23. jun., 2016

HOCES DEL RÍO DURATÓN - UNA ASPIRINA PARA EL ALMA

 

En mi casa se duerme los fines de semana y pese a los plastas que acostumbran a telefonear como si fueran gallinas que acaban de poner un huevo sobre el auricular de un aparato cualquiera. Tengo en concreto a un par de Taboadas que cuando ya consiguen que reaccione y pulse la tecla verde, se carcajean mientras piden perdón por la putadita del madrugón con todo su descaro.

El sábado me propuse modificar mi rutina week-end para recorrer el río Duratón con mi hija y nuestro adoptado de este año, un estudiante norteamericano, a quien hemos abducido con nuestro horario lechuza. La intención era estupenda pero la realidad se impuso y, cuando por fin nos sentamos en el coche, el reloj marcaba las 14:00 después de tomar un desayuno que apaciguara el apetito para lo que quedara de día.

El punto de partida era un pueblo segoviano cuyos habitantes masculinos se concentraban en el bar jugando a las cartas y desde donde nos enseñaron la ruta para llegar a las hoces del cañón.  Calle abajo, giro a la izquierda, camino de barro y aparcamiento en mitad de un páramo con cuatro árboles, dos arbustos y toneladas de piedras.

Salimos del utilitario y oteamos el horizonte como exploradores avezados descifrando las señales del monte. Se vota por unanimidad para que Nick sea el guía por puro egoísmo: su Iphone tiene una aplicación-brújula con flechita azul que nos lleva hasta la tierra quebrada por el paso del río. Nos sentamos en el borde del abismo y guardamos silencio; no se oye un ruido, ni siquiera el aleteo de buitres que pueblan el cielo; una voz, un eco, el rumor del agua o el silbido de insectos, nada. Estamos frente a frente a la quietud, la calma, la placidez de la naturaleza con su inmensa majestuosidad.

Volvemos a votar, somos muy demócratas, seguir caminando hasta alcanzar el punto desde el que se observa uno de los vericuetos del cauce en toda su magnitud. Mi hijo norteamericano debe ser descendiente de los sioux porque no mira la pantalla para conducirnos campo a través sin que me haga cavilar cómo explicarle al equipo de rescate, en caso preciso, dónde diablos nos hemos perdido. Al rodear una loma nos topamos un pastor con su rebaño de ovejas depiladas, dice mi hija, trasquiladas, corrijo yo.  Me acerco al buen hombre, edad inescrutable, piel curtida, un diente sí, otro no asomando por la boca, bigote y bastón de mando.  Le saludo y pregunto si vamos bien para llegar a la vereda justo enfrente de la ermita.  Sonríe, asiente con la cabeza y emite un chorreo de palabras en árabe de entre las cuales capto río como la única descifrable en cristiano. Sospecho de un delirio pasajero en mis meninges y repito la pregunta a ritmo lento y comprensible:  Buenas tardes, ¿podría decirme si vamos bien hacia la parte del río desde donde se ve la ermita de San Frutos?  No es delirio, Mustafá insiste con el jeroglífico berberisco que me deja patitiesa. Me doy la vuelta, miro a mi hija que no se entera de nada porque está a lo paparazzi con las depiladas y a Nick que se ríe con disimulo por si pudiera ofender al pastor. Okay, tomo nota para el blog, seguro, seguro que nadie me cree cuando lo escriba…

Tenía razón quien me aconsejó subir al punto más alto de la montaña para ver el recorrido del agua horadando la tierra con la fuerza del torrente.  Sentados sobre la hierba mojada, absorbemos la belleza y nos dejamos mecer por el vuelo de los pájaros carroñeros.

Es hora de regresar, chispea y empieza a hacer frío.  Son las seis de la tarde y aún no hemos comido pero no tenemos hambre.  Nos conformamos con un bocadillo en el bar de los jugadores, los toros en la televisión y la foto de un famoso futbolista presidiendo el mostrador.

Nick me ha enviado esta mañana un mensaje: quiero volver, tengo que volver…

Lo haremos, te lo prometo, lo haremos...

  

                                                                      Almudena T.