COMPLEJOS

 

María tiene las piernas huesudas y ahítas de cicatrices como torrentes en zigzag por el cauce de su piel.  Resuelta y decidida para soslayar los problemas con la sabiduría de la experiencia, se reconoce incapaz de salir a la calle con un pantalón corto que expongan sus pantorrillas al escaparate con miradas que teme ofensivas, irónicas, desagradables: - No puedo, Taboada – insiste – no puedo a pesar del calor sofocante del verano.  Me miro y me dan ganas de llorar, de modo que nunca me verás con ropa más arriba del tobillo, sé que es una tontería, lo sé, pero no puedo.. repite cuando hablamos de trapos y modas a las que no solemos hacer caso. No juzgo ni trato de que cambie de opinión porque soy consciente de mis propios complejos y lo difícil que resulta doblegarlos para que no afecte el qué dirán inoculado desde la infancia con la presión social a la que me sometían, tanto en el colegio, como en una publicidad enfocada a garantizar el éxito de mujeres siempre que poseyeran la belleza en el rostro y medidas perfectas en la anatomía corporal. Las exigencias no han cambiado pues la mayoría de los anunciantes siguen manteniendo el modelo de mujeres icónicas de la beldad en una guerra contra las arrugas o adipocitos como si fueran patrimonio exclusivo del género femenino; el elixir de la eterna juventud no ha perdido un ápice de hegemonía como tampoco disminuye significativamente el número de babosos que vomitan su lascivia al paso de mujeres que rompen los estereotipos con arrojo a pesar de tener que soportar la maledicencia de un entorno hostil.

Se lo comento a María, le hablo de mi enojo cada vez que leo comentarios sexistas de mujeres que han alcanzado el poder aludiendo a posibles favores sexuales a tal o cual mandatario, de mi asombro cuando escucho tantas voces insultantes de anónimos ocultos bajo la careta de perfiles que hieden a caverna, de mi irritación frente a un concierto de hombres y mujeres que continúan justificando los errores masculinos y acusando los femeninos con añadidos de índole machista, en definitiva, de una sociedad que continúa mirando a las mujeres como esclavas de una sumisión impuesta por virtudes medievales.

Siglo XXI con ínfulas de un tiempo que ya pasó en el que aún quedan demasiadas rémoras en cada palabra que apunta a la mujer como mero objeto sexual, como un bibelot a quien se le exige la perfección en todas sus facetas y discursos que proceden de todos tipo de género y que revuelven las tripas de la inteligencia cuando percibo el tufo a sentencias oídas en mi juventud: Mujer tenías que ser… Dedícate a planchar… fea que eres fea… adelgaza si quieres ligar, maquíllate, píntate las uñas, depílate, calla tus opiniones, sé más sutil, eres demasiado osada, así asustas a los hombres, nunca te casarás si continúas con ese modo de hablar, ¡vaya culo!, tápate que vas provocando, estás buscando que te digan groserías, te has pintado demasiado, pareces una fulana, hazte la tonta si quieres que los hombres se fijen en ti

Hoy María me ha llamado con la voz tocando castañuelas: ¡Taboada! ¡Lo he hecho! ¡Lo he conseguido! – me quedo perpleja, que yo sepa no tenía un proyecto por el que hubiera que celebrar el éxito.

- ¿Qué has conseguido? – pregunto intrigada

- Ya, Taboada, ya sé que te va a parecer una tontería, pero he salido a la calle con pantalón corto.

- ¿Y?

- Pues eso, que por fin he enviado a mi complejo a freír espárragos. Me ha dado igual si me miran las piernas como si no, si han contado las cicatrices y los huecos que se forman en la piel con tanta cirugía. Vamos, que me he lucido como una pava a mis más de 50 años, ea…

Me río

- Pero, María, ¿qué demonios tenías que esconder? Eres estupenda y estás estupenda, te lo he dicho cientos de veces, ¿Qué importa lo que los demás piensen de tus rodillas? ¿Hasta cuándo vamos a tener que someternos a los convencionalismos sociales? Que yo sepa, ningún gordito o feote es insultado públicamente. A los tíos se les descalifica por su forma de ser o hacer las cosas, a nosotras por eso y con la tinta cargada si además nos salimos del estereotipo de belleza femenina. Tienes piernas, flacas, gordas, llenas de cicatrices, varices o limpias de marcas, pero las tienes y puedes andar con ellas. Quédate con eso, lo demás, échatelo a la espalda.

- Lo sé, Taboada, lo sé, pero me ha costado un imperio romper con esa barrera estúpida del miedo a que me dijeran algo que no me gusta – se ríe – tiene narices que a mi edad siguiera comportándome como una adolescente presumida..

- No eres la única, besuga, somos muchas las que todavía andamos con complejos arraigados por la enseñanza recibida aunque eduquemos a nuestras hijas para que sean libres de todo lo que nosotras arrastramos, y a pesar de haber peleado como jabatas para que nos reconocieran como iguales.

- Somos revolucionarias de boquilla, Taboada, no todas, pero muchas seguimos siendo revolucionarias de boquilla y no de hechos. Ese es nuestro mantra: haz lo que yo te diga, no lo que yo haga.

- Hasta hoy, María, hasta hoy que has ejecutado lo que le enseñas a tu hija para que le dé importancia a lo que de verdad la tiene, y te lo digo yo que me sé la teoría de maravilla, pero en la práctica saco un cinco pelado y según en qué circunstancia.

- ¿Nos marcamos un paseo en minifalda con escote boum boum?

- ¿Por dónde?

- Por el monte que hay detrás de mi casa.  No hay ni un alma, Taboada, sólo bichos.

- Pero, ¿hablan?

- Las chicharras y los pájaros.  El resto de la fauna es muy introvertida, ya sabes, de ese tipo que no dice ni mu.

Nos reímos

- Hecho, ¿Cuándo quedamos?