OLBIA (CERDEÑA)

Anoche, después de cenar, las mujeres del grupo nos asomamos a la barandilla de la cubierta contemplando un mar cuyo horizonte se desdibujaba en la negritud de un cielo sin luna. No nos pusimos de acuerdo para unir el pensamiento en los hombres, mujeres y niños que navegan desesperados por alcanzar la tierra de la esperanza.  Tampoco hizo falta hacer un esfuerzo imaginativo para sentir su aliento entrecortado, el frío y la zozobra en los brazos que tratan de proteger a un bebé al amparo de un pecho desnutrido. Sentí un escalofrío recorrer la espalda cubierta por la tela de mi privilegio, el que me permite vislumbrar las olas desde los barrotes de una cuna de sábanas blancas que no saben del hambre, la sed o la muerte temprana.

Duermo mal y me despierto con el murmullo del remordimiento golpeando las sienes.  La Tabo júnior y yo hemos resuelto pedir el desayuno en el camerino porque nos da pereza someternos al estrés del horario buffet.  Mi sucesora está tan excitada que no tiene mejor idea que apuntar las ocho en el tramo horario disponible, de modo que, con puntualidad británica, el camarero llama a la puerta con los nudillos una, dos, tres, cuatro… y, cuando el chico empieza ya a aporrear con ganas, mi hija salta del colchón y exclama: ¡Mami! ¡Que viene!

Hace calor y ninguna de las dos tenemos un pijama o camisón que emule a las famosas vestidas de seda, raso o algodón para recibir al garçon, somos más prosaicas y, en consecuencia, demoramos unos cuantos minutos más en encontrar la camiseta que evite el desplome del muchacho cuando en el umbral se encuentre frente a la Venus de Milo con una querubín a su lado. Nos adecentamos lo justo, depositamos la bandeja en la mesa y nos disponemos a engullir el café, zumo y cereales con cierta cautela por eso del revolcón de la víspera.

Hemos renunciado a las excursiones propuestas por el mismo motivo que Savona: tres horas de traslado, una hora, máximo dos, de disfrute.  Soy consciente de que cualquier cala de Cerdeña merece algo más que una maratón de arena y baño con las prisas de un reloj que no admite demora, así como el coste económico supera con creces la fugacidad de un paisaje, posiblemente maravilloso, que disfrutar sin tiempo suficiente para descansar la mirada en la transparencia del agua. Nos decidimos por bajar a puerto y recorrer las calles de Olbia en pasitos cortos buscando la sombra hasta en las tulipas de los faroles.  Huimos de los turistas y multitudes, pero no de las tiendas de souvenirs para comprar el imán que colocaremos en la nevera como parte de un caminito con nombres que nos recordarán nuestra condición de trashumantes.

Hemos quedado con las chicas y sus percebes en la piscina.  Hoy toca lo que parece aerobic y las tres nos enfrascamos en imitar los movimientos de los animators acompañadas de un abuelete que se pega a mí con auténtica devoción por llegar al final sin sufrir un desmayo. Nos encanta y nos divierte su vitalidad, así como la de otra mujer entrada en años que no se acobarda si tiene que saltar con los brazos en alto.  La magia no reside en la música, pero sí en las manos enlazadas con entusiasmo, en la complicidad de los rostros que ignoran el idioma para compartir sonrisas, en la brisa que acaricia el color que salpica la terraza.

EL espectáculo termina con la canción de Mamma mia:  Dancing queen y, con la lucidez que caracteriza a Rocío, la fundadora del grupo, acordamos bautizarnos con el nombre de las coristas del film: Las Dynamo.  Cada uno de los caracteres está perfectamente definido e identificado en cada una de nosotras con la diferencia de que cantar, lo que se dice cantar, yo me basto y me sobro para construir un gallinero con la voz de mi garganta.  No le damos importancia a tan insignificante detalle, al fin y al cabo, no pertenecemos a la cuadrilla de animators del buque, nos basta descubrir que juntas formamos un equipo al que nuestros hijos se acoplan cada tarde cuando nos ponemos a bailar en la puerta del restaurante a pesar de la listilla de turno que pregunta con ironía:  ¿es que no sabéis dar más que un paso..? y a la que ignoramos con los codos alineados con los pies y la barbilla desafiando al techo.

Mañana Mahón, el ecuador de una travesía que nos ha desconectado del planeta gris que sustenta la rutina del invierno.Hasta pronto Italia. Bienvenida Menorca.