LA ENCRUCIJADA

Querida guerrera,

Habitualmente soy yo quien te llamo para contarte mis pequeños dramas y tú la que respondes con el cariño que nos une desde hace dos décadas de cartas y encuentros en los que siempre lloramos a poco que nos descubramos al cruzar la puerta de cristal del aeropuerto.  Jamás has juzgado ni opinado sobre mi modo de actuar con respecto a mis batallas, todo lo contrario, te has colocado a mi vera para pasarme el pañuelo de tu lealtad con el que secar las lágrimas de mis desalientos.

Eras tan tímida y cauta para desahogar tus propias cuitas que a mí me agobiaba ser la única en recitar un monólogo, a veces demasiado cargante, mientras tú te escorabas en el silencio cómplice de tu empatía.  A veces te preguntaba por ti y tu situación personal, casi casi por cortesía, y tú respondías hablándome de inquietudes que, ni por asomo, esperaba escuchar porque, hasta hace un par de días, jamás me habías llamado para descargar el peso de tus desvelos. 

Te lo he dicho ya, valiente guerrera, oírte decir: ¿tienes tiempo para dedicarme? Estoy asustada fue un bálsamo para la culpabilidad de creerme la pesada que se nutre de tu paciencia a cambio de nada que pudiera equilibrar la balanza.  Apoyé el auricular en el hombro, terminé de hacer la cena, le llevé el plato a mi hija y me senté con los sentidos abiertos a cuanto quisieras contarme.

Se cambiaron los papeles para reconocerme en ti y tú en mí.  Adopté tu postura silente que permite al otro volcar su angustia con ráfagas de aire comprimido en el pecho, identifiqué tus bloqueos ante una carta sellada con ultimátum, reviví la sensación de estar abocada al precipicio y noté la mano apoyada en la espalda que te empuja a tomar una decisión largamente postergada. Supe lo que sentías al regresar al pasado en el que, romper con las paredes de la burbuja en la que andaba inmersa, entrañaba accesos de pánico por la responsabilidad que tendría que contraer y que, por supuesto, se pintaba con los colores más oscuros del pesimismo. Recordé las noches de insomnio y la mala conciencia dando golpes en las sienes como si mi identidad estuviera ligada al sustento moral de mi entorno. Al igual que tú, y que muchas mujeres acopladas a una vida de renuncias, pasaba los días recolectando excusas para eludir el azote del Pepito Grillo con el que convivía y que no paraba de advertirme que estaba caminando por la senda equivocada. En momentos especiales de tensión, me iba a dormir con la convicción de que había llegado el momento de tomar las riendas de mi vida y empezar de cero con mi hija abrazada a mi cadera. Y sí, intenciones las tenía todas pero, una vez regresaba la calma, retomaba mi papel de servidumbre con un nuevo manojo de justificaciones con las que aplacar el miedo a lanzarme al despeñadero con la inseguridad cosida a las alas del parapente.

Ahora te toca a ti elegir qué lado de la encrucijada es el bueno: saltar al vacío o permanecer en la celda de un confort sostenido por los imperdibles de la flaqueza. ¡Qué fácil es erigirse en salvador del mundo y qué difícil liberarse uno mismo de la telaraña que ha mermado el autoestima! Qué simple aconsejar desde la ignorancia en lugar de aplicar la sabiduría que surca las arrugas de la frente; por esa razón te digo y escribo: mi querida guerrera, tomes la decisión que tomes, elijas lo que elijas, estaré a tu lado para celebrar tu triunfo con un vaso de tequila, o para derramar el agua oxigenada con la que tú sanaste las heridas de mis fracasos.

Y recuerda que tenemos un plan de jubilación pendiente; sólo necesitamos un pellizco de suerte para acatarlo antes de que sea tarde porque ganas, lo que se dice ganas, tenemos más que de sobra para alcanzar la vejez bajo el sol caliente y protector de la Toscana.