ATRAPADA EN EL ASCENSOR

Andrée es una mujer menuda, redondita, abuela de tres nietos, francesa y madre de mi amiga Nathalie, afincada en Madrid desde hace muchos años.  La mammie ha venido de visita antes de regresar juntos a Bretaña para pasar las fiestas en la casa familiar del país galo.  Mujer vivaracha y comunicativa, a pesar de no hablar más que dos o tres palabras de español, ha llegado a media tarde al aeropuerto donde la recibe la heredera de su buen humor, optimismo y capacidad infinita para relativizar cualquier problema por grande y pesado que sea.

Las señoras toman un taxi y se desplazan hasta el domicilio donde las espera el nieto trasteando con la máquina de juegos que lo tiene abducido al igual que al resto de sus congéneres.  Nat vive en el octavo piso de un edificio que empieza a dar señales de sufrir artrosis en fachada, tabiques y ascensor de cabina estrecha y puertas de tijera metálica que chirrían cuando Madame de Cal accede al interior con su equipaje de mano (las dos no caben), pulsa el botón y desaparece hueco arriba mientras su hija aguarda en el rellano con la maleta de 23 kilos que Andrée rellena con la lista de por si acaso habitual en viajes de cinco días.

Nathalie calcula los minutos de subida al ático y pulsa el botón de llamada.  No hay ruido.  Asoma la cabeza entre las rejas y, a falta de gafas, no acierta a distinguir el artefacto.  Pulsa de nuevo el botón y espera con el tufillo a algo no va bien penetrando en las aletas de la nariz. Toma el móvil y llama a su hijo:

-        ¿Mammie est déjà arrivée? (ha llegado ya la abuela?)

-        Non – responde escueto

Nathalie frunce el ceño y le pide que se asome al descansillo por si maman se ha quedado atascada.  El chaval obedece, abre la puerta, sale al rellano y escucha la voz de su abuela

-        ¡Hola! ¡Hola! ¡Hola! – ¡au secours!!

El chico llama a su madre

-        La abuela se ha quedado atrapada en el ascensor entre el séptimo y el octavo piso, hay que llamar a los bomberos.

Mi amiga le pide que baje y le ayude a subir el maletón de porsis mientras ella inicia el ascenso por los ciento doce escalones (contaditos) que le separan de su madre, a la vez que se jura, seriamente, iniciar la dieta de la alcachofa tan pronto finalicen las fiestas. Diez peldaños, descanso, 8 peldaños descanso, 6 peldaños, descanso… lo jura, de veras que esta vez empieza la dieta. Alcanza el tramo de entreplantas, se sienta, toma aire y llama al servicio técnico para que envíen operario urgente que libere a su madre del encierro. Es sábado por la tarde, hace frío y los ciudadanos se han puesto de acuerdo para cruzar la ciudad atascando las calles con sus coches apelotonados en las calzadas. Pepe, el técnico, telefonea a Nat:  ¡Estoy parado y esto no avanza! Calcule que en quince minutos llego, dígale a su madre que no se ponga nerviosa y que respire tranquila

-        Maman, Ça va?

-        Oui! Je respire! Je respire!

-        ¡Señora! ¡Que sigo metido en el atasco! Dígale a su madre que no se ponga nerviosa, que ya llego

-        Ça va?

-        Oui! Je respire! Je respire!

-        ¡Señora! Que parece que esto avanza. Dígale a su madre que no se ponga nerviosa y que respire tranquila

-        Ça va?

-        Mais oui! Je respire! Je respire!

Dos horas y el Pepe que sube la escalera jadeando.

-        ¡Señoraaaaaaa! - ¿Está usted bieeeennn?

-        Oui, oui, oui! Oh là là! Puuuufff!

Pepe saca los alicates, fuerza la reja, empuja, abre y contempla la dama francesa sentada tranquilamente sobre su maletín de mano. Gira hacia Nathalie y le apunta:

-        Tenemos que sacarla de ahí entre usted y yo.

Mi amiga se asoma y agradece que tenga medio cuerpo en el octavo piso y el otro medio en el séptimo.  Le pide a su madre que le pase el maletín y luego que eleve los brazos. Pepe agarra uno, Nat el otro y catapultan a Andrée hacia el rellano. Segundo intento, aúpan a madame y queda con el torso en el suelo y las piernas colgando en la cabina. Tercer intento y Andrée reposa boca abajo sobre las baldosas.  Cuarto intento y madame se pone de pie atusándose el flequillo con un gesto de alivio.

-        Voilà! Ça y est! – y sonríe – Merci, monsieur, c’est fini!

El operario resopla:

-        Llámeme Pepe