LA VIDENTE

Siempre me ha fascinado la gente que muestra la cara del doctor Jeckyl en algunos aspectos de su vida y la de Mr. Hyde en otros, bien sea en el ámbito personal, laboral o familiar. He conocido y conozco varios casos de este tipo de humanoides con máscaras de carnaval acorde al humor con el que bailen y que suele descolocar las células reflexivas de mi entendimiento, de por sí bastante elemental.

No soy adicta a los horóscopos ni puedo asegurar que los planetas influyan en las personalidades de los nacidos en este o aquel mes pero tengo que reconocer que algunos conocidos míos son clavaditos a lo que describen los gurús zodiacales en sus páginas de llámame al 806 que la factura te va a hacer acordarte de mis muertos en lo que te queda de vida.

A lo largo de mis tantantos años he convivido con todo tipo de cangrejos, balanzas, cabras, leones, carneros, toros o escorpiones tratando de no etiquetar al contrario con la rueda de los astros hasta que una actitud concreta me lleva a emparejar su carácter con lo que describen los versados en las posiciones planetarias.  No está bien estereotipar a los congéneres con pancartas de cuernos, ferocidad, tenazas o peces en acuarios, pero cuando se me hincha la vena de la curiosidad y el petardeo de juzgar lo que no debo, arranco con el análisis de personalidades adyacentes para colocarlos mirando al sol con el saco de peculiaridades que define su signo.

No voy a delatarme ni especificar a qué animal u objeto pertenece mi fecha de nacimiento pero puedo identificar señales de uno u otro código en función de cómo me levante. Por ejemplo, hay mañanas en las que me despierto con el plumero en la hipófisis de Virgo y tal cual amanezco, agarro el amoniaco y me pongo a limpiar hasta los pompones de lana en el gorro de mi hija; si por el contrario, es Escorpio quien invade la corteza craneal, a poco que me cruce con un conductor que tenga a bien realizar una pirula en el coche, lo frío a palabrotas ilustradas y, si es un pez el que se cuela por la faringe, cedo al impulso de sentarme en una colchoneta zen y me pongo a meditar sobre el sexo de los protozoos con el intelecto errante entre las nubes.

Allá por los años noventa acudí al gabinete de una vidente presionada por un amigo que creía a pies juntillas en sus vaticinios. Acierta todo, ¿oyes? Pero todo…todo…todo…y yo, que desciendo de un aquelarre de meigas y que soy muy fácil de convencer, pedí cita para cerciorarme si aquél todo incluiría un porrón de dinero en la cuenta de mi banco enrojecido. No recuerdo si se llamaba Patro o Petra pero sí que su nombre empezaba por P y que vivía en un piso de lujo rodeada de gatos negros, iconos y láminas de santos adornando las paredes.

P me recibió con  zapatillas de felpa y bata de guatiné en clara contradicción con el perfume a orquídea que flotaba en el portal.  Me guió hasta una mesa redonda y me invitó a sentarme con las manos extendidas sobre un tapete de terciopelo impecablemente burdeos.  Acto seguido me preguntó a qué signo zodiacal pertenecía y si tenía novio, familia o trabajo con el que estuviera satisfecha.  Luego abrió un cofrecillo de madera y extrajo una baraja del Tarot que me entregó para que mezclara sus cartas concentrando mi atención en las dudas que tuviera en mente.  Arrea - pensé – esto es como cuando iba a confesarme y tenía que inventarme los pecados para no defraudar al cura

  • ¡Hombre! – dije después de unos segundos – dudas..dudas.. no tengo, pero puestos a pedir, me gustaría saber si voy a aprobar el examen de carnet de conducir que tengo el viernes próximo.  

P me escrutó con la mirada fija en el lunar del escote y fue directa al grano.

  • Mira Almudena, vamos a intentar llevarnos bien.  Cobro 10.000 pesetas por consulta y tu no tienes pinta de creer en que esto sea una ciencia exacta de manera que lo mejor que puedes hacer es levantarte y regresar aquí cuando de verdad quieras conocer tu futuro. 

Agaché la cabeza y tragué saliva como un niño al que han pillado en un renuncio. Abandoné la silla, la mesa y el mantel de terciopelo con recelos ante una maldición que volteara mi vida en negro. Enganché la mochila en la espalda y le ofrecí la mano para despedirme con la calidez de una sonrisa como parapeto a la posibilidad de sus efluvios sombríos.

Me dirigí a la puerta y, cuando iba a salir, P me sujetó del brazo y dijo: 

  • Vas a aprobar el examen.

Atinó.

Pero a la segunda...