DEMASIADO RÁPIDO

He llamado a mi amiga Sara, la madre de Lolita, al enterarme que una antigua compañera de las niñas estaba ingresada en la unidad de psiquiatría por anorexia.  Suponía que se había enterado pero necesitaba confirmarlo porque las tres madres solíamos parar a tomar un café después de dejar a las niñas en el colegio y antes de salir corriendo al trabajo.  Calculo la media hora de descanso (llamamos así al intervalo de tiempo antes de ponernos a organizar las cenas) y marco su número:

-        Supongo que te has enterado que Laura está ingresada – comienzo

-        Si – tiene la voz apagada – me lo dijo Lolita, pero no me atrevo a llamar a Lucía porque imagino que estará hecha polvo y, posiblemente, harta de recibir llamadas y mensajes.

-        Es lo que yo pienso y por eso tampoco le he incordiado aunque sí le envié un whatsapp ofreciéndole mi ayuda por si la necesita.

-        Es una puñeta, Taboada, una auténtica puñeta.

-        Lo es

Suspira

-        Cuando Lolita cumplió trece años, Ricardo y yo estábamos aterrados pensando en que pudiera caer enferma y, si te soy sincera, a veces parecíamos un par de paranoicos contando los bocados de la comida que se llevaba a la boca hasta el punto de que, si un día se quejaba de no tener hambre, salíamos disparados al Burger King (lloviera, nevara o hiciera un calor del demonio) porque era el único lugar infalible para comer aunque fueran 5 sobres de ketchup sobre las patatas que te ponen en el menú.

-        Te entiendo porque ese era mi miedo aunque María nunca ha sido una niña inapetente sino, más bien, todo lo contrario.

-        Mira Taboada, no sé qué está pasando pero esto es de locos porque cada vez hay más niñas y niños con problemas de este tipo por no hablar de otros muchos con los que pagar las consultas de psicólogos en los que, entre tú y yo, no confío porque creo que están tan descolocados como nosotros.  Cuando tú y yo éramos jovencitas, nos desahogábamos con el cura del confesionario, bueno hablo por mí, quien te soltaba una perorata acerca de los pecados capitales (por cierto, ¿alguna vez te has aprendido cuáles son, porque yo me sé dos y para de contar), sobre el respeto a los padres, el amor a Dios y todas esas cosas hasta que acababa mandándote rezar unos cuantos padres nuestros porque había mucha gente esperando en la fila.

Me río

-   Es cierto.  Los curas eran nuestros terapeutas aunque ni siquiera les contáramos toda la verdad. Te confieso que a mí me daba cierto repelús hablar a una celosía oscura, sobre todo si el que estaba detrás era el párroco con fama de ser especialmente “cariñoso” con los chicos.  Recuerdo que una vez trajeron a un sacerdote mexicano a quien no le gustaba que le llamaran Padre si no, simplemente, Sergio, con una mentalidad tan abierta que los pobres abuelos no paraban de quejarse al obispo cuando le escuchaban hablar en sus sermones de los homosexuales, como seres tan humanos como los demás, o invitar a los feligreses a que dejaran de señalar a las chicas como “fáciles” si se quedaban embarazadas o coleccionaban novios.

-   Duraría muy poco

-   Seis meses, creo, lo justo para los jóvenes acudieran a Misa durante el tiempo que pasó formando parte de la parroquia. Luego, una vez lo invitaron a regresar a México, el barrio volvió a quejarse de una juventud que había perdido los valores..ya sabes.

- Si, pero volviendo a Laura, hay demasiados casos de niñas como ella, demasiados.

