Querida mamá,

Hace más de diez años que iniciaste el camino hacia un universo por el que volar con las alas de tu desvarío.  Dos lustros de un trayecto por etapas a las que nos adaptábamos con dificultad a pesar de identificar los síntomas de una enfermedad devastadora y cruel. Te nos enamoraste, mamá, después de casi cuarenta años de viudez, te nos enamoraste de un científico alemán con quien cumplir el manual de instrucciones para que nosotros, los tres mosqueteros que te acompañamos, tuviéramos que hacer un sobreesfuerzo de paciencia ante tu tenacidad para perseguir sus pasos.

Al principio nos descolocaban esos brotes de agresividad repentinos en los que te transformabas en un púgil dando puñetazos a diestro y siniestro a todo cuanto se te pusiera por delante, fuera objeto o humano.  Escupías rabia incontrolada e, incluso, corrías detrás nuestro para atizar un estacazo con la potencia de un misil en la mano extendida.  Aprendimos a fintar y a comprender que no eras tú porque, una vez regresabas a la calma, la inconsciencia se aliaba contigo para refutarnos que no habías hecho nada que pudiera hacernos daño, que era imposible que intentaras pegar a tu nieta, que estábamos mintiendo y que no entendías el porqué de un relato que inventarnos para que te creyeras loca cuando te lo contábamos aturdidos por una reacción tan impropia de tu naturaleza serena. Lo escribo y me río, mamá, ahora me río cuando recuerdo las veces que me mirabas tranquila para, un segundo después, arrugar el ceño, levantar el brazo y decir con voz gruesa: ¡Puta! como si fueras la actriz protagonista de una película de terror inexplicable para tus hijos. Doctor Jeckyl y Mr. Hyde habitaban en tu mente enferma a la que no estábamos preparados para aceptar porque no eras tú, mamá, no lo eras y, sin embargo, si aún queda un rescoldo de conciencia en tu cabeza, te contaré que mis hermanos y yo, rebasado el período del desconcierto, rememoramos los moratones en los brazos con la sonrisa puesta en la suerte de competición a la que nos habíamos prestado cada vez que el monstruo que se adueñaba de tí, asomaba por la puerta de tu sinrazón.  Sé que te sonará extraño, pero nos divierte evocar las estrategias que compartíamos para aplacar las crisis, el cómo una caña de cerveza en el bar te devolvía a la serenidad de tu temperamento, de las consecuencias de nuestros pequeños despistes contigo asomando por la puerta con el pañal en la mano, de las veces que nos llamábamos para desahogar la impotencia o el descubrimiento de una técnica con la que sobrellevar la angustia de verte caer por el precipicio de la demencia.

Los años fueron pasando por fases a las que nos acostumbrábamos con mayor o menor éxito según cada cual era capaz de afrontarlo.  Fuiste olvidando nombres para quedarte con el mío que utilizas con cualquiera de la familia en relámpagos fugaces de tu memoria. Ya no gritas, insultas o golpeas, simplemente te dejas llevar por el amor que te rodea y al que eres receptiva.  Te gusta apretar las manos que te acarician, atraernos hacia tus mejillas hundidas para besarnos una y otra vez, susurrar palabras inconexas con la expresión perdida, dejarte peinar esa melena blanca que no pierde fuerza a pesar de tu edad y apoyar la cabeza en el pecho de tu cuidadora para que ella te abrace con ternura infinita. No te haces a la idea de lo mucho que echo de menos la incontables llamadas que me hacías cuando empezabas a repetir patrones de conducta sin darte cuenta, el cuídate tesorito de despedida, los cotilleos familiares, los planes de fin de semana, tu escapada a las nueve de la noche, antes de que cerrara el supermercado, porque tu nieta no tenía gelatina de fresa en la nevera, el modo en el que sorteabas mi autoridad para que mi hija obtuviera sus caprichos, escucharte, una vez más, decir que no me faltará nada mientras estés aquí y, sobre todo, no poder tocarte ahora que el Covid te ha alejado de mí.  Entro en la sala, te hablo, te digo cuánto te quiero y tu extiendes la mano en el aire que me parte el corazón por no poder acercarme, apretarme contra ti y sentir el calor de tu piel que me protege del miedo.

Y, ¿sabes qué? He aprendido a conformarme con eso, a contarte mis cuitas desde el silencio con la ilusión de que tú las escuches. A veces los tres mosqueteros nos reunimos a tu alrededor con el humor negro que caracteriza a tu hijo para hacernos reír con historias imposibles y, a veces, te vemos hacer una mueca que simula el intento de una sonrisa efímera y siempre estimulante porque nos anima a creer que, por un instante, has recuperado tu identidad.

Estoy aquí, mamá, a tu lado y, pase lo que pase, como tú me decías a mí, mientras esté yo aquí, no te faltará de nada.

Pase lo que pase