ADIÓS AL 19

El cascarrabias 2019 se va de a poquito con su maletín de historias felices, tristes, inquietas, serenas, ilusionantes y decepcionantes en una escala de porcentajes que selecciono cuidadosamente para eliminar a los más feos.  Queda un día para voltear los números de un calendario que inicia su andadura con las páginas en blanco sobre la pared de mi cocina.  Es temprano para estar de vacaciones pero no para Arya que ha pasado la noche jugando al parchís con los dedos de mis pies.  Preparo el café, las tostadas y me siento frente a ella con el reproche arrugando el entrecejo: te voy a crujir, pesada, vaya nochecita que me has dado cuatro patas insomne, hoy te quedas sin salchicha. Agacha la cabeza, se estira sobre la manta y cierra los ojos con absoluta indiferencia.  Sabe que no cuela y que bastará un lametón para conseguir el premio.

Me ducho, tomo una bolsa y salgo hacia el supermercado con las ganas en la suela de las botas.  Es la cuarta vez que voy en tres días y la número cuatro en olvidarme que no tengo leche. La calle bulle de vecinos con perros, churros en la terraza y carritos desbordantes que huelen a Nochevieja.  Me encuentro a Emilio y Patricia, nos abrazamos y deseamos lo mejor para el año, a Natalia, vicepresidenta de la Comunidad, que anda con prisa porque tiene convidados, a Julia, con la que comparto confidencias femeninas y con Juani, que me invita a tomar doble dosis de cafeína para soportar el estrés de una casa repleta de primos malagueños con los que tomar las uvas. Arreglamos el mundo con la camarera como cómplice y el anciano que, por fin, después de tanto tiempo de coincidir con él en la puerta, se digna a saludarme con un gesto y musitar un Feliz Año Nuevo que me sabe a gloria.

Me he hecho propósito firme de adquirir únicamente los tetrabriks de líquido blanco pero, tan pronto accedo a los pasillos, aparecen los esto me falta cayendo sobre la cesta. Voy a la caja, espero mi turno y, cuando ya me toca, observo los cartones de mi predecesora apilados en el carro. Pido disculpas y vuelo hacia la estantería de lácteos con el ronroneo de mi mala cabeza golpeando las sienes.  Regreso a la cinta y me juro por Snoopy que es la última vez que salgo a comprar sin el carro: tres bolsas que pesan un quintal es como para pensárselo en serio.

Mi hija me recibe con cara de sueño, tiene planes para la tarde que incluyen a su amiga Rocío, su madre y a mí.  ¿Por qué no te has llevado el carro, mami?No preguntes, tesoro, no preguntes… Se encoge de hombros y vuelve a su guarida con la taza de chocolate en una mano y la bolsa de cereales en la otra – Desayuno, me ducho y arreglo mi cuarto, te prometo que hoy lo arreglo.

Hemos quedado a las cinco en el andén del Metro que nos lleva a la Puerta del Sol.  Salimos a la plaza y nos recibe Ana Torroja cantando a todo trapo Un Año más por los altavoces que inundan las aceras.  Hombres, mujeres y niños bailan y corean la canción con la expresión alegre de quien se ha colado en una fiesta a la que no ha sido invitado.  Me divierte cruzarme con transeúntes que, como nosotras, caminan recitando la letra sin levantar la vista del suelo: En la puerta del Sol como el año que fue, otra vez el champagne y las uvas y el alquitrán.de alfombra, están. Blancos, negros, morenos o amarillos, jóvenes o viejos, niños o adolescentes que chispean como burbujas a orillas de un árbol multicolor que levanta su copa al cielo preparado para resplandecer con las luces de millones de deseos con el lazo de la ilusión entre las vocales que aúnan sus nombres.

Pasamos delante del violinista japonés que descubrí en mi último paseo y que me permitió retratarlo con una chispa de orgullo en las pestañas, de los manteros sujetando los hilos de las sábanas que alzan al vuelo a poco que el chivato avise que la policía se acerca, y los grupos familiares que empujan la silla de bebés dormidos a pesar del ruido que impregna el aire.  No hay disputas ni malos rollos que enturbien el ambiente y, si me fijo bien, hasta los municipales se ríen con los peatones que se paran a saludarlos para felicitarles el año con una palmadita en la espalda.

Mi hija se acerca y me da beso espontáneo a la vez que se abraza a mí como cuando era un renacuajo pidiendo que la aupara porque estaba cansadita. ¡Qué bonito, mamá, qué bonito!

Y tiene razón, qué bonito es despojarse del morral de las preocupaciones para masticar la vida en porciones de turrón, bizcocho o pastel que el destino derrama con la estela de una estrella fugaz transitando el corazón.

Felices Años 20.

Feliz Año con todo mi cariño y gratitud a mis compañeros de viaje en este planeta de vivencias escritas con el aliento de vuestros pulsos en cada visita a mi hogar.