TURISTAS Y LA SAPIENCIA DE ANDAR POR CASA

 

Han venido a Madrid dos amigos míos de Sacramento (California) y con quienes he disfrutado de mi ciudad con las decenas de fotos que me han enseñado y cautivado como si fuera extranjera en mi propio hogar.

La mayoría de nosotros vivimos tan deprisa que apenas si dedicamos un tiempo a pasear con la vista alzada a las fachadas que nos rodean con la Historia pergeñada en sus balcones.  Trabajo, compra, hijos, quizá un cine o teatro, unas cañas en el bar y así día tras día hasta que un turista nos muestra la imagen de aquello que nos rodea con la belleza de un cielo increíblemente azul y el resplandor del sol reflejado en los cristales. Me he contagiado de su entusiasmo y arrastrado por los adoquines de plazas y calles salpicados de detalles insignificantes para mí cuando paso por delante con la mente dispersa y que, sin embargo, son retazos de los que me precedieron impregnando los muros con el perfil de sus huellas.

Las agencias de viajes nos proporcionan ofertas de viajes a puntos de un mapa variopinto y exótico que nos atrae con suspiros de una calculadora que no yerra en la suma inalcanzable para los esclavos de un salario que despliega sus números en las balizas de la supervivencia. Retratos de playas, pirámides, torres o selvas con letreros como pasteles de chocolate que querríamos saborear con un sello impreso en las páginas del pasaporte. Soy una nómada pletórica de avaricia por conocer el mundo, una descendiente del mismísimo Marco Polo y un puñado de guijarros inquietos por salir al exterior en las hélices que conforman la cadena de mis genes, pero ha bastado la mirada de un extranjero en los edificios de mi ciudad para que el gusanillo del interés se plante en mitad de mi frente para enfocar su atención por encima de los escaparates en los que apenas reparo.

Les comento a mis amigos el asombro que me produce descubrir el encanto de una villa que desconozco y me responden que a ellos les ocurre algo parecido en la ciudad donde residen y de la que apenas disfrutan.  Nos convidan a visitarlos por cariño y como excusa para recorrer su estado como los turistas que son en Madrid y, así, sin venir a cuento, recuerdo a un francés con nombre español, Andrés, que actuó como un perfecto guía de los puentes parisinos durante los tres o cuatro días que pasé en la capital francesa.  Lo había conocido en una boda, de padres catalanes, era un enamorado de las carreteras comarcales españolas, la llanura castellana y los bares de concha de mejillón abarrotando el suelo.  Raro era un poco raro, les confieso, pero lo que a mí me sobrepasaba la paciencia era la afectación y petulancia con la que impartía lecciones que despintaban el glamour que derrochan las orillas del Sena.

Se ríen cuando les cuento que vino a Madrid un fin de semana de primavera y que yo, por eso de equilibrar la balanza de la cortesía, compré un libro con anécdotas e historietas que narrarle haciendo uso de su modo afectado.  No recuerdo el precio, pero sí que me pareció una fortuna así como un ladrillo insoportable de fechas y batallitas que tratar de memorizar sin acabar dormida con la barbilla recostada en el papel. En definitiva, un rollo soporífero del que leí el índice y el título del capítulo uno: Madrid Villa y Corte de España.

Quedé con Andrés en el kilómetro 0 de la Puerta del Sol con el sofoco de saberme una ignorante en caso de ser objeto de una batería de preguntas sobre la cuna del casticismo, adornos pictóricos o esculturas de reyes godos que mi madre se sabía de memoria y a los que yo aunaba bajo la estirpe de Ataúlfo porque mi conocimiento de esa parte de la Historia no llegaba más lejos.

Tomé el Metro con el librillo en el bolso y la cabeza elucubrando planes para soslayar el probable bochorno de la manera más digna. Salí a su encuentro, le di un abrazo de bienvenida y, en un alarde de imaginación prodigiosa, lo llevé a la cueva de un mesón de antiguos bandidos para iniciar el trayecto con una dosis de alcohol que desatara la lengua.  Acerté pues el vino aceleró las neuronas para inventar una tanda de cuentos cuyos protagonistas tenían que ver más con leyendas urbanas que con el estudio de los sesudos historiadores. Pasamos la tarde andando por el viejo Madrid con el oh là là de compañía hasta que, en un arranque de honestidad, me detuve bajo el cartel de la calle del Codo y, mirándolo de frente, le dije:

-  Mira, Andrés, voy a ser sincera, de todo lo que te he contado hoy quédate con las fotos de tu cámara que parece buenísima.  El resto lo tienes en este libro (saqué el ladrillo) que compré para ti y que es uno de los más prestigiosos por el trabajo de información realizado sobre Madrid. Te encantará, parece escrito para expertos como tú en la Historia.

Andrés arqueó las cejas y repuso:

-          Me ofendes, Almudena, te tomaba por una persona culta y preparada -  carraspeó para cambiar a un tono informal y continuó – pero ya que estamos en confianza, te diré que los puentes de París quedan preciosos en las postales que compraste. Lo demás, quiero decir, lo de cómo se construyeron, arquitectura y blás blás blás lo saqué de álbum de cromos que mi madre coleccionó en su intento de hacer de mí un hombre sabio.

-  ¡Vaya por Dios! – exclamé frotándome la nariz - ¿No tendrás cromos repes pero que hablen de Madrid, verdad?