LA VIEJA TUNA.

Un conocido me comentó del concierto celebrado por una orquesta formada por antiguos alumnos de la Universidad Complutense de Madrid en una de las parroquias del barrio. Me dijo que él había asistido el año pasado y que merecía la pena oírlo porque los músicos procedían de la Tuna universitaria, el repertorio era muy popular y los intérpretes muy buenos profesionales.

Mi madre y su amante, Alois, estaban pasando el fin de semana conmigo de manera que decidí hacer caso a mi amigo y acercarme con ella a la iglesia, en parte por curiosidad y, en parte, como incentivo de una rutina establecida sobre programas de televisión, algún que otro paseo para la compra del pan y, con suerte, un café a media tarde con las amigas de su mocedad.

Poco después de acomodarnos en un banco, aparecieron voluntarios cargando sillas para formar un semicírculo al pie del altar seguidos de los músicos portando bandurrias, laúdes, instrumentos de percusión y contrabajos.  Todos ellos trajeados impecablemente de negro, camisa blanca y banda de fieltro sobre los hombros con el escudo de la Universidad bordado en oro sobre la tela granate.  La media de edad rondaba los setenta años, algunos auténticos ancianos, otros recién llegados a la jubilación y, por último, dos o tres con una década menos en los rostros enmarcados por el pelo cano.

Observé cómo cada uno de ellos se situaba estratégicamente con el objetivo de presentar a los más jovenes concertistas en la línea del frente y los octogenarios al fondo o en las esquinas del espacio que ocupaban para pasar desapercibidos en caso de pulsar la cuerda equivocada durante la ejecución de la partitura.  

Decir que resultaba conmovedor ser testigo de su entusiasmo, devoción y afán por la música es quedarse corto, hablar de su profesionalidad y especial dedicación es juzgar, desde mi ignorancia, la maestría con la que nos deleitaron la noche a las familias de espectadores que aplaudíamos con gratitud y alegría cada fin de pieza como si fuera la mismísima Orquesta Filarmónica de Londres.  No había protocolo, ni vestidos largos, abrigos de visón, esmóquines o carteras de Luis Vuitton, tampoco brillantina, sesión de peluquería o maquillajes de marca ilustre; los hijos, nietos y espontáneos como mi madre y yo, que habíamos acudido casi por casualidad al evento, nos sentimos cautivados con cada nota de un pentagrama dibujado sobre cuadernillos viejos y amarillos abiertos sobre el atril de su experiencia.

Traté de desfigurarlos para viajar en el tiempo hasta los años de juventud con sus capas al viento y las cintas de colores sumando las conquistas femeninas. Cantores de serenatas a media noche, galanes de pandereta y vino en plazas y portales, estudiantes aplicados de don Juan con el engaño de promesas en la orla del amor eterno, soñadores de un futuro alcanzado paso a paso de su historia con la madera bruñida de los viejos instrumentos.

Miré a mi alrededor buscando a doña Inés entre los rostros de las ancianas, en la madurez de sus vástagos y en la ingenuidad de la última generación concentrada en el temblor de la batuta.  Coreé boleros, arias de zarzuela y villancicos con burbujas de melancolía en el recuerdo de antiguas canciones entonadas a pleno pulmón en el autobús de la escuela con el lunar de Cielito lindo tatuado en el romanticismo de la pubertad.

En la presentación de la orquesta, el más anciano de los tunos comentó que el concierto se ofrecía como homenaje a uno de sus compañeros fallecido no hacía mucho tiempo y cuyo lugar conservaban con la colocación de una silla vacía y medio oculta por el resto de los músicos. Me pregunté, entonces, si las ausencias serían restituidas con la incorporación de estudiantes ataviados con las cintas de un porvenir escrito sobre las cuerdas tensadas de una nueva guitarra, pero borré el pensamiento con el último compás impulsando la puesta en pie de un público rendido al encanto del espíritu que mantiene su vivacidad con ayuda de pastillas para el colesterol, glucosa e inyecciones de corcheas en las sienes plateadas.

Bravo – grité enaltecida – Bravo

Sin pudor. Se lo habían merecido