TIROLINA CON TACONES

Sábado de Primera Comunión en un pueblo de la Comunidad de Madrid.  Primer punto a tener en cuenta:  mi hija y yo llegamos una hora y media tarde a la Iglesia por equívoco en la cita.  La madre de la criatura, la bondad en un cuerpo de 40 kg, se ríe y me cita en su casa para guiarnos hacia el restaurante en el pico de las montañas.  Hace frío y llueve pero a mí nadie me ha quitado la idea de colocarme vestido largo con tirantes y sandalias de tacón plataforma veinte centímetros que aviva el vértigo de mis otolitos.

Comida familiar entre bromas, apuestas y camisetas del Real Madrid y Atlético en proporción de 70% a favor de los blancos y 30 % animando los chicos de rayas Wally entre los que me encuentro para equilibrar la balanza de copas orejonas en las vitrinas de uno u otro club.  Tarta, regalo y muda de ropa que los previsores han guardado en el coche y con la que se disponen a realizar circuito de aventura entre puentes, torres y cables con arnés.

Acompaño a los Indiana Jones a la cabaña de equipamiento y, una vez allí, percibo la envida corroer el gaznate con las uñas de la desolación.  Uno de los monitores, Jota, repara en la penuria en mis pupilas y me ofrece la posibilidad de colocarme el engranaje de correas con ganchos a pesar de la incomodidad de mi estilismo.  Brillo entre la multitud y acepto encantada la proposición de participar como una Indi punto más extravagante.

-          Ven – alienta Jota con el cinturón en la mano – Abre las piernas, empuja la falda hacia atrás y yo te la agarro por aquí para formar un pantalón corto que sujetaré con el cuero. 

Me espatarro y lanzo la tela hacia atrás que él engancha como si fuera un pañal con cierres traseros.  Introduzco mis extremidades en los agujeros del arnés, Jota lo eleva hasta la cintura y ciñe las cinchas con hebillas apretadas sobre la cadera.  Miro hacia abajo y suspiro agradecida: no hay pelos, sólo cordilleras de adipocitos repartidas a su libre albedrío y las sandalias de tacón plataformario. Me enderezo y Jota cubre mi cabeza con un casco blanco invitándome a reunirme con el resto de los exploradores que aguardan en el exterior para iniciar el recorrido.

No hay espejo en la pared pero no lo necesito para darme cuenta de mi apariencia en las risotadas que explotan sin disimulo por la fila de los Jones.  La tela de mi vestido cae como corolas de flores a ambos lados de los aductores, la cinta de cuero cruza de adelante atrás con el embrollo del tisú algodonado engordando la cintura, los adipocitos al aire y los talones elevados sobre el talud de madera. Hay un fotógrafo del club a quien fulmino con la mirada por si se le ocurre disparar el objetivo y me coloco en mi puesto convencida de superar la prueba a pesar de las contingencias de un esguince, desperfectos en la vestimenta o muestreo gratuito de pompa al conjunto de exploradores.

Llega mi turno y empiezo a subir la escala con el vaivén de las plataformas sobre lo peldaños circulares.  El vino de la comida se ha trasladado a los talones y la embriaguez se palpa en ese ir y venir que me inquieta.

-          ¡Vamos bebé del casco blanco! – escucho gritar a Jota desde el cabo final de la soga - ¡Tu puedes!

Mi hija observa mis movimientos desde lo alto y con esa displicencia que caracteriza su edad, murmura bien bajo:  mami, yo no te conozco.

Ignoro su comentario y continúo escalando con el pañal de mi vestido hasta alcanzar la tribuna de los avanzadillas que no han parado de reír desde que salí por la puerta. Engancho los garfios a los hilos de acero y espero pacientemente a que me toque lanzarme con la tirolina a los brazos de Jota que tanto ha confiado en mi destreza.

Salta el último de los Indis y me preparo para el lanzamiento; agarro las cuerdas y me impulso hacia el vacío cual hormiga atómica del siglo XXI en la sierra de Madrid.

-          ¡¡¡¡Levanta los pies!!!! ¡Levanta los pies!!!! – escucho el aullido de Jota desde el tarugo de madera hacia el que me dirijo a medio trapo - ¡Levántaloooooossss!

Too late… Embuto las rodillas entre los tablones, retorno unos pasos atrás con mi pañal de flores sobre el acero y vuelvo a la tarima con las plataformas elevadas a la altura del cuello.

Los aventureros aplauden mi hazaña; saludo, sonrío y me voy a la cabaña con la espalda tiesa, las sandalias en la mano y moratones en las rótulas para recordarme que, a partir de mañana, me voy a dar a las flexiones en casa.

Próxima cita: submarinismo en la bañera.

Por salud física porque la mental…