EL TRAYECTO

Salimos antes del amanecer para llegar al sur con el Levante advirtiendo que anda cerca.  Primera parada desayuno para mi hija, su amiga, Arya, Manolito Cuatro ruedas y yo.  Tenemos suerte pues no hay mucho tráfico y la autovía discurre por Despeñaperros con los espectros de bandidos antiguos acechando las cunetas.  Las jóvenes aventureras urbanas se fascinan con la imagen de los bandoleros que les narro con una buena parte de imaginación basada en películas y libros que leí cuando tenía su edad.  El romanticismo me puede y agrando la leyenda con historias de amor incandescente entre los fugitivos y las muchachas de manta y posada a la luz de la luna.  Hace calor pero no tanto como el que anuncian las manchas rojas del mapa en las noticias del día; he desconectado de lo cotidiano para volar hacia el mar sobre las alas de una gaviota que me guíe hacia el horizonte azul del estío.

Segunda parada técnica: el supermercado.  Llevo una lista que, como es habitual en mí, no leo.  Cargamos el carro al tun tun de productos según se nos ocurre y repartimos las bolsas entre asientos porque mi hija ha tenido a bien rellenar tres maletas con ropa y zapatos que pasarán las vacaciones en el armario de esto no me lo pongo. En 15 minutos llegamos al apartamento alquilado en enero por eso de ser más barato y donde nos espera Ana, la portadora de llaves e indicaciones que desconoce a tenor de su respuesta negativa a mis inquietudes.  Primer problemilla sin importancia: el enclave no tiene cobertura o, lo que es lo mismo, una vez citadas en la verja de entrada, o está esperándonos o está porque no hay otro modo de comunicarnos con ella.  Paramos y esperamos uno, dos, tres, diez minutos hasta que la vemos acercarse con el mando en la mano.  Pulsa la flecha, el círculo, la flecha y allí que seguimos con el abanico… sale un coche y aprovechamos la célula fotoeléctrica para entrar antes de quedar aprisionadas por los barrotes – Baja la rampa y apárcalo en la plaza 50 que es el mismo número que el de la casa.  Obedezco, aparco y salimos por la puerta que queda al lado.  Decidimos dejar el equipaje hasta después de encontrar nuestro hogar vacacional con la llave en la mano.  Subimos un piso: apartamentos 53 a 60. 70 a 75. Subimos otro piso: 80 a 90. Bajamos. Damos la vuelta al edificio. El 50 no aparece. Subimos. Damos la vuelta al edificio. Subimos, hemos llegado al 100. Bajamos. Rodeamos. Bajamos. Rodeamos. Bajamos planta baja: los cuarenta. No tenemos batería, no hay cobertura, no hay Ana a quien llamar para advertirle que estamos lost en el laberinto. Me dispongo a gritar su nombre y mi hija me frena:  ¡Mami, qué vergüenza! Retomamos escalera y párking. Ahora el que está perdido es Manolito Cuatro Ruedas. Las plazas de garaje parten del número 80. Regresamos al punto de partida gracias a la orientación de mi atontolescente. Encontramos a Manolito. Escrutamos garaje y nos encaminamos a otra puerta de salida (hay tres opciones, la primera descartada). Tomamos el ascensor planta baja: Mami, Ana dijo que era la primera. Refunfuño: me joden los profetas. Paramos en la B, pulso el 1, se cierran las puertas, subimos a la primera. Se abren las puertas y escucho la voz de la portera:  Ehhh! ¡Estoy aquí! ¿Dónde estábais? ¡No tengo batería y aquí no hay cobertura! Me muerdo la boca y sonrío: ya…ya nos hemos dado cuenta…Nos guía hasta el 50, entramos y disfrutamos de una terraza con el Mediterráneo al fondo saludándonos con indiferencia. Tomamos la llave y hago recuento de botones para encender la cocina, nevera añosa, limpieza absoluta y plantas de mentira a las que no hay que regar.  Próximo paso: Encontrar a Manolito. Hacemos cónclave y decidimos que sea Arya quien nos guíe de vuelta que para eso es muy de a mí devolverme al coche que me pongo de los nervios cada vez que vamos a un lugar nuevo. No falla, va directa a la escalera y corre hacia el párking como una energúmena.  Vaciamos el portaequipajes, los asientos traseros y el del copiloto.  Tres viajes de ida y vuelta hasta dejar los trastos apelotonados en el comedor.  Vacío las bolsas y coloco en la cocina: ¡Vaya por Dios! ¡Me he olvidado el arroz!

Escucho un gemido al otro lado del pasillo:  ¡Pero mami! ¡Yo sin arroz no puedo vivir!!!!!

Aprenderás, cariño, aprenderás hasta que encuentre las ganas de volver al súper.

Y en esas estoy, en encontrar las ganas…