TRES PARADAS

 

Se levantó cansada y con el dolor de cabeza con el que se había ido a la cama confiando en que la almohada aplacara el redoble de las sienes.  Dejó que el agua tibia resbalara por su cabeza para eliminar los vestigios del sueño; frotó la piel sin prisa, se secó, se vistió y entró en la cocina para beber el café con el murmullo de la radio como compañía.

Tomó el móvil y envió el buenos días habitual al grupo de mujeres amigas con las que compartía mucho más que cuatro chistes, caritas sonrientes o imágenes de puestas de sol en la bahía donde habitaba su infancia.  Repasó la lista de tareas con el hastío oprimiendo el diafragma.  Sabía que no tenía motivos para quejarse, lo sabía y aceptaba como bueno: un matrimonio sólido, un hijo inteligente y guapo, una situación económica estable y salud de hierro a pesar de algún que otro traspiés en el sótano de los escalones malditos.

Apuró el último sorbo de café y volvió al cuarto de baño para terminar el aseo.  La luna del espejo le devolvió la imagen de una mujer de piel tersa, ojos verdes y sonrisa abierta. El pesimismo no formaba parte de su naturaleza porque, ni le permitía la entrada al pensamiento, ni consideraba que debería ser digno de ser objeto de su interés: tristezas las justas.

Sin embargo, el peso de la rutina estaba haciendo mella en su espíritu guerrero.  Los madrugones para acudir a un trabajo que había perdido brillo, las correrías entre oficinas, el calor tardío y la perspectiva de un otoño gris invocaban lo que tantas veces escuchaba en el eco de las estaciones: Nos estamos haciendo viejos.

Ahuyentó la idea con un movimiento fugaz de la mano y terminó de pintarse la boca a la vez que escuchaba a su hijo trastear en la cocina:

-          Tienes la leche en el microondas. No te vayas con el estómago vacío que luego te mareas – le dijo asomándose a la puerta.

-          Valeeee – respondió el chaval con voz somnolienta

Natalia cogió su bolso, se colgó la cartera y entró para darle un beso de despedida:

-          Buen día, cariño, pásalo bien

Las farolas de la calle estaban encendidas aún cuando se dirigió al Metro.  Bajó las escaleras, cruzó el torno y se encaminó al andén con el ronroneo de los años cumplidos en la boca del estómago. ¿Cuándo me llamaron “señora” por primera vez? ¿En qué momento atravesé la frontera a la madurez sin que yo me diera cuenta? ¿Qué sentido tiene desear la eterna juventud? ¿Quién diseña la publicidad para que las mujeres asumamos que el tiempo y las arrugas nos apartan del éxito? ¿Y qué me pasa hoy para que esté dando vueltas a una tontería semejante?...

Accedió al interior del convoy y buscó un asiento libre para acomodarse a la espera de llegar a su destino. Enfrente de ella había un hombre joven, enormemente atractivo, enfrascado en un libro. Natalia lo contempló como si fuera la imagen de un actor de cine hollywoodense que hubiera escapado del celuloide, una especie de Cary Grant del siglo XXI con el halo de antiguo galán mezclado con la naturalidad y frescura de lo contemporáneo en la actitud de su cuerpo. 

El tren se detuvo en una, dos, tres paradas hasta que el hombre cerró el tomo para levantarse despacio. Miró a Natalia y sonrió: You are very pretty – le dijo con un tono que no admitía falsedades. Luego pulsó el botón de la puerta y salió hacia el andén caminando ligero.

La mujer de piel tersa y ojos verdes de ruborizó. Apretó el bolso contra el pecho y levantó la frente desafiando al almanaque de los años transcurridos.

Tres paradas de Metro y un encuentro.

Tres paradas de Metro y el cosquilleo de los quince años reanimando el corazón festivo.

Tres paradas...