HASTA SIEMPRE, CAPALI

Conocí a Mar y Antonio gracias a su generosidad para invitar a cualquier aficionado a la escritura que pasara por delante de la puerta de su librería a presentar su libro.  Pocas veces me he cruzado con gente tan alegre y acogedora con los extraños que abrazan un proyecto con ilusión y, pocas veces, he abierto el cofre de mis secretos con tanta confianza a sabiendas que estarían mimados, seguros y protegidos.

Capali, la casa encantada de letras y papel, ha echado el cerrojo definitivamente cuando sus propietarios decidieron que ya era hora de dedicarse al desayuno con café y tostadas sin prisa, a la cervecita del aperitivo en la terraza del bar y a la cena de los jueves sin mirar el reloj porque toca madrugar la mañana siguiente.  Amazon estará de celebración porque ganará adeptos pero nosotros, los que suspiramos con melancolía por el comercio familiar del barrio, estamos de duelo ante el ocaso de tantos lugares en los que todavía podíamos entrar con la cartera olvidada en casa, comprar lo necesario y escuchar el no te preocupes que me lo pagas mañana con la tranquilidad aplacando el latido acelerado del pecho. Rincones, como Capali, en los que uno siente que está en casa desde que cruza el umbral hasta que sale de nuevo a la calle, pequeños hábitats de buenas vibraciones en un puñado de minutos robados al estrés, nidos de atención a las personas mayores que se sienten solas, a los niños que hacen de lo cotidiano una aventura y adultos que se rencuentran con su propia infancia cuando trabajaban como recaderos de sus jefas-mamás: toma, vete a la tienda de Pili, cómprame un litro de leche y te quedas con las vueltas

Han sido muchas tardes de cantante de rancheras, teclados y guitarras, sándwiches, tortilla, empanada y vino con autores, en ocasiones tímidos, en ocasiones mundanos, celebrando que San Jordi es mucho más que el patrón de los libros porque allí, bajo el paraguas literario de Mar y Antonio, las páginas de unos y otros se cocían al calor de la lumbre de su bondad.

Mis Capalis han emprendido una nueva aventura haciendo trasbordo hacia una nueva ruta con un equipaje que huele a virutas de madera prendidas en la cuchilla de un sacapuntas afilado, a lápiz y goma, folios blancos, de colores, gordos o flacos, fotos, etiquetas y pegatinas, cuadernos y estuches, tomos de cuentos infantiles y novelas de moda en las redes de lectores a quienes no les cuesta esfuerzo dedicar una parte de su tiempo a nadar entre párrafos de puntos y comas como aspas de un molino que gira plácidamente sobre el eje de las emociones.  

He decidido que no me voy a quedar quieta viéndolos partir con la llave de su librería colgando de la mochila.  Tendré que renunciar a la silla frente a un público atento a mi invitación a conocer el libro de mis vivencias, pero no al café de una tarde cualquiera en un ambiente inhóspito que ellos sabrán caldear con los chascarrillos de ida y vuelta al tropel de anécdotas que coleccionan en el morral de mi nostalgia.

Seré su escudero si hace falta, el paje que acompañe sus pasos con una bota de vino colgada al hombro y una chapa identificativa con la palabra gracias esculpida con el cincel de mi afecto. Queda mucho camino por andar todavía y, aunque nos enredemos con las zarzas de tareas inevitables, encontraremos el medio para seguir compartiendo las hablillas con el nombre de hijos, perros, amigos o nietos en el eco de nuestras voces.

Hasta siempre, Capali

Hasta pronto, pareja,

          Nos vemos en el bar…