Tengo contratado un seguro del hogar con Manitas para desperfectos que se alejen de mi habilidad para mantener mi hogar en perfecto estado de salud.  En bricolaje voy aprobando con notable, fontanería con un cinco raspado (gracias a la química de los botes de lejía, amoniaco y desatascador que venden en los supermercados), pero en cuestiones de estudio de chispas y corrientes, como que padezco una incompatibilidad de caracteres difícil de solucionar a menos que invite a un operario como mediador de ambos.

En mi dulce hogar coexisten un enchufe e interruptor en estado catatónico además de una lista de deseos que incluye añadir un punto de luz en el techo y otro similar en la pared.  Llamo a la Cía aseguradora y me confirman que la póliza asume el trabajo por tres horas pero que tengo que encargarme de adquirir el material oportuno para la reparación.  Muestro mi sincero interés en saber exactamente qué necesito y la señorita Marta, quien repite tres veces señora Tobada hasta que le obligo a deletrear mi apellido con precisión, me responde que no sabe, que acuda a una ferretería y me la juegue a la ruleta rusa de cables y tornillos. Hago caso y me dirijo a la ferre de mi barrio en la que trabaja mi chapuzas favorito que, para mi mala suerte, está librando.  Me atiende un compañero, con cara de dispensador de tuercas, a quien le comento el objetivo de la iluminación en el dormitorio con la visita del operario en ciernes. Corta 10 metros de cable, otros tantos de canaleta, dos enchufes, un interruptor y 45 euros de factura.  Salgo de vuelta a casa con la extraña sensación de que acabo de hacer el primo pero me repito para mis adentros: Taboada, positiva, Taboada, positiva.

El manitas aparece dos días más tarde mientras yo me endilgo un plato de arroz a modo pavo.  Entra con su caja de herramientas, años 60, apunto con el dedo los objetivos, llama para confirmar que la póliza lo cubre, abre la bolsa, contempla el cable y dice: No sirve, no tiene toma a tierra.  Pasamos al segundo envoltorio: el enchufe. Toma el repuesto y repite: No sirve. Agarra el interruptor y triplica la sentencia: no sirve.  Pregunta por el cuadro eléctrico, baja el conmutador, toma los alambres de la pared, los gira a derecha e izquierda e insiste: no sirve. Me entrega la vieja placa y coloca el inservible colgado cual muñeco del ahorcado sobre la pared y al albur de un cortocircuito que alimente el fuego de una barbacoa casera. Camina hacia el cuadro de luces (las que compartimos respecto a la noble ciencia de la electricidad), eleva la tecla y finiquita la cuestión: no sirven.

Le informo que tengo 3 horas al año, que no pretendo consumirlas en el examen de mis objetos improductivos y, como es muy servicial, cierra el parte, especifica datos en el canje de empalmes, cordones de acero y conmutador para la próxima visita a concertar con la Cía de seguros. Nos despedimos, recojo el plato de cereal, friego, miro la hora, tomo la mochila, el abrigo y acudo a la ferretería con los apuntes del técnico en un post-it guardado en el bolsillo.

Antonio, mi Mc Gyver personal, ha vuelto de sus vacaciones y escucha la queja de mi infortunio.  Abre la bolsa, saca los enchufes y dice: Estos sirven perfectamente. Saca el interruptor: este también. El cable: Este no. ¿Estás segura que fue un electricista? ¿No sería un fontanero?Antonio, que no, que venía con caja de herramientas vintage. – no sé, no sé. Llama mañana y que venga otro que sepa.

Es mañana, me levanto para cumplir con mi labor, voy al termostato de la calefacción y subo un par de grados.  Algo no va. Salgo a la terraza y el piloto está apagado.  Pulso el botón de  1 / 0 y que si quieres arroz Catalina que no me enciendo. Camino hacia el cuadro eléctrico. Bajo el conmutador, cuento hasta 10, lo subo.  Se enciende la lámpara pero la caldera sigue off con un par de pingüinos acechando por encima de la barandilla. Resoplo con el cerebro a todo trapo para buscar solución urgente.  Abro la mampara y me introduzco en la ducha. Abro el grifo y espero, espero, espero… ¡idiota, no caldera, no agua caliente!. Cierro el grifo y ¡Boum! me acabo de quedar a oscuras.  Palpo la mampara, abro, salgo, patino con la alfombra y me propulso hacia la pared con las manos en abanico.  Recupero la vertical, tanteo la puerta, los umbrales, el mostrador, la mesa auxiliar, la pared y llego al cuadro de luces. Abro la portezuela y palpo los botones. Empujo hacia arriba uno, dos, tres y cuatro. Hay luz y zumbido de la caldera en on.  Saldría a la terraza para comprobar pero en mi estado de Eva madurita podría provocar un infarto a mi vecina la chismosa de la fachada de enfrente. Paso. Me visto, saco a Arya y me voy a la ofi.

Un par de horas después llamo al seguro y me comunican que he consumido la única cita contratada con el manitas, que ha sido interesante mientras duró pero que fin de relationship a menos que quiera interponer justa reclamación a la empresa de técnicos especializados en iluminación fracasada.  La señorita que me atiende es muy empática y comparte mi desazón cuando, además, le narro el vuelo sobre la superficie del tapiz sanitario que voy a tirar en cuanto llegue a casa. Genera queja, anoto número y nos despedimos con un buen fin de semana amable y cortés.

He hablado con Murphy para que se quede calladito ahora que tenemos cuatro días de fiesta, no vaya a ser que me envíe un telegrama con una de sus leyes redactada en el papel: Estamos en invierno. STOP. Hace mucho frío: STOP. Toca fin de semana extenso. STOP. Avería en la caldera. STOP. No operarios a la vista. STOP. 

¿Qué te juegas a que lo cumple? ¿Qué te juegas?

    Nota de la autora: El puñetero vidente americano lo cumplió. Dos días sin calefacción ni agua caliente, el operario reparador comunica que el origen de la avería fue la caída de plomos por mala conexión de cables. Van dos correos y quejas para que envíen un e-lec-tri-cis-ta y no un chapuzas que sabe de conectores como yo del ordoliberalismo alemán que, creo, no lo conoce ni Blas.

Y así sigo, con los cables voladores susurrando: ¿tienes hecho el testamento?