LOLITA DESESCALA

Sara y yo hemos mantenido el contacto a lo largo de estos casi tres meses de confinamiento y desescalada soportado con alegría.  Mi amiga no conoce el polo negativo de la vida ni tiene intención de conocerlo, es un genio a la hora de dar la vuelta a cualquier situación chunga para que parezca un décimo de lotería premiado. Otra cuestión diferente es Lolita, adolescente brillante en el aprobado del manual de instrucciones para tocar la coronilla a sus padres con frases grandilocuentes con las que intenta socavar el casco de su paciencia, de modo, que cada vez que leo el nombre de Sara en la pantalla del móvil, me empiezo a reír incluso antes de descolgar pulsando el botón verde.

- ¡Hola Sara! Me libras de planchar la ropa de verano que acabo de sacar del armario.  Estoy por trabajarme a mi hija para que lo haga por mí a cambio de 5 euros para cuando abran los bazares y compre todas esas bolsas de doritos, friskis, pipas y panchitos con los que pasar el rato en el parque. ¿Qué me cuentas?

- Hola Taboada, pues que estoy pensando en enviarte un mensajero con la nuestra. ¿Admites gato?

- ¿Está muy arrugado? Lo digo porque mi plancha es de las baratas de vapor tan introvertido que apenas se asoma por los agujeros, se vuelve a colar dentro del hierro.

Nos reímos

- ¿Qué tal llevas el encuentro en la primera fase? Te lo digo porque en casa estamos haciendo un estudio, pormenorizado, de cómo disfrutar del salón sin necesidad de tomar el aire. Vamos, que nos hemos adaptado tan bien que Ricardo y yo nos hemos aficionado a jugar al piedra, papel o tijera para decidir quién va a la compra.

- ¿Y quién gana?

- Yo porque tengo a Lolita de cómplice.  Mi hija es la única que quiere salir en top y pantalón corto para ponerse morena porque no-soporta-el blanco níveo (lleva una temporada muy repolluda) de su piel. Si voy yo al supermercado, no hay parada y fonda, quiero decir, camino corto y rápido para no estresarme con la mascarilla.  Ricardo es distinto, éste se va dando un rodeo para activar la circulación de las piernas porque, según su amigo el musculitos del gym, las tiene fofas (estoy de acuerdo pero no se lo digo para no acomplejarlo que con la edad se me ha vuelto muy presumido).  En definitiva, mi marido pasea para comprar huevos y yo decido que si no hay tortilla para cenar, no hay tortilla (ya me he enrollado..), de modo que, cuando mi hija escucha el ruido de la puerta de la nevera y una de nuestras voces diciendo: hace falta… sale de su cueva peinada, maquillada y dispuesta a colaborar con la causa. 

- ¿La causa?

- A ver, Taboada, te explico que te noto espesa.  Ya te he dicho que Lolita era mi cómplice…. Tan pronto elaboramos lista de leche y filetes, Ricardo y yo escondemos las manos detrás de la espalda a la vez que nuestra atontolescente se coloca en posición de espía.  Si mi marido aprieta el puño, ella me enseña el papel con su mano ¿Lo entiendes?

- ¡Tramposa!

- En la guerra vale todo… así que mi marido fortalece las pantorrillas, Lolita se garbea y yo me quedo tomando una cerveza en la terraza.

-¿Y Kike no lo sopla?

- Lo tengo comprado.  Un sugus de plátano y tan feliz.

- Sara, luego hablas de los desmanes de tu hija pero ya sé a quién ha salido…

- A su padre, que le gusta mucho pasear..

Me río

- Te confieso que desde que trabajo en casa, estoy infinitamente más contenta y tranquila.  Y te confieso que la mascarilla me ahoga, aunque me estoy acostumbrando a ella y es como los zapatos, si no me la pongo antes de salir, noto que me falta algo.

- A Lolita le pasa al revés. 

- ¿A qué te refieres?

