CIEN METROS

Es el título de una película basada en la gesta de un hombre, Ramón Arroyo, quien después de ser diagnosticado de esclerosis múltiple logró enfrentarse a las trabas de su enfermedad con el deporte de alta competición empezando con una de las pruebas deportivas más duras del planeta: el Iron man.

En un período de tiempo indeterminado no vas a poder andar ni cien metros, le dijo un médico del hospital donde le comunicaron el dictamen de un futuro insano cuyo tratamiento es poco más o menos que un ensayo clínico en pacientes condenados a la esperanza de una investigación que tarda demasiado en cosechar sus frutos. No conozco a Ramón pero puedo sentir el zarpazo de su desesperación así como admiro sus reaños para trastocar la longitud de la distancia prevista en un desafío logrado a base de tesón, empeño y cabezonería de un temperamento incansable.

Soy rara, lo sé, en momentos dramáticos, duelos personales o épocas en las que afrontar situaciones especialmente difíciles no lloro ni aunque me unten el iris con cebolla, pero basta un anuncio, reportaje, vídeo o película sentimental para que deje caer ríos de lágrimas rodando hasta empapar el dobladillo de mis pantalones. La vida me ha entregado regalos maravillosos y también la sacudida que produce recibir una noticia que comprime la respiración hasta la asfixia, que bloquea la capacidad de realizar el trabajo ordinario porque la mente gira en torno a la herida de un cuerpo que sobrevive con la inercia de la rutina, que embota las ganas de hablar, reír o disfrutar de las cosas más insignificantes porque poco hay más denso que el humo engendrado por la angustia.  Sé lo que es darse la vuelta por dentro y sentir que el reloj se ha parado, que da igual si es de día o de noche, que no importan las tristezas ajenas ni si Fulanito o Menganita están de buenas o malas…La quemazón invade los sentidos como un manto peligroso que anula las ganas de vivir en aquéllos que se rinden al poder de la impotencia pero no en las de quienes miran alrededor para brindar por las luces que iluminan las paredes de sus vidas.

Extraño que en situaciones directas a la yugular no haya sido capaz de emitir un grito o desatar el llanto para desahogar la presión que oprime el pecho, y extraño que llegue la Coca Cola con una de sus campañas emotivas, o Karra Elejalde y Dani Rovira contagiado de la energía de Ramón, para que me mate a sollozar en la butaca del cine sin pudor que lo cubra bajo un puñado de kleenex.  Quizá debería culpar al otoño con el atardecer tempranero, la lluvia torrencial y el frío atacando el nivel de hormonas felices pero no lo creo; soy así de rara y, sea la estación del año en la que me encuentre, los cien metros de sensibilidad que aparezcan frente a mí desatarán la presa de un agua retenida por las compuertas de acero con las que me protejo cuando arrecian las tinieblas por encima del ombligo.  

Una vez leí el consejo de una terapeuta conocida que me pareció interesante: cuando uno se enfrenta a una situación especialmente dramática, y no es capaz de aligerar la tensión, yo siempre recomiendo poner una película muy tierna como excusa para hincharse a llorar.  Marcel Barrena, el director de la película que tanto me ha hecho reír y gimotear como un cocodrilo llorón, no lo sabe, pero voy a apuntar su peli en la lista de DVD’s que tengo pendientes de adquirir para cuando la amargura regrese con su espada perforando el alegre reposo.

Volveré a reír y llorar cuando me cuele entre sus fotogramas pero... ¿hay algo mejor que moquear con las pelis?