de quienes le tildaban la novia del profesor, la fetidez que desprende un sistema judicial que duda y la prepotencia de una organización religiosa que escupe mentiras para tapar la ignominia de sus adeptos con el manto de la hipocresía.

Apoyó los pies en el suelo y salió de la habitación directo a la ducha que ahuyentara las pesadillas enredadas en el vello de su piel.  Escuchó la voz de sus padres, el ladrido del perro y el murmullo de la televisión procedente de la cocina.  Olía a café recién hecho y tortitas de mantequilla que aitá preparaba cuando era un niño en las mañanas de mochila esperando para ir al colegio; esbozó una sonrisa, su padre le hacía un guiño para insinuarle que nada ni nadie modificaría el hábito de una niñez en la que su máxima preocupación era meter goles en el patio de la escuela.

Se aseó y salió a reunirse con su familia para ir juntos al Juzgado.  Ambos habían envejecido muy rápido, demasiado pronto, especialmente su madre cuyas pupilas habían perdido el brillo que lo acompañaba con cada caricia a pesar de su reproche para que lo dejara en paz porque era muy pesada con los besos. Se sentía orgulloso de ellos por su coraje, protección y amor; nunca les había oído hablar de culpabilidad referente a él, jamás le habían preguntado por qués o cargado de una responsabilidad que no le correspondía, ni siquiera le habían recriminado por haber guardado el secreto por miedo, vergüenza y asco. Sus padres eran dos gladiadores contra un foso de leones desalmados con toga y cruz en la solapa de sus chaquetas; guerreros de lo justo por encima de las voces discordantes, defensores de la infancia, propia o ajena, adalides en campaña para reivindicar la inocencia de niños que soportan la perversión de adultos enfermos de un deseo miserable y viciado por el más nauseabundo de los sentidos. Ellos le habían salvado la vida con ayuda de profesionales y afecto de la gente de bien que lleva el corazón por bandera; amigos, conocidos y desconocidos que soportaron con paciencia y empatía el calvario padecido en un campo de minas con sotana y razones infundadas.

El juicio ya está en el estrado y, una vez más, deberá regresar al pasado que cuelga como una losa en su memoria.  Sabe que se enfrenta a Goliat porque no hay pruebas suficientes a menos que se acepte el dictamen de forenses expertos a los que los magistrados ignoran porque interpretan la ley en base a un resto de semen, sangre o moratón, pero no en la hemorragia del alma que se rompe en cristales bajo la presión de los párpados.

Respira hondo y levanta el mentón con fiereza. Ocurra lo que ocurra, él vence, su estirpe gana porque tiene fuerza suficiente para contrarrestar una sentencia a favor del maldito que se libra de pagar por el muñeco roto que ha dejado a su espalda. 

Y, ocurra lo que ocurra, él alcanzará la meta de la dignidad con las ganas de vivir y la alegría restaurada.

Ocurra lo que ocurra...