Carraspea

- A ver cómo te lo explico.  Su churri le compró unas chanclas con pompones espantosas poco antes del confinamiento y, como lo ha echado taaaaaannnnnnto de menos, no se las ha quitado en los dos meses que se ha pasado encerrada (por cierto, las lavé con lejía para ver si se le caían las bolas y lo que se fastidió fue la suela que se peló como una patata cocida).  Pues bien, tan pronto se abrió la veda, se nos hizo runner por eso de ver a su amorcito a dos metros de distancia y a las 6 de madrugada.  Ricardo y yo apostamos a que no aguantaría ni una hora así que nos levantamos para animarla con un cuenco de cereales energéticos que han resultado ser un fiasco porque ni energía ni porras en vinagre…enfin, al grano.  Lolita se calzó el legging, la camiseta, la mascarilla y salió a correr con las chanchas de bolas espantosas en los pies.

- ¿No tiene deportivas? – interrumpo

- ¡Pues claro! Pero tanto madrugón le provocó una crisis Carmen Sevilla y se le olvidó que las pelotas de pelo no eran aptas para el sport. Ricardo y yo nos despedimos con un pequeño aplauso, por eso de que creyera que estábamos orgullosos de ella, volvimos a la cocina, nos servimos un café y contamos los minutos para escuchar el timbre de la puerta.

- ¿Y?

- Dos horas, tardó dos horas en regresar

- ¡No me digas que corrió con las chanchas!

- Bueno, correr, lo que se dice correr, creo que no porque a su churri le pareció tan divertido que se puso a reír hasta que mi hija se ofendió y regresó a casa muy ofuscada.

- Espera, no entiendo. ¿Me estás diciendo que Lolita regresó enseguida? ¿Entonces qué hizo durante las dos horas que tardó en volver?

- Se quedó en el portal porque no soportaba que nosotros pudiéramos burlarnos de ella como había hecho el churri.

- ¿Dos horas?

- 110 minutos exactamente.

- ¿Y cómo os enterásteis?

- Por Charito, la vecina cotilla que pasa el tiempo subiendo y bajando escaleras con la oreja en las puertas para controlar que no haya degenerados en el edificio.

- Telita…

- Se la encontró dormida en un sillón y subió a advertirnos que nadie que fuera de-cen-te dormiría la mona en el portal de la casa. Le tuvimos que explicar que no era eso, que Lolita se nos había hecho deportista y que seguramente habría vuelto tan cansada que no tuvo fuerzas para coger el ascensor y entrar en casa, que bajaríamos a buscarla y la rescataríamos de la novatada del sofocón running que acababa de pegarse.

- ¿Se lo creyó?

- Pues creemos que sí, porque nos preguntó que dónde habíamos comprado las chanclas porque ella, que tenía 86 años, se estaba planteando probar eso del running del que hablaban en la tele.

- Estás de broma

- Te juro que no.

- Y ¿qué le dijisteis?

- Ricardo se inspiró y contestó que era un regalo de un pariente lejano que vivía en China y que nos las había enviado poco antes del Covid.

- Saldría huyendo.

- Ni te cuento.

Me rasco la cabeza

- Sara, yo también tengo una charito en mi planta pero ni mi hija ni yo somos dadas al deporte.  ¿Qué puedo hacer para que no se acerque a la mirilla de la puerta? Arya ladra cuando la huele pero ella ni se inmuta.

- Tranquila. Le preguntaré al churri dónde compró las babuchas horrorosas para regalarte unas.  Pégalas en la madera y cose una etiqueta más grande que las suelas donde escribir: Fabricado en China. 

- No sé, no sé, Sara, que mi Charito es muy lista y no cuela. Es más, seguro que llama para que se las regalemos, que la conozco, Sara, que la conozco…

- Míralo por el lado positivo, entonces, te librarías de que tu hija se las ponga para salir a la calle como un pato pelotudo.

- No, Sara, ahórrate el dinero de las chanclas, no vaya a ser que mi hija se enamore y la vea circular por el barrio con el ramo de pompones.

- Tienes razón, Taboada, mejor lo dejamos

- Eso es, Sara, mejor lo dejamos…