LA NEVERA

He tenido que jubilar a mi frigorífico por haber cumplido 21 años en pleno servicio a la jefa que soy yo, para ser sustituido por uno similar del que recelo llegue a la ancianidad con idénticas prestaciones.  La adquisición del nuevo fue mediante Amazon por ser el único lugar donde encontré al sustituto, mismas medidas y marca, con la sana intención de ser portado al domicilio a cambio de llevarse el viejo para el entierro de sus tornillos. Dicho y hecho, aboné el importe y leí mensaje con fecha de entrega aproximada a la vez que mis dedos se cruzaban para que el abuelo de hielo en las paredes, no decidiera fenecer, antes de lo previsto, dejándome la leche lista para ser elaborada como yogur, nata o requesón.

El día de marras me fui al supermercado de la esquina para comprar los huevos que, como es habitual en mí, había olvidado adquirir tres horas antes con la lista de imprescindibles en el cerebro oxidado.  Mi móvil vibró en la Caja, descolgué y escuché la voz de un desconocido:

- ¿Señora To..Tu…Teboada?

- Almudena Taboada, soy yo

- Mire, soy el transportista, estoy llegando a su casa

- Pues tiene que esperar cinco minutos que ando en el supermercado

- Vale, es lo que tardo.  Se lo dejaré en el portal

- ¿Perdóooon?

- A mí me han pagado para que lo deje en la calle

- Va a ser que no, señor X (no me ha dicho su nombre). Como usted comprenderá, yo no puedo subir sola la nevera

- Pues yo tampoco.  No me han pagado

(y dale)

- A ver si nos entendemos, señor X, a usted no le han contratado para subir el paquete y mi cuerpo no está preparado para cargarlo como si fuera Supermán.

- Pues usted me dirá qué hacemos.  No me han pagado para subirlo, tengo más pedidos que entregar y no puedo pararme. Sólo dejarlo en el portal

Trago saliva con el cajero mirándome atónito

- Que me traen una nevera y me la quieren dejar en la calle – explico – así, solita y en la calle

Cojo las vueltas, le doy las gracias y camino hacia mi casa con el móvil ardiendo entre improperios y mandatos: Taboada-contrólate- Taboada- contrólate

- A ver, señor X, le repito que me da igual si a usted le pagaron o no el servicio, cualquier humano con dos dedos de frente, entiende que la entrega de un electrodoméstico incluye el porte al domicilio a menos que el comprador sea campeón de sumo, cosa que yo no soy ni lo pretendo.  ¿No le doy pena?

Escucho un ligero jadeo

- Está bien, se lo acerco al ascensor y me voy.

- Suficiente. ¿Y el viejo?

- Ni idea. No me han pagado para llevármelo

Cuento hasta cien.  Como vuelva a decirme que no le han pagado, lo crujo.

- Mire, no se preocupe.  Acérquemelo al ascensor y ya me ocuparé del resto

Llego a casa y grito: ¡Anduriña! ¡Remángate que vas a trabajar de transportista!

Mi hija, de natural perezoso, aparece como un cohete

- ¿De qué?

Le explico la situación y redondea los ojos

- ¿Es una broma?

- No – el portero automático pita – Ahí está el señor X. Bajemos

Nos ponemos la mascarilla y acudimos al encuentro con el joven sudoroso parado en la puerta del ascensor con el frigo, papeles y expresión de me-cago-en-sus-muertos-lo-que-pesa.. Nos mira y se ablanda

- Lo siento, señora, pero a mí no me han pagado para subirlo

Coloca los papeles encima de la caja para que firme el recibí. No alcanzo. Coloca los papeles en el lateral. Rubrico e introduce el paquete en el interior del elevador con el último resoplido. Le entrego una propina y, antes de que vuelva a decirme lo del pagado, corto la conversación con un gracias, es usted muy amable que me evita sulfurarme aún más de lo que ya estoy.

La tarde promete.  Cuatro horas con el nuevo frigo en los dos metros de la entrada (hay tres), el anciano asentado en su lugar y vacío por eso de haber confiado en su despedida, mi salón estilo bazar oriental con los alimentos repartidos por mesas, estanterías y una bolsa de bolas de cereal chocolatado diseminadas por el sofá y parquet gracias a la colaboración perruna al mordisquear el plástico en uno de esos arranques suyos de curiosidad por la comida ajena al pienso. Leo instrucciones: Dejar en reposo cuatro horas antes de conectarlo.  Barro las pelotas, sacudo la tela que cubre el sofá, barro las pelotas, muevo una mesa, barro las pelotas, conmino a Arya para que no se las coma, empujo un cajón de tela, aparecen más pelotas, levanto la lámpara halógena, cuatro pelotas, barro, entro en la cocina, 7 pelotas, barro, miro debajo de la librería, 5 pelotas, barro

- ¡Mamá! ¿Pero cuántos cereales hay?

- Trillones, hija, trillones

A las nueve de la noche realizamos el cambio de electrodoméstico. El viejo ocupa sus dos metros, el nuevo el hueco del viejo. Conectamos y contemplamos la superficie con estupor: es más bajito. Abrimos la puerta y nos agachamos para calcular el espacio.

- Mami, no te preocupes en practicar gimnasia, vas a tener que hacer sentadillas cada vez que quieras coger algo de la nevera. Te vendrá bien para el trasero que lo tienes muy caído, mami, pero que muy muy caído.

- Esta semana te has quedado sin paga – replico

- Vamos, mami, que es broma, te lo juro, que es broma

Dos días después, aún sigo barriendo pelotas