EL CONEJO

Mi hija y yo hemos disfrutado el fin de semana fuera de casa, aunque cada una en un lugar diferente por eso de que nuestra vida social conjunta se circunscribe a bautizos, bodas y cumpleaños familiares cuando el Covid no había llegado aún para fastidiarlos. En definitiva, ella a su aire, yo al mío hasta el domingo por la noche en el que reunirnos para compartir lo mucho que nos hemos divertido.

Soy la primera en volver al hogar con Arya a mi lado en estado de catatonia después de haber pasado dos días correteando por el campo.  Abro la puerta y husmeo el ambiente con un toque de alerta en la nariz: Los imanes de la nevera caídos por el suelo, el cajón de tela virado hacia la ventana, papel mordisqueado en el parqué…: Arya – le hablo como si me entendiera porque soy así de chula – si no fuera porque no hay nada revuelto, juraría que han entrado en casa. Le quito el arnés, dejo la mochila en el sillón, voy a lavarme las manos y entro en el dormitorio de mi hija para saludar al conejo que lleva día y medio a solas con los fantasmas.  Me acerco a la jaula y contemplo el vacío que hay entre barrotes.  Apoyo la mano en la parte superior y sacudo como si con ello pudiera conseguir que se manifestara en forma animal lo que parece un truco de magia.  La puerta se abre y cierra con un golpe seco: ¡Pum!, no hay conejo.

La glotis se contrae y los pelos se erizan.  ¡Aryaaaaaa! ¡Que se ha escapaooooo! – mi perra levanta la cabeza del suelo, me mira, y vuelve a recostarse impertérrita mientras yo recorro cada rincón de la morada con los ojos a modo lupa por delante y detrás de armarios, cajones, mesas, sillas, puertas, duchas, inodoros y terraza a la que no me atrevo a asomarme por si acaso el roedor ha tenido a bien proyectarse sobre la barandilla para terminar despanzurrado en el patio. No sé si tengo más miedo a descubrir el cadáver o a la reacción lacrimógena de mi adolescente al confesarle el suicidio involuntario de Edgar (nombre elegido para dar un toque British al rabbit).  Alargo el cuello con el gaznate hecho un mar de nudos, atisbo la platea con los cubos de basura, las cuatro plantas agostadas, lo que parece un calcetín rosa desteñido, la tapa de una cazuela y el cubo de una fregona vacío de agua.  Ni rastro del finado, no hay conejo.

Regreso al salón 4x4, me agacho, incluso me pongo a cuatro patas para escrutar rendijas imposibles y, de pronto, observo un morro asomando los bigotes por el umbral de la cocina. Me levanto acelerada y el canalla retrocede para colarse por el hueco que hay debajo del fregadero y, de allí, a la trasera de la lavadora: - ¡maldito!  - exclamo a medias aliviada a medias enojada – te voy a sacar de allí aunque me cueste un año de vida – Apoyo las manos en la apertura del tambor y atraigo hacia mí el mueble con la fuerza que me proporciona la mala baba que me ha descorchado el orejas. Edgar está apoyado en las baldosas y, en lugar de volver al fregadero, avanza por un agujero que desconocía detrás del tercer armario franqueado por una tabla que me impide acceder al trasfondo.  Resoplo, cuento hasta tres, cojo la bayeta y limpio la superficie del electrodoméstico (estaba sucio), cojo la fregona y repaso el suelo (me ha venido bien, después de todo, empujar el aparato), resoplo y empiezo a silbar: vamos conejito, sal de ahí, corazón, sal que tienes que regresar a tu jaula. – Silencio – Fiii fiii fiii (silbido cabreado) – ¡sal mamón! – Silencio - ¡Como me muerdas la goma de la lavadora te meto en la cazuela! – silencio.

Cambio de estrategia. Apago la luz, busco la escoba y espero pacientemente en el salón. Dos minutos después aparecen los bigotes. Espero. Camina receloso hacia mí que me he plantado a modo ficus con el palo de la barredera en la mano. Un brinco, dos y la mata (que soy yo) resucita para empezar a perseguirlo por toda la casa a escobazos. Corre hacia la terraza, hacia la puerta del baño, a la cocina, al salón, a la terraza, al baño y, por fin, al dormitorio precipitándose al interior de la jaula con los bigotes reggateando arriba-abajo de su nariz. Anclo los barrotes con la hebilla y 7 lazos de un cordel que tengo en la recámara de chapuzas a granel.  Edgar me mira traqueteando el lomo con las orejas tiesas: - te lo advertí, cenutrio, te lo advertí – le digo solemne – Entre tú y yo, gano yo que soy la jefa.

Una hora más tarde mi hija me llama para decirme que está camino de vuelta.  Le comento la aventura con un final edulcorado que me evite reproches, pero no cuela.

-        Mamá, no le habrás perseguido con la escoba, ¿verdad? Que te conozco y si Edgar se estresa se puede morir de un infarto, ¿lo sabías, mami, sabías que se puede morir de un infarto?

-        No tesoro, no tenía ni idea (miro la jaula y controlo que Edgar respire pausado).  Está fenomenal, te lo juro, encantado con la zanahoria que le he dado como cebo para que entrara en la caja. No podría hacerle daño, cariño, no se me ocurriría por nada del mundo atizarle un escobazo, por Dios cariño, que yo también lo quiero mucho… (me santiguo y pido al dios de los animales no me lance un rayo que me tueste las neuronas).

-        No sé, no sé… - replica la voz de mi hija escamada – bueno, llego en media hora y lo veo

Voy a la nevera y pillo tres zanahorias que corto en rodajas para aliviar mi conciencia.  Busco una tijera y podo los 7 nudos del cordel (no hay modo de desatarlos), introduzco el tubérculo en la caja, cierro la puertecilla y el tío que ni se acerca a mordisquear la chuchería. Me da que desconfía de mí, que no se atreve a probar la pitanza por si le he inyectado cicuta.

-        Edgar, tienes media hora para comerte la zanahoria dejando rastro en el plato. Media hora.

Treinta minutos más tarde, mi hija va directa al dormitorio para comprobar que no he mentido. 

-        Está estresado, mamá, lo noto, está estresado

-        ¡Qué va, cariño! Está temblando de emoción al verte

-        Ya, mamá, ya

Arya se acerca y frota su morro en mi pierna para que la acaricie.  Me agacho y susurro en su oído:

-        Calladita, Arya, tú calladita

Mi hija se vuelve y sentencia:

-        Te he oído, mamá

Trago saliva y miro a Edgar que muestra los dientes con la cabeza ladeada: El puñetero se está riendo, para mí que éste se está riendo...