NO TENGO TIEMPO

 

Hace varios meses escribí acerca de las relaciones humanas y el cómo había cambiado el concepto de cercanía, familiaridad y confianza con el que había crecido (es un capítulo del libro La Vida en Colores).  El grupo de amigos de mis padres formaba parte de un engranaje de piezas que funcionaban unidas en cualquier circunstancia de sus vidas y, tanto si había que celebrar un suceso festivo como lamentar una desgracia, no hacía falta más que levantar el teléfono (fijo) para que todos se reunieran en el salón de sus casas. Hablo de años en los que niños y mayores compartían el mismo espacio con naturalidad donde la cocina era, en muchos casos, el cuarto de estudio para hacer los deberes con cuidado de no manchar los cuadernos de grasa, el comedor, el lugar donde la tropa familiar se reunía los viernes para ver los concursos de la tele y el dormitorio, el punto de encuentro de hermanos que combaten con soldados de plástico, visten muñecas o completan el álbum de cromos conseguidos con la negociación de los repetidos en el patio del colegio.

Podría parecer que nuestros padres estaban desocupados pero nada más lejos de la realidad si tenemos en cuenta que la media de hijos era de cinco niños por matrimonio amén de los sobrinos que llegaban del pueblo para progresar, como se decía entonces. La jornada laboral de las madres no entendía de estatutos ni derechos a los minutos de asueto, salario mínimo o, incluso, enfermedad porque no se lo podían permitir a menos que formaran parte de la alta sociedad y su equipo de criadas.  El contrato de ama de casa, tampoco contemplaba librar los fines de semana o vacaciones que disfrutar libres de responsabilidades, de hecho, ni siquiera se lo planteaban pues su dedicación y abnegación al hogar no admitía el descanso que no fuera en la hora de la peluquería donde participar de una tertulia en la que el tema principal de conversación era el precio de la fruta, las notas del colegio o recomendaciones caseras para abrillantar las baldosas del suelo. La escala de prioridades estaba perfectamente estructurada con el poder del cariño por encima del de las obligaciones; las relaciones sociales se circunscribían a la familia, el barrio y los cuatro amigos fieles con quienes compartir una tortilla, bocadillos y refresco en las primaveras del campo. Las preocupaciones de amigos o vecinos relegaban el resto de tareas al último puesto de la fila porque nada era más importante que ofrecer una mano a quienes lo necesitaban, no había móviles, ni Whatsapp con el que liberar la conciencia de culpabilidad por no estar a la altura, había visitas y abrazos sin fecha de caducidad en el calendario frío de la memoria.

Hace unos días llamé a mi hermano para saber cómo estaban. ¿Qué ocurre? – respondió - ¿Ha pasado algo? Nada – repliqué – aunque no te lo creas, sólo te llamaba para ver qué tal os iba. Algo parecido me ha ocurrido esta mañana con dos amigas a quienes he telefoneado por el mismo motivo y, ambas, como tantos otros, han cortado la comunicación antes incluso de decir Hola: ahora no tengo tiempo, Almudena, no tengo tiempo…He colgado con un pellizco de nostalgia por la imagen de mi madre cuando se sentaba en su silla de cuero para descolgar el auricular: Voy a llamar a Pepita que tiene a Nacho con anginas y hace mucho que no sé de ellos (posiblemente no más de una semana). Sabía, entonces, que la garganta enrojecida del niño me regalaría unos minutos más de juego, que mis hermanos y yo no éramos los únicos habitantes en el ombligo de su planeta, que Pepita, Milagros, Marilés (maridos incluidos) y tantas otras, merecían su atención de igual modo que mi madre merecía la suya; que no hacía falta un duelo o imprevisto para marcar el número de una amiga como tampoco era necesario avisar con antelación la visita a casa de estos o aquéllos porque las puertas siempre estarían abiertas. En definitiva, aprendí que nada vale más la pena que sentir el amor de la gente que uno elige para introducir en el microcosmos del corazón, y que no hay dolor más fuerte que el de las decepciones cuando el/la amigo/a traiciona la confianza con su desgana.

Estamos en el siglo XXI, familia con una media de uno o dos hijos (los valientes tres o cuatro), medios de comunicación impensables hace poco más de una década, acortado distancias, facilitado la ejecución de tareas y ampliado círculos de relaciones sociales con ayuda de una tecnología de la que nos hemos hecho adictos para ahorrar tiempo que reinvertir en decenas de quehaceres huecos de contenido afectivo. Pasamos los días, semanas y meses concentrados en cientos de insignificancias que olvidamos tan pronto arrancamos la hoja del almanaque, nos preocupamos por todo y por nada hasta que la vida nos da un aviso de que esto se acaba, que no somos inmortales y que todo ese lodo mental en el que hemos flotado no servirá de abrigo cuando la soledad anide en un corazón vacío de afectos.

Últimamente escucho cómo las nuevas generaciones levantan el vuelo sin mirar atrás con los ojos de la gratitud por lo que han recibido, y que dan por hecho, puesto que es una obligación contraída por los padres desde su nacimiento. Centran sus aspiraciones en conseguir un buen trabajo y sueldo para mantenerse estables, y es irreprochablemente lícito, pero somos su espejo, la luna en la que se han mirado, y me pregunto si no habremos desvirtuado el punto de mira hacia lo estrictamente material restando importancia a los vínculos afectivos que ellos tejen y destejen como hilos endebles de una tela de araña sobre la que patinan vulnerables e inseguros.

No tengo tiempo es un escudo mental contra el redoble de una conciencia que insiste en que el motor que nos mueve se llama amor, que pregunta qué parte de nosotros mismos hemos dedicado a los hijos: atención o dinero para que nos traten como meros cajeros automáticos a los que tienen derecho y, por último, advierte de la soledad a la que no abocamos con el pie apoyado en el acelerador del coche equivocado.

Estos días mi hija está con su abuela, enferma de Alzheimer, para echarnos un cable con su cuidado.  Es muy joven aún, pero no tuerce el gesto ni se queja cuando tiene que lavar su cuerpo maltrecho o cambiar el pañal manchado de heces. Frota con la esponja de agua tibia, unta de crema su espalda y besa su rostro ausente con la piel de sus labios impregnada de ternura. Contemplo su expresión y me conmueve su ceño concentrado al secar con suavidad las hendiduras, el vaivén de sus muñecas al peinarla y la sonrisa resplandeciente cuando termina: Abuela, estás muy guapa.

  • Es cierto – convengo con ella – Está muy guapa

Mi madre no sonríe, no gesticula, no anima su mirada ausente pero, con un gesto aparentemente casual, acerca su mano a la cara de la nieta y musita: Te quiero.

Con esto basta – me dice el corazón orgulloso – con eso basta…