22. jun., 2016

A LA BÚSQUEDA DE UN VOLANTE HOSPITALARIO

 

Anoche mi hija me hizo la pelota en cuanto le dije que tenía que ir al hospital coincidiendo con la entrada en el cole:  mami, te amoooo, qué bien te queda el pijama de forro polar que hace un año me parecía horroroso, mira qué ordenada tengo la habitación… mamiiita (beso incluido)Sopeso el ataque de mimo escrutando la intención de su sonrisa pasta-de-dientes marca blanca y me preparo para el ataque.  Cenamos, recoge bandeja sin ruegos, apaga la tele sin las últimas advertencias, se lava los dientes sin que la persiga, recoge la ropa sin preaviso de te-quedas-sin-salir y, por fin, un minuto antes de irse a la cama, pregunta con expresión inocente que no cuela:  ¿podrías llevarme mañana en coche al cole?  Evalúo su cálculo mental entre la diferencia de ir motorizada y caliente o los quince minutos de a pie y su me canso de andar con el que me taladra la paciencia cada vez que caminamos un metro más allá del portal.  Soy blanda, lo acepto, muy blanda y, en consecuencia, apruebo el trato sin vacilar: Si tesoro, te llevo al cole

He cumplido lo prometido a pesar de la circunvalación para llegar puntual a mi cita con la neuróloga por eso de pedir una resonancia de las vértebras contracturadas en la nuca.  El oído izquierdo está a por uvas y selecciona lo que quiere escuchar con independencia de lo que le ordene el cerebro; ya lo dice mi jefe: Taboada, te estás quedando sorda.  No me cree cuando le digo que he visitado tres o cuatro otorrinos y con diagnósticos que coinciden en el no entiendo tu audiometría, es muy extraña…, que dictaminan con el tu o el usted en función de la lozanía o experiencia del profesional de la oreja.

La cosa empeoró cuando aparecieron los vómitos con la bolsa de congelados para contener los residuos en la enfermería de mi oficina.  Abandoné el local en silla roulante, que dirían los franceses, acompañada por dos amigas que me trasladaron al servicio de Urgencias circulando a 10 km/h para no desestabilizar aún más el zig-zag de mis otolitos. 

Al llegar a la puerta de emergencias para adultos y adultas, la conductora confió mi cuerpo a la copilota que, solícita y presta, me brindó otra silla roulante para acceder al edificio cual abuela de Caperucita pero sin redecilla en el pelo.  Entre ambas acoplaron mi trasero en el cuadrado plastificado para luego abandonarme a la suerte de la copilota mientras la primera se largaba con la excusa de aparcar el coche. Apoyada en el respaldo, mantuve los ojos cerrados hasta que sentí un ¡plof! que impulsaba mi body al vacío: ¡Jodida acera! - escuché decir mientras me agarraban por el cuello de mi chaqueta. Magia potasia, el simulacro de vuelo consiguió que recobrara el equilibrio y regresara al asiento con los párpados bien abiertos.

Camilla,  suero con chute de medicamentos te dopo quieras o no quieras y a casa hasta hoy que he regresado sin necesidad de chair roulante, cooperantes o porrazo en el suelo. La enfermera del mostrador me entrega un papelito y leo la referencia E-900. No hay nadie en la sala… ¿serán pacientes fantasmas? Diez minutos y mi código numérico aparece en la pantalla.  La doctora que me recibe me invita a ponerme de pie para caminar por la línea que une las baldosas, tocarme la nariz con los dedos y levantar los brazos como Hare Khrisna cantando un mantra secreto. Las neuronas están bien, vete al de la oreja – traduzco para mí el dogma de su lenguaje.  Erre que erre – me repito bajo el efecto del mantra - y, con la misma expresión de mi hija cuando me hizo la pelota, solicito resonancia de la nuca estropeada.  Me mira con idéntica expresión a la mía de la noche anterior y pienso si no será madre porque tolera el drama de mis pupilas lastimeras, acepta la petición y me entrega volante de rayos que calma el hastío de tener que recurrir de nuevo al otorrino.

Y ahora yo me pregunto....

       ¿Quién dijo que todos los días son iguales....?

                    

  

                                Almudena T.