LA COSTURERA

 

La Navidad se acerca con bombillas de colores, diademas con cuernos de reno, disfraces de Papá Noel, Reyes Magos, películas con finales azucarados, villancicos en la escuela, rebajas adelantadas y reuniones familiares como punto de mira en chascarrillos entre amigos con apuestas seguras de discusión, enfrentamientos y portazos de despedida sin beso para celebrar el nuevo año.

Pertenezco al grupo de los que se querrían dormir el 23 de diciembre y despertar el 7 de enero para desconectar de obligaciones, multitudes  y compras en espiral por la pared del consumismo.  Me irrita visitar tiendas de ropa con precios-ganga porque percha que veo, percha que transformo en la imagen de miles de mujeres explotadas en talleres de costura cuyos dueños aparecen en los primeros puestos de la lista Forbes como los más adinerados del planeta. La alternativa no es mucho mejor porque sea cual sea el nombre impreso en la etiqueta del cuello, detrás de cada prenda hay una tiranía en la que todos, y digo todos, participamos en mayor o menor medida.

Mis padres tenían una costurera que venía a casa para confeccionar la vestimenta de toda la familia.  Se llamaba doña María, rondaba los 60 años, menuda, pelo blanco, con un carácter endemoniado y una aguja prodigiosa entre las manos.  Se sentaba frente a la máquina de coser con las gafas apoyadas en la punta de la nariz, un flexo iluminando el huso y las telas dobladas con pulcritud sobre la silla que ella iba extendiendo a medida que las necesitaba cuando ya había hilvanado la prenda anterior.  Teníamos vetado acercarnos a hostigarla con juegos o preguntas pero la misma prohibición nos alentaba a planear todo tipo de tretas que azuzaran su mal genio con bichos secuestrados en el parque, el estallido de un petardo o aviones de papel lanzados con torpeza y que nunca alcanzaban el objetivo final: su coronilla.

La radio era nuestra aliada pues no se perdía un solo programa de los consejos de Elena Francis o capítulos de novelas de amor trágico con las que dejaba escapar algún que otro suspiro.  Agazapados al otro lado de la puerta, esperábamos impacientes la sintonía de una u otra emisión para correr a reunirnos en asamblea con el propósito de elaborar un plan de ataque en el que los pequeños nos jugábamos el tipo a cambio de un chicle y una galleta con cinta a modo de medalla de honor. 

El fracaso de la misión llevaba invariablemente a la bronca de doña María sobre las cabezas de los incautos menudos que por ende recibían la réplica en el enojo paterno aunque con el consuelo de escuchar cómo éste extendía la red de los castigos a los estrategas con el Yo no he sido rebotando en la garganta y el dedo acusador apoyado en la espalda de los bajitos sin golosina ni medalla con galleta.

Mi madre compraba revistas con patrones y telas al peso con las que doña María componía la ropa con un toque de su propia cosecha y que mi madre terminaba por deshacer a escondidas de la costurera para no ofender su orgullo de encajes, lazos o puntillas como rizos de nata sobre estampados de algodón que yo heredaba por ser la menor de las chicas.  Los dobladillos eran extensibles a lo largo de los años de manera que, a no ser que las caderas modificaran su estructura, el armario mantenía intacto su contenido de invierno a invierno, primavera a primavera.  No hacía falta liberar espacio con la nueva temporada ni tampoco regalar el capricho barato que no habíamos estrenado, pero tampoco acumulábamos juguetes, pelotas o muñecas de un Todo a Cien inexistente entre las tiendas del barrio.  Teníamos fechas clave para alcanzar los tesoros de ruedas, mofletes rosados o botas de fútbol: La Primera Comunión y los Reyes Magos en quienes creíamos hasta bien mayores y a los que tratábamos de engañar con una retahíla de mentiras sobre lo bien que nos habíamos portado y lo mucho que merecíamos el bebé sin ruido, mocos o pises sobre el suelo de nuestros deseos.

Doña María jubiló su espalda encorvada y en su lugar apareció Paquita con unos cuantos años menos, experiencia acreditada y temperamento para decidir el estilismo de unos y otros sin que nadie se atreviera a refutarlo. La adoptamos por un período de tiempo que duró más de tres décadas a pesar de la huída de los casados y la entrada en la ciudad de cadenas multinacionales de atuendos con baja calidad y precios irrisorios.  Suprimimos el doña y la distancia del usted para incluirla como un elemento más de la familia hasta que nos enteramos que se había unido a mi madre en su viaje por el desvarío de la memoria truncada.   

No me entusiasman las fiestas pero mantendré la tradición del  Belén y colocación del árbol en la esquina del salón.  Le daré unos cuantos coscorrones a la imaginación para encontrar regalos inusitados, lloraré con las películas de milagros navideños, encenderé las bombillas de la risa con el vino de la cena y brindaré por la vida que me queda por tejer con la máquina imprescindible de una buena costurera.