EL CUMPLEAÑOS

29 de julio

Es mi cumpleaños y lo he celebrado con un ibuprofeno, una pastilla para los vértigos y una sesión de k o. en el sofá de mi casa mientras mi hija-secretaria respondía llamadas, whatsapps y prometía mimarme recogiendo la ropa, mesa, cocina y demás obligaciones de las que no tenemos mayordomo.

No suelo hacer auditorías de mi biografía pero el estado giratorio en los huesecillos del oído me han sumido entre ovillos enredados con los dedos de una abuela cebolleta que narra  anécdotas de mocedad a sus nietos.

Empecé con los veranos de tren a Galicia, el olor a aceite y acero en la estación del Norte, el ruido de las maletas arrastradas por el andén con cientos de niños correteando alrededor de padres que los llamaban para guiarlos al vagón de sus billetes, el movimiento sincopado de las agujas del reloj colgado en la pared de cristal, el cigarrillo que fumaba el  maquinista antes de subir a la cabina y asomar la cabeza esperando la señal para arrancar la locomotora, el chirrido de las ruedas y mi padre moviendo la mano para decirnos adiós sin las recomendaciones que mi madre se encargaría de darnos dos días más tarde, cuando regresará a Madrid, y después de dejarnos a cargo de mis tíos en la aldea.

Continué con el frío que se colaba por las rendijas de la ventana al llegar a los puertos, el ¿cuánto falta? repetido hasta la saciedad por los cinco hermanos distribuidos en literas después de discutir quién quedaba en la del medio, la más agobiante y estrecha que acababa con el más conformista o menos consentido de los hermanos. Meses de siega, prado y quejido de carros repletos de heno, noches de meigas y fiestas de requesón en casa de mi tía Higinia, una de las mujeres más festivaleras y animosas que he conocido.

La muerte temprana del doctor Taboada desterró las vacaciones galaicas a fotografías que mi madre guardó en un altillo hasta que pudo ver las imágenes en blanco y negro, sepia o color sin sentirse lacerada. Crecimos con el tabú, secreto y soslayo de una realidad a la que nos enfrentamos con mayor o menor valentía y madurez, estudiamos, trabajamos y seguimos adelante algo cojos pero firmes. Llegaron los primeros novios, desengaños, bodas y sobrinos al tiempo que poco a poco me desligaba de la tradición para defender mi independencia en contra de principios y culpabilidades retorcidas como nudos en cada ruptura con la horma de las buenas costumbres.  Me convertí en el verso suelto de la familia, aunque no el único, y tejí una red de afectos en los que ampararme cuando recibo un zarpazo que me paraliza el vientre.

Mis novios fueron míos y de los amigos en quienes confié, mis decepciones también; viajes, encuentros y desencuentros, un título universitario, un colegio, un despacho y una nueva ruta laboral con los libros de mis cuentos en un saco de regalos que mi ángel de la guarda me ofreció a cambio de nada.  He tomado decisiones desde las entrañas y a costa de las consecuencias cuyo aprendizaje levita sobre la inteligencia emocional porque año tras año sigo tropezando con la misma piedra. Sin embargo, la elección de ser madre nació conmigo y sólo tuve que esperar el momento adecuado para iniciar un infierno de trámites con un veredicto único, indescriptible y maravilloso.

Es mi aniversario, tengo mensajes de felicitación del google, banco y comercios, hermanos, decenas de amigos y múltiples llamadas que me hacen pensar en la red tejida con el amor de tantos años caminando por el mismo sendero.

Eso si, la ropa, la mesa y la cocina las recogí yo con la ayuda de un par de manos y la voz de una experta chantajista en camelar el corazón.

Almudena T.