VOLVER A LOS 17

Volver a los diecisiete es una canción compuesta por Violeta Parra que siempre me conmueve cuando la escucho, tanto si es en la voz de Mercedes Sosa como si es en la de Rosa León.  Hace años me sabía la letra de memoria y aunque la consideraba algo cursi, tenía un matiz de sentimentalismo que me hacía llorar como una magdalena si estaba en plena fase de amor/desamor con el muchacho inadecuado.

Las cuitas amorosas de mi pubertad las guardaba para mí por pudor y porque mi madre, pre-constitucional que diría el juez Calatayud, no representaba la confianza en la que pudiera apoyarme para compartir mis dramas de entonces y que, vistos desde la distancia, eran poco menos que ridículos. Tiempo de signos a descifrar sin ser sabio competente, cuenta la canción cuya letra, parafraseada, me revuelve en el recuerdo de meses de certezas en pie sobre la ignorancia de quien cree que ha tocado la meta cuando apenas si ha rozado la línea de salida.

Tengo una hija adolescente en primera fila de cochecitos que ruedan por los carriles de una montaña con cumbres y cañones infinitos; tan pronto sube a lo más alto como desciende al cráter de las decepciones conmigo de testigo activo o pasivo según la gráfica de mi paciencia.  Si consigo despojarme del sombrero de madre para explorar sus vaivenes desde el centro de su ombligo, me doy cuenta que sus inseguridades, desconcierto, autoestima fluctuante en función del éxito social y las tragedias griegas en las que enfrascarse cuando el abobolescente no hace ni puñetero caso, son idénticas a las que yo compartía con la tela de mi almohada.

Las redes sociales, documentales y libros se llenan de teorías sobre cómo tratar a un adolescente, de la confianza vigilada y la libertad entregada con alfileres para evitar que se enreden aún más en la confusión que genera creer que saben, pueden y controlan todo lo que gira a su alrededor como dioses omnipotentes de harina desbaratada con los primeros desengaños.  Chicos y chicas abducidos por el No me entienden que marcó las generaciones de los que los preceden, chavales que prueban y arriesgan con los padres cruzando los dedos o rezando para que haya un ángel de la guarda que los proteja, inconscientes, inmaduros y ávidos de todo tipo de información accesible con un solo click de sus dedos

Aprenderemos de los errores, ellos y nosotros los padres a quienes no nos dan un libro de instrucciones para convertirnos en guías sin vivir atenazados por el miedo a lo que les pueda ocurrir.  Locos bajitos que, como diría Serrat, se incorporan con los ojos abiertos de par en par, que nos joden con la pelota cuando son pequeños, y con el huracán de sus rabietas a poco que entren en el túnel que separa la inocencia de la caída libre hacia lo desconocido.

Un amigo mío le preguntó al pediatra de su hijo: ¿Por qué los médicos no inventáis pastillas para la adolescencia? ¿Acaso no habéis inventado los medicamentos para controlar el azúcar, colesterol y tensión en los ancianos? Pues esto es lo mismo… un tarro de pildoritas para hijos de doce a dieciocho años y así los padres estaríamos tranquilos.

Me lo apunto pero...

¿Hay algún investigador por la zona?