GIBRALTAR

Segunda intentona para visitar la Roca, que tanto desespera a la clase política, porque la primera fue fallida después de descubrir con un  ¡MIERDA, ME OLVIDÉ EL DNI EN CASA! de mi amada y despistada hija.  La fila de carros para cruzar la aduana nos lleva media hora larga hasta llegar a los polis de documentación que revisan por encima ondeando la mano para que sigamos a tientas de un GPS que me tiene turulata.  Buscamos la P internacional de párking, accedemos, fotografiamos número y piso por eso de no olvidarlo, tomamos el ascensor y bajamos a una calle donde hay una procesión de motos animando el ambiente con un ruido estruendoso que hace recuperar el oído a cualquier sordo que necesite sonotone.

Entramos en un estanco para cumplir recados: 3 cartones de tabaco a mitad del precio en España. Souvenirs: 3 imanes, un pin. Mark & Spencer para lencería que cubra mi cordillera penibética con ese glamour tan británico que no encuentro en Madrid por mucho que se empeñe el British Court.  Recorremos la calle comercial llenita de andaluces, vendedores incluidos, con banderas y cabinas de la Queen Elizabeth para tomar conciencia que ese pedazo de tierra pertenece a su gobierno por un tratado de toma y daca entre reyes jugando al pócker con los españolitos de a pie.

Somos garbancitos volviendo atrás sobre las piedras hasta recuperar a Manolito a quien le trae al fresco la política, conectamos el tom tom y salimos a la caza del teleférico que nos escale a lo alto de la Roca: Sigue recto por la avenida de Winston Churchill, en la rotonda, toma la segunda salida hacia Oxford Line, Continúa recto… Barrera por obras: Váyase por otro lado (traducción a mi albedrío). Giramos, Winston Street, rotonda, regresamos a la obra, giramos, Winston, la barrera de cartel de advertencia amarillo nos hace la ola, volvemos, apago el GPS y me dejo guiar por el instinto.  Conduzco por calle paralela y enciendo el tom tom. Subo calle, bajo, giro, subo, bajo mientras la señorita del móvil repite nombres de vías que ni aparecen ni tienen ganas de aparecer claveteadas en el muro. Media hora de recorrido turístico sin pretenderlo y ahí que seguimos cual peonza mecanizada hasta que avisto una gasolinera con un motero repostando gas.  Pulso el warning y corro antes de que se me escape por la Livingston line.  Le pido, con cortesía, que nos guíe hacia el funicular y responde:  ¡Si estás muy cerca!, sigue recto y en la rotonda shica giras a la deresha, luego otra vez a la deresha y encuentras el aparcamiento.  Obedezco y en dos minutos hallo el solar asfaltado con rayas de colores: amarillo, pagar, blanco no.  Soy española, no creo que me llegue la multa y dirijo a Manolito en la primera plaza yellow que encuentro.  Se acerca un caballero:  yo que tú no aparcaría aquí. Te ponen cepo. Doy marcha atrás, vislumbro un hueco blanco y conmino a las niñas a que salgan para ocuparlo como si fueran los leones de las Cortes españolas no vaya a ser que un espabilado se me adelante para quitármelo.  Maniobro, aparco y vamos hacia la cabina que nos traslada al reino de los monos con fama de puñeteros.  Las vistas son espectaculares, el mar infinito, el calor asfixiante y los monkeys malolientes.  Recorremos la cumbre con los gemelos agarrotados de tanta piedra que sorteamos, pero merece la pena tocar el cielo así como descansar la mirada en el azul de un agua pintada con la esperanza de navegantes africanos en las pateras de la tristeza que siento cuando veo sus cadáveres flotar sobre las olas.

Son las cinco y media de la tarde y no hemos comido de modo que mi hija sufre la pájara en el estómago revuelto de hambre.  Se ducha con el agua fría que le proporciona un recaudador de tickets y ni con esas, que la niña se me cae redonda a menos que Manolito nos lleve raudo y veloz al Burger King al otro lado de la frontera.  Esta vez no nos perdemos (lo apuntamos en la lista de logros) y en un plis plás arribamos al punto de poli andaluz con los carnets preparados en la guantera.  La autoridad de verde hace un gesto para que pase el coche que va delante de mí, acelero y le sigo tan contenta porque soy así de confiada y creo que tenemos cara de buena gente.  El guardia que me ve tan envalentonada, levanta el brazo y me stopea en toda mi cara: Aparque aquí el coshe que vamos a revisarlo. Miro por el retrovisor el verduzco en la cara de mi hija y el horror en la palidez de su amiga: Tranquis – les digo - no pasa nada. Si voy a la cárcel llamad a los tíos para que me saquen…No se ríen y pienso si esta generación de jóvenes no tiene el sentido del humor en el ADN. Bajo y abro el maletero por indicación de la autoridad.

  • ¿Algo que declarar?

  • No

  • ¿Ha comprado tabaco o alcohol?

  • No

  • ¡Mamiiiii! Que sí has comprado tabaco, que sí lo has comprado – interrumpe la ne-na que lleva mi apellido

El poli la mira, me mira a mí

  • Mire, resalao (lo pienso pero no lo digo), he comprado imanes, un pin, un globo de caramelos para un chaval y sí, un cartón de tabaco (lo saco del fondo de un cesto de la playa atiborrado de toallas).

El guardia toma el globo, lo gira, lee la etiqueta, el cartón de mi amiga y menea la cabeza.

  • ¡Ah! ¡Perdón! Olvidé los dos sujetadores que he comprado en Mark & Spencer (los saco de la bolsa y se los muestro en todo su esplendor) Están de rebajas y son estupendos, de veras que son estupendos. Una pena que no haya ninguno en Madrid, una pena porque para mí que estos grandes almacenes ganarían mucho en España..

El guardia se azora y da un paso atrás.

  • No hashe farta que me lo enseñe, no hashe farta – Hace un gesto con la mano y continúa – Pueden salir.

Subo a Manolito, enciendo el motor y conduzco hasta la hamburguesería con mis soldaditas a punto de desfallecer del susto.

  • Anduriña – recrimino – tenías que haberte quedado callada porque si se entera que llevo tres cartones de tabaco me denuncia por contrabandista y a ver qué hacéis las dos solas en el Peñón de Gran Bretaña.

  • Mamá, no tengas morro porque la culpa es tuya al enseñarme que no se puede mentir y yo nunca miento, y mucho menos a la policía. Además, no sé por qué has tenido que sacar los sujetadores. Se ha puesto rojo.

  • Es el calor – replico – está rojo porque hace mucho calor.

  • Mami… que no soy tonta…

Entramos en el Burger y nos zampamos tres menús dobles. Son las seis y media de la tarde.  Mañana me reciclo para recuperar horario disciplinado de comidas siempre y cuando el GPS no me lleve a orbitar por las rotondas de la próxima excursión. Llevaré bocadillos, agua y el manual de cómo enseñar a los niños a mentir piadosamente cuando se trata de hacer trampas insignificantes a la autoridad competente.

Por si acaso.