-  Si, demasiados pero me pregunto si no somos nosotros los responsables. Quiero decir, vivimos muy deprisa y con el estrés perennemente en la cabeza porque nos faltan horas para cumplir con la lista de tareas que tenemos pendientes.  El colegio se ha convertido en una especie de maratón competitivo desde que empiezan a los tres años; hay que saber leer antes incluso de diferenciar las letras, sumar antes de razonar el concepto de los números.. se pasan siete, ocho horas de clase y otras dos de deberes a saltos entre las extraescolares.  Tratamos a los niños como robots a los que hay que programar para el futuro sin tener en cuenta que necesitan tiempo para jugar, sea en casa o en la calle.  Cuando tú y yo éramos pequeñas, llegábamos a casa con nuestras madres o abuelas esperándonos con un trozo de pan y chocolate para merendar.  Mi madre me sentaba en la mesa de la cocina y cortaba el pan en tostadas mientras yo le contaba del cole, de mi amiga Julieta, la monja que me tenía manía y los deberes que tenía que hacer (una hora como máximo).  Luego, me iba a mi habitación, hacía las cuatro cuentas y corría a buscar a Paloma, mi vecina, con la que jugaba a las casitas que construíamos con los cuatro palos de una silla, una toalla de tejado y las muñecas recortables que mi madre me compraba en el kiosko.  Aprendíamos a un ritmo más lento pero mucho más firme y eficaz, no había lección, examen, lección, examen, no nos obligaban a memorizar párrafos enteros que rescribir en la hoja, pero sí a resumir, esquematizar, entender y escribir lo aprendido utilizando nuestras propias palabras. Las editoriales no se forraban vendiendo cuadernillos de decenas de ejercicios a realizar en tiempo récord porque la pizarra bastaba para que copiáramos lo que teníamos que hacer antes de que el profesor o la profesora la limpiera con la esponja al grito de ¡espera, espera que todavía no he terminado!. ¿Te acuerdas?

-  Claro que me acuerdo porque siempre me tocaba ir a casa de mi amiga Paz, mucho más rápida y lista que yo, para copiar los enunciados que me faltaban y porque, aprovechando que estábamos juntas, me soplaba las respuestas para que nos diera tiempo a jugar con el scalextric de su hermano.

-  ¿Cuándo miras hacia atrás, tienes sensación de pasar la infancia corriendo? Porque yo no, todo lo contario.  Sin embargo, sí tengo esa sensación cuando pienso en nuestras hijas, en cómo íbamos a recogerlas con la merienda en la mano porque había mucho hacer si queríamos que se fueran pronto a la cama.

-  Ricardo y yo andábamos siempre acelerados, es cierto, con dos hijos y asfixiados para llegar a todo.  Nosotros éramos seis hermanos, vosotros cinco, y, si tengo buena memoria, no había tanta competitividad ni tanta presión para sacar un aprobado. Era nuestra obligación y punto. Y si eras un vago, ya sabías que te tocaba quedarte en casa en lugar de salir a la calle para jugar con la tropa, bueno, a menos que, como mis hermanos y yo, fuéramos tan espabilados como para saber escapar sin que nos vieran.. o eso creemos.

-   Por esa razón, me pregunto si nuestros hijos no estarán llamándonos la atención sin que sea de un modo consciente.  Quiero decir, si la anorexia, bulimia y otro tipo de trastornos es su modo de gritar que están hartos de crecer con la presión que los adultos, sea escuela o familia, ejercemos sobre ellos, que nos dejemos de tanto corre, merienda deprisa que tienes clase de inglés, corre que llegamos tarde, corre que tienes que terminar los deberes y nos dediquemos más a escucharlos con interés y paciencia en lugar de entretenerlos con la maquinita de turno, la película de la tele o los juegos de un móvil, conseguido sin el más mínimo esfuerzo por su parte para ganárselo, en beneficio de lo que llamamos salud mental y que no es más que una excusa para quedarnos tranquilos.

-  ¡Ay, Taboada! ¡Qué deprimentes estamos hoy! Pero tienes razón, hay que parar la máquina ya.

-  Sí, Sara, sí, pero si nos bajamos del tren, ¿cuánto perderemos?

-  No lo sé, Taboada, no lo sé. Supongo que estar dentro de un sistema que, al fin y al cabo, es el que nos da de comer.

-  A un precio muy alto.

-  De acuerdo, pero ¿cuál es la alternativa?

-  Buscar el equilibrio y tomarnos la vida con más calma.

- De algún modo, tú y yo lo hacemos, Tabo, porque, al menos, nunca renunciamos a este ratito de charla aunque se nos quemen las lentejas.

- En Telepizza hay ofertas de dos por una… por si te interesa

- Lo sabemos. Ricardo acaba de hacer el pedido. Dice que la comida basura tiene su punto cuando se nos acaban las ideas de menú para la cena de los churumbeles.

- Y leche caliente con cereales que nunca falla

- Buen invento el microondas, Taboada, buen invento

- Desde luego, Sara, desde luego