MAHÓN

El guía turístico del buque, asignado a la tropa española, nos sugirió madrugar para ver la entrada a la isla desde la balconada del puente más alto permitido a los de segunda clase.  Comparó el paisaje con los fiordos noruegos y pensé si las neuronas patrióticas no andarían algo sobradas porque, aún sin conocerlo, las lenguas marinas del norte de Europa se me antojaban incomparables a tenor de las fotos y vídeos que admiro en el buscador de colorines.

Me levanté temprano y subí a la terraza con mi cámara de fotos en ON, el móvil y un puñado de reservas hacia lo que, finalmente, se confirmó como una exageración del muchacho inyectado de entusiasmo.  Negar la belleza de la embocadura isleña sería absurdo, pero ni el resplandor del agua, ni el verdor en la tierra matizada del blanco en las fachadas de las casitas bajas, pudieron convencerme de la similitud con un entorno de acantilados agrestes que visitaré antes de que la parca me eche los tejos para que la acompañe.

Atracamos y bajo en busca de mi hija todavía adormilada. 

-     Se nota que estamos en agosto – le digo nada más entrar en la cabina – hemos encontrado aparcamiento a la primera..

Mi hija levanta los párpados con estupor y pregunta:

-     ¿Qué has desayunado?

-     Un capuccino

-     ¿Sólo?

-     No, con leche – respondo con la ironía que me permito cuando me levanto socarrona – Anda, asómate a la ventana y cuéntame qué te parece haber atracado en plena calle.

No miento, el barco está varado a escasos metros de una vía a la que podríamos saltar desde cualquier puente sin temor a una zambullida en la marea. La envergadura del Victoria intimida cuando lo abandonamos para recorrer Mahón con la idea de hacer escapada a una playa apetecible y cercana en un autobús que traquetea por carreteras estrechas que recuerdan los viajes a las Rías Bajas en el coche de mis padres con la diferencia de que, aquí, la brisa carece de olor a pino y eucalipto que nos alertaba de la cercanía al mar.  Las voces de mis hermanos sopesando los minutos que faltaban para llegar a la costa se sustituye con un letrero luminoso colgado del techo y la humedad empañando los cristales es, ahora, una nube que apenas si cubre el sol con madejas pespunteadas en la carpa azul que nos cobija.

Somos afortunadas pues la playa no está tan concurrida como para tener que abrirnos a codazos con las sombrillas.  Apenas hay oleaje y la línea del horizonte se perfila con tanta precisión que, por un momento, creo que estoy a escasos kilómetros del abismo en el que sucumbe la Tierra con una cascada figurada de sal.  El calor dominante nos propulsa al baño con alas en las plantas de los pies que pisan a trancos el fuego de la arena, nadamos hacia la línea de boyas y retrocedemos cuatro brazadas más tarde al descubrir un par de medusas acechando la piel desnuda de modo que nos resignamos a permanecer chapoteando en la orilla hasta que consideramos que ha pasado el tiempo suficiente para considerarnos chorizos madrileños en la barbacoa menorquina.

Faltan aún un par de horas para el embarque cuando regresamos a la ciudad de la que apenas si atisbamos un par de calles empinadas, escaparates con sandalias multicolores, turistas de abanico y la placidez que otorga la sombra de un parque donde nos refugiamos para comer las empanadillas caseras de un puesto en el que sobran etiquetas de marcas comerciales, envases al vacío o la química que ahuyenta el sabor de lo auténtico en la masa de un pan delicioso.

Esa tarde toca baile español en la plataforma abierta a la piscina del buque.  A las Dynamo no nos apura formar parte de Paquito el Chocolatero, un corrido mexicano o el Viva España batiendo con frenesí las palmas. Saco a bailar a un miembro del equipo de animación con pinta de ser novato en el oficio, un chico de tez morena que, intuyo, pakistaní y que trata de marcar el pasodoble con la cabeza inclinada hacia el suelo y su mano apretando la mía a modo de estatua de la Libertad enarbolando la antorcha. Se ríe tímidamente y aguanta hasta la última nota con expresión de pingüino en el ascensor de lo exótico que inunda la pista.

El programa de fiestas acaba con la invitación de los animators a expertos en sevillanas para protagonizar la última canción seguidos de unos cuantos aprendices a quienes no les importe situarse a su lado para imitar sus movimientos con mayor o menor destreza. La terminator Taboada me empuja a la escena sin darme opción a la huida del ridículo asegurado. Se coloca frente a mí, empieza la música y también el salero de la pareja vecina para ilustrarnos con la experiencia de su maestría.  Las Tabo levantan los brazos, los bajan, tropiezan, se pisan, se acercan cuando las otras se alejan, se alejan cuando las otras se acercan, se cruzan y descruzan a su libre albedrío, emulan a un jarrón chino cuando las profes palmean y palmean cuando las profes se aquietan esperando el siguiente compás. Las muñecas de las manos se tensan, los dedos estiran sus yemas, rodillas en vaivén y talones en puntillas, en definitiva, tres minutos han bastado para crear un nuevo estilo de baile andaluz: El Tabojú exprés.

Finaliza el evento y escuchamos los aplausos de un público entregado a los artistas participantes. Mi hija y yo nos miramos, doblamos la cintura y hacemos una reverencia.

La educación por encima de todo - recalco - por encima de todo.