¡LUCHA!

 

Hola Javi,

Te escribo mientras yaces dormido en una cama con sondas bombeando vida en tu cuerpo atrapado por las garras inmisericordes de la infección que gobierna tus venas.  Sabíamos que era una cirugía compleja pero no que un descuido, quizá una mala praxis, te llevaran al frío de una sala aséptica donde médicos y enfermeras se enfrentan al enemigo con antibióticos tintados de esperanza.

Eres joven todavía, deportista, cabezón, vital y padre de dos chavales que te veneran. Sé que te burlarías de mí si te contara que te hablo ahora que tú estás mudo, que perfilo tu rostro ante mí y te grito para que no tires la toalla por cansado que te encuentres, que no me vale que me digas que has perdido las fuerzas porque la gallega, como tú me llamas, tiene genio suficiente para darte un palmetazo en la espalda y exhortarte a pelear por ti y lo que te queda por vivir.  Tienes una responsabilidad con nombre y apellidos que vela cada segundo del día por ti y el amor que os ata sin condiciones; padre, hermanos, amigos, compañeros de equipo, estudiantes, el carro de la compra, la siesta, la película de los domingos y la tierra que te infunde la bravura con la que te enfrentas a lo que te enoja porque va en contra de tus principios inamovibles en la testarudez de tu carácter.

No, Javi, no. No justifiques tu dejadez por falta de oxígeno en cada órgano de tu cuerpo infectado; mírame y sonríe con esa expresión de ironía que empleas cuando me escuchas mascullar por lo que considero injusto, enciende la luz de tu temperamento y lucha, Javí, lucha por regresar con los tuyos, los que te queremos activo, charlatán, cómplice, terco, divertido, socarrón, generoso, tierno y decidido.

Lucha, Javi, lucha.