LA LOCURA DE LOS GENIOS

Hace un par de días una amiga mía y yo hablábamos de los genios del arte y de cómo algunos de ellos mostraban una cara oculta en su vida personal que, a veces, rayaba en una calidad humana miserable.  Nos preguntábamos hasta qué punto el conocimiento de esa faz condicionaba la opinión sobre su obra, fuera del tipo que fuera, para que modificáramos la perspectiva con la que la considerábamos excepcional en detrimento de nuestra valoración.  Y, sí, ambas nos reconocíamos incapaces de separar la admiración por su genialidad del asco que nos producía saber de su crueldad, despotismo o maldad hacia su entorno cercano.  Puse el ejemplo de Marlon Brandon, uno de los mejores actores del panorama internacional, y a quien soy incapaz de mirar sin sentir náuseas después de haber sabido que violó a María Schneider para dar credibilidad a la famosa escena de la mantequilla en la película el último tango a París.  Pero éste no es el único ejemplo, hay muchos que reflejan la intimidad de músicos, escritores, pintores o cantantes de renombre mundial (con independencia del género) que se visten de monstruo en el ámbito familiar, como si necesitaran escupir los demonios de un ego alimentado con el éxito que proporciona la fama, y a los que soy incapaz de venerar, por excelente que sea su trabajo, si debajo del pincel de su lustre, encuentro las tinieblas de su vileza.

Por otro lado, están los tildados de locos porque, en mi opinión, a falta de confirmación de datos bibliográficos que verifiquen su demencia, son encasillados en el grupo de trastornados por su temperamento, carácter o análisis erudito de la obra como producto de su mente enferma. Confieso que dudo de la verisimilitud de biografías de artistas seculares cuando recurren a la demencia para justificar determinadas actitudes. La salud mental es un laberinto inexpugnable para los científicos que basan sus teorías en función de estadísticas de enfermos que presenten cuadros similares.  Seguramente, si alguno de ellos lee mi escrito, pensará que soy una ignorante atrevida y, tendrá razón, pero tengo la impresión de que el diagnóstico que emiten se basa en patrones de conducta repetidos en el tiempo más que en radiografías o resonancias que muestren la morfología de un cerebro con las neuronas disfuncionales asomando sus brazos por los meandros de la corteza.  He conocido enfermos de esquizofrenia y psicosis medicados con sedantes para evitar los brotes que deriven en tragedia; fármacos de una industria potente que abusa de nuestra vulnerabilidad para enriquecer los bolsillos de sus dueños sin certificar, al ciento por ciento, que no hay remedio mejor para sanar su trastorno  porque, una vez el paciente se sube al tren de su botica, permanecerá preso de sus vagones con la química de sus compuestos ejerciendo de carcelera en la puerta de salida hacia otras opciones, quizá no tan agresivas, pero igual de eficaces.

Vincent Van Gogh, cuya exposición interactiva he visitado hace muy poco, es una muestra de ese tipo de dementes que plasman sus benditas locuras en un lienzo con vida propia. No entiendo de pintura, ni lo pretendo, porque me muevo por la emoción por encima de la técnica que emplee el maestro. No me interesa si utiliza brochas, pinceles o sprays; lápices, acuarela u  óleo, pero sí me encantaría fisgonear los pensamientos que cruzan veloces por su cabeza mientras tiñen la tela de colores; daría lo que fuera por trasladarme en el tiempo, sentarme al lado de Vincent, contemplar el movimiento de su mano y descubrir cómo logra que brillen las estrellas en París, el ulular del viento sobre las espigas de trigo o la tibieza del sol en los atardeceres de la campiña francesa.

Hay que vivir loco y morir cuerdo, escucho decir poco convencida de corroborarlo en mi condición de escéptica; sin embargo, daré por bueno el consejo si uno de esos locos se llama Vincent Van Gogh y me regala la belleza en los trazos de un tapiz que me conmueve.