EL VIRUS MALDITO

Llevo varios días bloqueada con el huracán del corona virus en noticias, mensajes y conversaciones en las que los quebraderos de cabeza habituales han dejado paso a la histeria colectiva. Bromas y chistes sobre el tocata y fuga del papel higiénico en los supermercados las hay por decenas, las peleas por cazar la última bandeja de filetes que, hasta hace bien poco, apenas se vendían o, la testarudez por acumular todo tipo de productos con el “por si acaso” en la mente de los clientes, me hace pensar en qué tipo de paranoia ha circulado por la población con idéntica velocidad a la que se propaga un virus con la corona de un rey maligno.

Estoy en mi casa con mi hija tan enclaustrada como yo al otro lado de la pared.  Una sartén con tomate para hacer salsa, la lavadora centrifugando la colada, la perra dormitando y la tele haciendo ruido de fondo con imágenes de una ciudad fantasma, la mía, asolada por la ausencia del bullicio que alegra las calles.  En algunos momentos, me traslado a 1937 con la ropa empapada en sudor ante la posibilidad de un bombardeo, me mimetizo con mis abuelos agazapados bajo los muebles rezando para no ser el objetivo de un proyectil que los mate y abro puertas para concienciarme del enorme privilegio por tener ropa y comida en lugar de una cartilla de racionamiento o un abrigo raído y zurcido que me proteja del frío.

Es sábado por la noche, hace quince días miraba a Wuhan con pena, una semana a Italia con resquemor y ahora a mi alrededor con la confirmación de una filosofía de vida que traslado a la joven Taboada: Nadie está libre de que le pase… nadie y, por esa razón, trata siempre de ponerte en los zapatos del que tienes enfrente y decidir si compensa incluirlo en tu círculo de amigos o su falta de sensibilidad y egocentrismo es razón suficiente para mantenerte al margen. Las crisis, sean económicas o sanitarias, despiertan lo mejor y peor del ser humano; la solidaridad se expande como un gas noble pero, también, aparecen los sinvergüenzas que se aprovechan de las desgracias ajenas con los colmillos de su avaricia. Después de cada avatar económico, la brecha entre ricos y pobres se ensancha como el río Amazonas, los peces gordos se zampan a los pequeños bajo la mirada cómplice de los gobernantes que se escudan en proclamas de las que desconfío por el tufillo a tomadura de pelo que desprenden.  A eso es a lo que temo, a la secuela de un vendaval que deja cadáveres en la cuneta de los que no tienen escrúpulos para enriquecer sus arcas porque no hay una ley que cercene su ambición con firmeza.

Asimismo, leo teorías conspiranoicas que me dan que pensar.  ¿Y si detrás del virus hay un equipo de agentes secretos pulverizando una ciudad con productos químicos? ¿Y si es una guerra encubierta contra el gigante asiático, potencialmente peligroso? ¿Y si el sida es pionero en este tipo de conflictos bélicos que emplean medios más sofisticados que un racimo de bombas? Ni lo sé ni lo sabré nunca, de modo que me limitaré a leer novelas de espionaje para alimentar mis ensoñaciones de James Bond cuando recupere la rutina con la impotencia de sentirme conejito de indias en un planeta autodestructivo.

Mi hija se acerca para advertirme que empieza a oler a quemado: ¡El tomate!. Me levanto de un salto y corro a apagar el fuego de una sartén con la piel roja empezando a chamuscarse. 

- ¿De qué estás escribiendo? – pregunta

- Del coronavirus

- Lo imaginaba.  Todo lo que viene de China es expectativa y realidad

La miro asombrada

- No entiendo.

- Mira mami, esto es como cuando compras ropa a una web china, la foto que publican es la expectativa, pero lo que envían es la cruda realidad, o sea, una birria. Pues esto es lo mismo, cuando el virus empezó a propagarse en Wuhan, creímos que era una expectativa para los europeos, pero la realidad es que nos ha invadido y ahora tenemos que quedarnos mega aburridos en casa.

Me río

- Buena deducción, pero ¿y si fuera una web de ropa de un país occidental?

- No lo sé, nunca hemos comprado nada por internet que no sea chino, si todo viene de allí, mamá, to-do.

Me quedo pensativa y vuelvo a la teoría conspiranoica mientras rescato los tomates para hacer la salsa. Apago el botón de la lavadora y miro de reojo a la Taboada pequeña.

- Mamá, si estás pidiéndome que cuelgue la ropa, por favor no lo hagas, estoy muy cansada..

- Con un par – musito – con un par…