EL LATIDO DE LAS PALABRAS

 

Hace unos días, paseando a Arya por mi barrio, encontré unas cajas de cartón repletas de libros nuevos al lado de un contenedor de papel en uno de los puntos limpios que el Ayuntamiento instala para ser invadidos por trastos de acero y cartón.  Al ver las cubiertas tan nuevas me pregunté qué tipo de persona era capaz de tirar los tomos en lugar de entregarlos en cualquier biblioteca municipal de la zona, residencia o escuelas donde seguro serían recibidos con las puertas abiertas. Recordé, entonces, mi primer diario cuando tenía trece años, muchas ganas de escribir y cero de imaginación para fantasear con mis cuitas narradas en cuatro o cinco frases decoradas con dibujos:  Hoy he tenido un examen de matemáticas y me ha salido fatal. Fin. La madre Mª Jesús me tiene manía. Fin. Me ha bajado la regla y he descubierto lo horribles que son las compresas. Fin. He sacado un siete en el examen, creo que Dios me ha ayudado mucho. Fin.  Cada tarde rellenaba una cuartilla con letra redonda que fue empequeñeciéndose a lo largo de los meses hasta que terminó en folios sin adornos, doblados en cuatro partes (por si eran descubiertos) y que encerraban el drama de mi infortunio para conquistar al guaperas de turno, las primeras decepciones y la tristeza magnificada por un puñado de hormonas en la frente de mi insomnio. Idas y venidas por el mercadillo de las relaciones ajenas a la familia y que me alentaban a escribir a todo gas para desahogar mis deseos, alegrías o frustraciones acorde al zigzag de un temperamento volátil y, en muchas ocasiones, traidor.

Escribir se convirtió en una terapia a la que recurría a poco que encontrara una cuartilla en el cajón de mi mesa. Los dramas y las alegrías se apretujaban en una carpeta con candado que acabó en la papelera cuando juntar los bordes era poco más o menos que imposible, doblaba los folios como pajaritas de picos arrugados y los introducía a presión hasta que, unos meses después, recuperaba, releía y destruía con la vergüenza apretando las mandíbulas.  Eran años de exaltación, arrebatos y anhelos que pocas veces se cumplían porque no tenía paciencia ni constancia para perseguirlos a menos que fueran con un par de oraciones en la Misa dominical.  El bolígrafo fue mi aliado hasta que apareció el ordenador con el borra borra borra que pulsaba con frenesí cada vez que aparecía el pudor en la pantalla, el temor a ser fisgoneada por los diseñadores del Word o la pereza de continuar con una anécdota que, a la larga, resultaba insulsa.

Detrás de cada portada de un libro hay un ser humano que ensambla pedazos de vidas, quizá la propia, en las estrofas que su corazón dicta con ayuda de la creatividad fría, impulsiva o serena de una mente que vomita sus pensamientos en la blancura de una pantalla cuadrada. El lector es el buzo que decide si merece o no la pena sumergirse hasta el punto final de la historia porque ésta le conmueve, excita o distrae de las preocupaciones diarias; es la presa que el escritor pretende cazar, el sujeto a quien atraer con el anzuelo de palabras que combinan sentimientos y emociones en el papel de las hojas numeradas, y es la figura misteriosa con la que el contador de sueños establece un vínculo indefinido, real y estimulante en el pozo de sus deseos.

Miré los libros amontonados en el suelo y pensé en cada una de las personas que aparecía detrás del título en la cubierta.  Los imaginé sentados frente al ordenador con el ceño fruncido, un vaso de agua (o vino) y una pila de documentos a los que recurrir cuando la memoria se pierde en el amasijo de interrogantes con respuesta.  Percibí el pulso de sus muñecas, el laberinto de ideas, su implicación con los personajes, la tensión de sus yemas y el borra, borra, borra que yo empleaba y que todavía utilizo para rescribir mis sentimientos con un medio punto de satisfacción en el resultado de mi escrito.

Es fácil juzgar y criticar, lo hacemos todos, cuando nos quedamos en la superficie de lo que aparece ante nuestros ojos, y cierto que hay libros que son olvidables y otros que permanecen anclados en la memoria con el remusguillo de la emoción cada vez que recordamos su relato, pero que no se nos olvide que oculto en cada tomo, entre puntos, comas y verbos, hay un juglar que narra los cuentos de su inspiración con el intento, no siempre triunfante, de atrapar la sensibilidad del lector con el latido inquieto de sus palabras.