EL REGRESO

 

La alarma del despertador suena a las 6:10 aunque me ha pillado despierta después de pasar una noche repasando la oscuridad del techo con el timbre del temor a quedarme dormida azuzando las sienes.  Es mi primer día de vuelta a un edificio solitario en la que unos pocos zombies con mascarilla ocupan los despachos en días alternos a tenor del criterio de un Consejo de Dirección que desconfía del rendimiento de sus empleados a pesar de obtener mejores resultados cuando efectúan sus tareas desde su oficina en casa.

Enciendo la luz, levanto la persiana, abro la ventana y camino hacia la cocina con Arya ocupando mi puesto en la cama: Ya te vale, rubia, ya te vale. Trago las pastillas de rollitos crónicos de salud, caliento el café en el microondas y me siento a enviar el primer Whatsapp al grupo de chicas de oro con el Buenos días cotidiano que nos mantiene en contacto. Arya bosteza con la cabeza apoyada en mi almohada: ya te vale – repito – ya te vale.  La radio emite las noticias que no escucho porque tengo un oído kaput y el otro está en proceso de imitarlo; hoy toca revisión de audífono endilgado por una comercial magnífica, pero con efectos de mejora algo dudosos. Recuerdo los meses de confinamiento sorda como una tapia por la pereza de tener que colocarme el artefacto a excepción de una mañana en el que lo saqué a pasear por el laberinto auditivo con el agravante de una discusión con mi hija por el tono que empleaba conmigo: - No me grites, anduriña, me estás gritando y no me gusta un pelo. – No te estoy gritando, mamá, eres tú que estás de mal humor y lo pagas conmigo. – Ni mal humor ni gaitas en vinagre, no me grites – insisto. Vuelta al ruedo en el comedor, brazos en jarras, desafío en las pestañas: - que no te grito, mamá, te repito que si estás de malas es tu problema, no el mío. Adelanto un paso y reparo en el estuche del aparato abierto en la repisa. Me paro en seco. Palpo la oreja y el cono introducido en el pabellón a modo de amplificador del sonido. Carraspeo y jugueteo a sacar pétalos de la margarita: Confieso que tiene razón, que no grita, que es que tengo el altoparlante puesto o finiquito el conflicto con un plato de arroz a la cubana (su comida favorita).  Gana el primero y, con el tonillo de quien ha colado la pata por el agujero de la testarudez contesto bajito: A ver si va a ser que hoy me he puesto el aparato y oigo. Mi hija me mira centelleante: Ya – responde concisa – Ya y se larga a su habitación con el rap del escaqueo a todo trapo.

Apuro el último sorbo de la cafeína, lavo taza, ducha, ropa bureau y arnés para una perra que huye porque considera una pérdida de tiempo husmear las aceras como haría cualquiera de sus congéneres con el cerebelo acorde a la evolución de las especies. Atrapo el rabo y tiro hacia mí para sacarla de su escondite, abrocho correa y rezongo por enésima vez: mira que eres rara, Ayriña, mira que eres rara …En el descansillo está mi vecina de enfrente con cara de sueño: ¿Tú también te reincorporas hoy?Si – contesta encogiéndose de hombros – En realidad no he dejado de trabajar en todos estos meses, me ha rendido mucho más el tiempo, he adelantado tareas y ampliado mi horario porque no estaba sujeta al estrés del despacho con el control que implica cerrar a las cinco. Si por mí fuera, reorganizaría todo para fomentar el teletrabajo sin eliminar por completo el presencial, vamos, trabajar a medias ¿lo entiendes? A medias. Asiento con la cabeza – estoy de acuerdo y te confieso que esto del confinamiento me ha hecho mucho más hogareña y entendido que me encanta estar en casa porque no me aburro, siempre tengo cientos de cosas que hacer y puedo repartir el tiempo como yo elija. Desde que me he aficionado al “bricomanitas” ando con el taladro y las tuercas quitando y poniendo cosas en la pared – sonríe -  Eres de las mías..bueno, me voy que llego tarde. Me hace un gesto de despedida y entra en el ascensor mientras obligo a la vagoneta canina a que baje trotando por las escaleras.

A las siete y cuarto salgo por el portal en dirección a esta nueva normalidad de la que hablan los políticos. Paso por delante de la ventana de barrotes donde han quitado la placa de Resistiré que tanto me gustaba en los días de aplausos y encierro, saludo a la vigilante de seguridad que fuma un cigarrillo en el acceso a su empresa: ¿Ya? – pregunta sonriente - ¡Ya! – respondo con resignación.  Suficiente. Nos hemos entendido. Entro en el garaje y busco a Manolito Cuatro Ruedas con los dedos cruzados para que su batería no se haya derramado a lo largo de los meses de letargo.  Introduzco la llave, giro y mi Manolín responde sin protestar a la primera. Doy un golpecito al volante: ¡Bravo, chaval, eres un crack!

Enchufo la radio y empiezo a circular por las calles semivacías de Madrid donde los atascos han quedado relegados a calzadas sosegadas, peatones de zapato y tacón, palomas que picotean la tierra en el alcorque de un árbol. El Covid ha venido para quedarse, escucho al locutor, habrá que aprender a convivir con él tomando todas las precauciones posibles para evitarlo.

Miro alrededor y contemplo las siluetas parsimoniosas que, hasta hace tres meses, corrían apurando los semáforos, caminaban con determinación o se cruzaban por las aceras de la prisa que marca el torbellino del tiempo. Hoy me rencontraré con compañeros que me hablarán de su experiencia, conocidos afectados, quizá parientes fallecidos con la mascarilla de la prevención ocultando los labios. Abrazaré a Ángel por la bondad que refleja y que no había sabido agradecer, me tomaré un café con mis dos contrincantes en los debates de política de bar, saludaré a la Correcaminos de la primera planta que no ha mutado el nervio de su impaciencia, al vigilante que ha regado mis plantas con una caja de bombones para el mantenimiento de su barrigota mullida, a los dispensadores de desinfectante pringoso y al cristal de una ventana que aviva el espíritu con el sol entibiando el regreso a una rutina que se me antoja tan fría.

Paco asoma su cabeza por la puerta y sonríe abiertamente:

- ¡Bienvenida! – ¿Pasamos de las normas y nos damos un abrazo?

- ¡Por supuesto!

Y sé que no hay nada más bonito que el tacto afectuoso, el roce de la piel amada, el brillo en las pupilas y el sabor en el paladar de la dulzura del agua en los pequeños momentos felices.