PASO A PASO

Paso a paso se acerca el final de esta pesadilla para los que han sufrido el envite de este virus maldito y, poco a poco, los que lo hemos esquivado, vamos recuperando una normalidad extraña con las mascarillas de un rompecabezas que tendremos que ensamblar con paciencia y voluntad.  Confieso que me gusta mi nueva rutina con la oficina en un portátil que no tiene horario puesto que los correos laborales van y vienen en función de la urgencia; no hay prisa, o sí, pero diferente, saludo al sol con la nariz picajosa, al perfume de la naturaleza con los ojos llorosos y al aire cálido con la bienvenida a la luz que tanto jalea mi espíritu veraniego.

Me he rendido a la dependencia de una serie que me ha tenido prendida al quiero más desde que aparecieron los primeros rótulos hasta el fin de temporada, al juego del parchís online con mi hija de adversario en una pelea feroz por tener las cuatro fichas en casa, y celebrado el cumpleaños de mi madre sentada a su lado en la nube de su mente ausente. Trato de teclear con Arya introduciendo el hocico bajo mis dedos para que la acaricie: ahora no, cariño, ahora no, que estoy escribiendo – le digo con poca convicción en el tono - sabe que soy blanda y que logrará el mimo a poco que me mire con los ojos suplicantes. Luego, brinca hacia mi hija para tomar la segunda ración de un plato de arrumacos y, por fin, se aleja para perseguir las moscas tempraneras de una atmósfera asombrosamente limpia de contaminación. 

Mi casa es la gruta en la que me refugio de los truenos que ensordecen las calles con los gritos de unos cuantos de cacerola y cuchara, la impertinencia de quienes se burlan de los muertos con el paso vivo de su inconsciencia, la incompetencia de chamanes ideológicos que dedican su tiempo a enredarse en dimes y diretes en lugar de aunar su esfuerzo para proteger a un pueblo que ha depositado la confianza en ellos.  Es el rincón en el que bailo a pesar del ceño fruncido que me mira desde el sofá:  Mami, no sabes…el faro donde canto bajito para no alentar a la lluvia y el nido en el que experimento recetas de un menú de aspirante fracasado a chef. 

Los telediarios hablan de fases de desescalada, de cientos de personas que anhelan recuperar una cerveza en el bar de colegas, que reclaman una libertad que reconocerían poseer si centraran su atención en un asunto irrefutable: los que nos gobiernan son el resultado de papeletas insertadas en las urnas del derecho que nos otorga el parlamento. Me cuesta concebir tanta rabia alentada por mensajes incendiarios, la ausencia de sensibilidad y sentido común para asumir una situación provocada por un virus que tiene en jaque a todo el planeta, entender la confrontación de banderas con las vísceras de la ira en el aquelarre que a todos nos quema.  Y sí, a veces tiro la toalla cuando pido prudencia y generosidad a los conocidos, que temen reducir el poder de sus bolsillos calientes, para que desciendan del pedestal de su ego, abran las puertas de su corazón y se calcen los zapatos de la desesperación, el sufrimiento y el dolor, no sólo de los que se han quedado en la cuneta, si no, también, de miles de sanitarios cuya dedicación parecen haber olvidado con el desafío de su rostro carente de una máscara que a todos proteja.

Se habla de inmunidad frente a la enfermedad, pero no de la que, algunos incautos, pensaron conseguir frente al odio entre partidos.  Se comenta de solidaridad en tiempos de crisis, pero no de su fecha de caducidad tan pronto se abren los portales a una normalidad añorada de besos, abrazos y estabilidad laboral hecha añicos con el puñetazo de una legión de bacterias inhumanas. Se han ido unos y han llegado otros con el chupete de la inocencia en sus caritas dormidas, a la vez que el Tiempo persiste su caminata indiferente al rastro que deja en todos y cada uno de los que seguimos su estela.

Y, entre unas cosas y otras, llevo dos días con el espíritu agitado por un hecho que me incita a danzar con entusiasmo.  Un par de tardes atrás, las cacerolas comenzaron a sonar con estruendo en el patio manzana al que mi terraza se asoma; me irritaba el ruido, a mí y a otros cuantos con los que intercambiaba gestos de consternación hasta que, de pronto, los altavoces de un balcón indefinido emitieron el eco de la canción All you need is love taponando el ruido del acero con su volumen sensiblemente más alto. Los vecinos que contemplábamos molestos a los concertistas nos miramos unos a otros con sorpresa, sonreímos, alzamos las manos y nos dispusimos a seguir el ritmo coreando el estribillo.  Los participantes del recital de baqueta y puchero callaron al unísono (apenas un par de ellos se habían atrevido a mostrarse abiertamente en las barandillas del mirador) a la par que las ventanas se llenaron de siluetas con los codos apoyados en el alféizar para disfrutar de la música hasta el último acorde y, entonces, el patio volvió a llenarse de aplausos, vítores y voces con el ¡Gracias! sobrevolando los tejados del atardecer jubiloso.

Es todo lo que necesitamos. Amor para vencer al miedo, a la incertidumbre, decepción o frustración. Amor por la vida, por lo que tenemos, por lo que aún nos falta por conseguir, por el presente con la mirada puesta en cada minúsculo detalle que ilumine el polo positivo del corazón, por el pasado con la goma borrando tristezas y por un futuro en el que confiar con los pies descalzos en la arena del buen rollo a pesar de las aristas que conformen los guijarros que pisemos.