QUERIDO "VEINTE VEINTE"

¡Ay Veinte Veinte que acabas de aterrizar en el calendario y ya andas acelerado por la esfera de mi reloj de pulsera!.  Presiento que no te gustó que eligiera uvas diminutas para no atragantarme con el tolón tolón de la campana, que aglutinara los doce deseos en uno solo con el nombre de mi niña, ni que te saludara al entrar con el resquemor en la tripa por eso de traer un 29 de más en el mes de febrero. No me responsabilices de la superstición con visos de malos rollos que me inoculó mi madre al morir su marido en un bisiesto semejante a ti; sabes, y lo sabes bien, que he tratado de tirarla por la ventana de las creencias inútiles y que, siempre, o casi siempre, tus predecesores me las han devuelto con su maletín de infortunios.

Empiezas con el bolsillo vacío de premios de lotería a pesar de mi empeño por restregar el boleto en la espalda de los santos imposibles (al próximo que le escuche decir que el Universo regala lo que necesitas no lo que deseas, lo crujo), un catarro imponente y un conejillo en el zoo que a mi hija le ha dado por establecer en los cuatro metros cuadrados de su dormitorio repleto de carteles con STOP, no entres que tú me lo tiras todo.  También nos has regalado un nuevo gobierno cogido con alfileres, una Australia incendiada y millones de seres humanos luchando por sobrevivir al hambre, guerras y rugidos de una naturaleza harta de nuestros desmanes. Eres un bebé de pocos días con las maletas cargadas de ocurrencias que el destino irá desgranando en tarjetas de visita con todo lujo de emociones impresas en la portada del sobre. Ni soy masoquista ni forofa de las tristezas por mucho que los sabiondillos de manual insistan en que de ellas se aprende porque, qué quieres que diga Veinte Veinte, si tengo que elegir, yo elijo ser feliz y analfabeta antes que instruirme con pesares como algunos de tus predecesores se han empeñado en que haga con el soniquete repicando en las orejas: lo superarás, Taboada, tú eres fuerte, lo superarás. Y, ¿sabes qué? Los fortachones también nos cansamos de batallar cuando el enemigo es tan poderoso que alzar la bandera blanca de la rendición es un caramelo demasiado atractivo como para despreciarlo, pero somos tan testarudos y orgullosos que, al final, cuando la vida nos vapulea con el palo de una escoba, fintamos el cepillo a pata coja, nos aupamos a los brazos del afecto y seguimos andando con las cicatrices en señal de la victoria.

Hay quien escribe una tira de propósitos en la hoja de un cuaderno de renglones torcidos: deporte (no me mires que no soy de esas), dieta (tampoco), paciencia (ufff, ésta la copio cien veces), expectativas de azúcar (pongamos que varias), viajes (me fundo el librillo con las ciudades del mapa), cajas de kleenex (unas cuantas para sonarme la nariz cuando lloro por las ñoñerías), dominar los miedos (en mayúscula y negrita), bailar claqué (online con las películas de Fred), eliminar trastos viejos (eso se me da fenomenal) y llenar la casa de velas que encender por la salud de Nuria, el arrojo de María, la energía de Ana, la valentía de Claudia y Teté para superar sus miedos, el cariño fiel de “mis chicas” (ellas saben quienes son), la alegría de mi niña y el amor de mi madre allá donde se encuentre perdido en los desvaríos de su mente ausente.

Veinte, veinte, podría seguir enumerando un sinfín de ideas para sugerirte ahora que acabas de llegar a mi mesa con tus hojas en blanco pero te conozco, bandido, y sé que diga lo que diga, vas a darme lo que le apetezca al destino del que tú eres un simple lacayo, de modo que, Veinte veinte, terminaré mi carta proponiéndote un trato: sea lo que sea que aportes, añádele un puñado de carcajadas de optimismo, pellizcos de vitalidad, sacos de manzanilla para digerir las bacterias del dolor, polvos compactos de luz y, ya puestos, unos cuantos sobres de gratitud por los momentos felices que te devolveré firmados con la tinta enrojecida del corazón.

Vamos, redondo bisiesto, nos espera un trayecto incierto agarrados de la mano.

Vamos que ya estás empezando a correr y tengo que darme prisa si no quiero quedarme rezagada para paladear la vida a sorbos de zumo de fruta rociado con las gotas amargas de un licor avinagrado.