LA BACTERIA DIABÓLICA

Una bacteria diabólica se ha introducido en el cuerpo de la pequeña Taboada para derretir su frente con el fuego de un volcán y adueñarse del sistema digestivo con veneno en sus tentáculos.  Intentamos resistirnos a su invasión desde casa, pero la puñetera era tan persistente que nos vimos obligadas a acudir al hospital donde los médicos resolvieron ingresarla para combatir su maldad con vías de suero y antibiótico inoculado en las venas.

La planta donde nos encontramos tiene las paredes pintadas con barcos piratas, palmeras, niños sonrientes y flores tropicales que endulzan el pasillo a los padres que lo recorren con los pies cansados. El tiempo desliza sus agujas desde el amanecer hasta la noche con la lentitud interrumpida por el personal sanitario y su maravillosa ternura cuando hacen su labor con los pacientes menudos.  La piel de la niña se ilumina con cada enfermera o auxiliar que entra con la palabra cariñosa, la caricia en el pelo y la empatía bordada en el blanco que decora el uniforme; observo su profesionalidad y calculo el índice de curación en una gráfica imaginaria: 20% antibiótico, 80% el trato recibido.

Las familias empezamos a conocernos y hemos pasado del saludo inicial a contar los días que faltan para abandonar el hospital.  Hay un hombre con pinta de cromañón al que descubrí llorando en una de mis visitas al mostrador de enfermería; el pelo sucio, aspecto descuidado y un torrente de tristeza en los hombros convulsos que no intentaba detener.  Está a dos habitaciones de la nuestra y sé que tiene una hija porque lo descubrí paseando con ella la misma tarde en que lo ví desencajado contra el cristal de la ventana. No hemos cruzado una palabra pero sí la vista con cierta complicidad y mi alegría avergonzada por un diagnóstico que barrunto favorable con unos cuantos días más de tratamiento.

Escribo en la sobremesa con la respiración pausada de mi golondrina dormida.  El cielo gris contrasta con las fachadas que levantan sus muros más allá de la terraza a la que me asomo para que el aire se lleve la cantinela de los primeros pensamientos negativos cuando el termómetro marcó los cuarenta grados en su pantalla, el tedio del ambiente y el ruido de una televisión que no entretiene.  La colcha de la cama se cubre con periódicos, revistas y cuadernillos de crucigramas para recordarme que tengo que ponerme al día en temas culturales o tomar una pastillita para refrescar la memoria extraviada.  Si agudizo el oído, puedo escuchar el motor de autobuses y coches que transitan ajenos al edificio que alberga jeringuillas de esperanza, botellas contra el dolor y oraciones con rosarios de fe en cadenas de bolitas plateadas. 

Hay un sacerdote que entra cada mañana con unos cuantos chupa chups en el bolsillo para congraciarse con mi hija después de conocer que nosotras apenas comulgamos con la iglesia que representa. Es regordete, afable y listo porque nunca predica ni aburre con discursos sobre un Dios misericordioso, pero sí es puntual, casi británicamente puntual. Llama a la puerta, entra, nos da los buenos días, pregunta cómo hemos pasado la noche, saca las golosinas de su fondillo y repite la frase del día anterior:  No lo tomes ahora, guárdalo para cuando te vayas a casa…Tenemos tres en el cajón de una mesilla que anota las fechas con sabor a fresa, naranja o limón.

Higiene, salud y amor que recibimos con naturalidad porque nos corresponde por un derecho universal que no se aplica en heridos que proceden de guerras salvajes o países sin recursos para soslayar la muerte con una nube de algodón rociada de desinfectante.  Atormenta mirar las caritas de niños ensuciados en su propia sangre, llagas de pus y dolor que no mitiga la cámara que lo enfoca para publicar un SOS en reportajes de cinco minutos de telediario. Hiere y alivia mirar alrededor con la consciencia de sabernos a salvo de las garras de la guadaña afilada por no tener un antiséptico en una caja de gasas, y la tortura que supone apaciguar el sufrimiento con una inyección de ibuprofeno teñida de impotencia.

Con suerte nos vamos a casa en un par de días.  Arya, nuestra perrilla, se volverá loca de contento y no nos dejará en paz hasta que entienda que fue algo pasajero.  Recuperaremos los madrugones para ir al colegio y la oficina, los deberes, el fútbol y el sofá de no hacer nada. Seguiremos siendo un equipo de testarudas contra cualquier tipo de enfermedad que nos aparte de la alegría de vivir con lo que tenemos, saboreamos y disfrutamos con una pizca de sal escondida entre las manos.

Un par de días.