QUERIDOS INNOMBRABLES

 

Llevo demasiado tiempo leyendo y escuchando vuestros mensajes con juicios y opiniones que destilan bilis en cada letra que escupís por la boca.  Os he oído criticar al gobierno por exagerado al tomar las primeras medidas y, ahora, os quejáis por haberlas tomado demasiado tarde; reprochar que nos traten como niños pequeños y, a la vez, escurriros fuera del confinamiento con la fatuidad de haber esquivado una sanción que os merecíais con creces.  Me he cansado de gritar a los cuatro vientos lo importante que es proteger a los sanitarios haciendo uso de nuestra responsabilidad individual, aburrido de mediar para que calléis vuestras flemas de odio contra un gobierno elegido democráticamente en las urnas, no porque crea que éste lo hace mejor que ninguno, si no porque confrontarnos en posturas inflexibles sólo atrae basura mental que más tarde o más temprano, nos envolverá a todos. Os burláis del presidente Trump cuando aconseja beber desinfectante al mismo tiempo que os postuláis como dioses de una sabiduría que ni siquiera los médicos poseen al haberse visto obligados a enfrentarse a un virus cuyo patrón de conducta resulta ser un laberinto inexpugnable; juzgáis sin proponer, atacáis a diestro y siniestro con la espada intoxicada de vuestra maldad y utilizáis artimañas mezquinas por el afán de una notoriedad a la que aspira vuestro espíritu preso de una inmensa pobreza.

No sirve de nada que os digan que nadie, absolutamente nadie, estaba preparado para esto; que el estado Chino nos la ha colado con sus mentiras, que todavía no hay expertos porque no hay conocimiento de una bacteria que ataca a cientos de miles de seres humanos con una pistola en la sien como si el disparo dependiera del azar en el juego macabro de la ruleta rusa. No hay un denominador común porque en cada organismo reacciona de un modo diferente, y lo sabéis,  que sin salud no hay trabajo, que resulta irónico aplaudir en los balcones a los sanitarios para después tomaros a chirigota su sobreesfuerzo, apresuraros a salir a la calle y tratar de recuperar una normalidad que se fue detrás de las UCI’s colapsadas por hombres y mujeres a quienes no poder, ni siquiera, despedir con un apretón de manos, un beso, un te quiero… Varios de vosotros os ufanáis de una sabiduría que aviva mi rechazo hacia vuestra especie por la soberbia que exponéis desde el vacío de vuestra inteligencia emocional, así como, empatía hacia los que están librando una batalla que creéis, pobres ilusos, lejos de vuestros hogares.

Tengo varios casos de contagio del coronavirus en mi entorno cercano pero, uno de mis mejores amigos, ha pasado el proceso completo: quince días en casa, ingreso en planta, UCI, vuelta a planta y, por fin, en casa con secuelas que apenas le dejan respirar. Me llamó cuando pudo hablar diez minutos entre dosis de un oxígeno que sus pulmones reclaman:  Estoy mejor – respondió a mi interés – pero va para largo.  Mejor pero también cabreado con la presidenta de la Comunidad de Madrid por mentir con tanto descaro.  El famoso número del 900 al que acudir cuando se presentan síntomas no está operativo, pasé varios días llamando y fue imposible contactar con alguien que me diera indicaciones; la atención primaria está desbordada porque no hay medios (recuerda los recortes y la marea blanca protestando y a la que nadie hizo ni caso), al final, viendo que con el paracetamol no mejoraba, me fuí al hospital donde me recibió un residente que decidía quién debía ingresar y quién no como si fuéramos boletos de una rifa en la puerta de un mostrador abarrotado de enfermos. Dos días después del ingreso, me llamaron del 900 para devolverme las decenas de llamadas que tenían registradas (no quiero pensar en qué habría ocurrido de no acudir a Urgencias), empeoré y me llevaron a Cuidados Intensivos donde el personal no tenía tiempo de cambiarse de ropa al salir de la sala porque las alarmas saltaban cada cinco minutos. No sé cuántos días estuve en la UCI pero el médico que me atendió, un hombre extraordinario, al darme el alta para subirme a la habitación, me dio un abrazo y me dijo - Esto es una locura, te lo juro, una locura porque el virus es imprevisible, estamos aprendiendo sobre la marcha porque cada uno de vosotros es una incógnita a la que aplicamos tratamiento en función de la respuesta, y siempre cruzando los dedos para que el maldito bicho no mute provocando un fallo multiorgánico que os lleve por delante dejándonos lleno de amargura el cuerpo. - Mi amigo tose y prosigue -  No hay dinero que pague a esta gente, Almudena, no lo hay, no se merecen esto ni que les mientan como hace la presidenta cuando dice que les han proporcionado un material que no existe o que el gobierno es el responsable de los ancianos fallecidos en las residencias, cuando la gestión de las mismas es exclusiva de la Comunidad. Nadie que no haya pasado por un hospital sabe del mérito que tiene cada uno de los que están allí con dedicación, ternura y esfuerzo. Nadie.

Es su testimonio y no voy a ser yo quien juzgue u opine sobre él puesto que he tenido la suerte de quedarme protegida en mi casa.  Tampoco voy a dirimir si las decisiones del gobierno me parecen o no acertadas puesto que no ocupo su lugar, no tengo información directa (excepto la que me proporcionan mis hermanos médicos) y la que me llega de fuera es más que cuestionable desde el momento en que los medios de comunicación han perdido objetividad al estar bajo el mando de empresarios afiliados a diferentes opciones políticas.  Sin embargo, no dudo del esfuerzo, trabajo y dedicación de los que están en la cumbre del poder, así como reconozco mi respeto a Fernando Simón por ser la cara visible de una crisis aun habiendo pasado por la enfermedad con todo el sufrimiento que ésta conlleva.  Han cometido errores, por supuesto que los han cometido porque son humanos, están agotados y desbordados por una situación que nos ha estallado en la frente, de modo que, volviendo al principio, a todos los irresponsables que continúan viviendo en el mundo de Yuppi, a aquellos que se permiten el lujo de reprochar al gobierno su propia frustración por no estar en el elenco protagonista, a los que insultan con crueldad a nuestros dirigentes deseándoles la muerte (hoy leí en el twitter: condena sumarísima a Sánchez),a los insensibles que no ven el dolor de familias rotas detrás de cada cifra de fallecidos, a esos descerebrados con hielo en la sangre e hipocresía en las manos para escribir falsedades alentando viejos enconos, a los que dividen con la muerte en el escudo de su miseria, a los que desoyen que estamos hablando de una pandemia cuyo impacto se ha gestionado, con mayor o menor acierto, por presidentes (de derechas o izquierdas) a quienes no les ha quedado más remedio que improvisar y actuar con apoyo (los afortunados) de los partidos de la oposición, a esos que se afanan en destruir en lugar de reforzar el casco del barco que nos sostiene, a todos y cada uno de estos necios acreedores de la ignominia, les dedico mi más absoluto y definitivo desprecio.