EL HIJO PRÓDIGO

Querido hijo/a pródigo/a

Sospecho que el autor de la parábola bíblica que te define era un mal tipo escribiendo su propia historia para enmascarar su egocentrismo con un final feliz que lo redima de su pecado. Uno de esos personajes que se pasa la vida logrando caprichos con cucamonas y chantaje emocional a los progenitores que ceden a sus deseos por miedo a enfrentarse a sus rabietas.  Te reconozco tan pronto te pongo el ojo encima por esa condición bipolar de sonrisa artificial bajo las aletas abiertas de una nariz que te delata; disfrazas tu frialdad con simpatía, la dureza de tu corazón con la brillantez de tu discurso y la inseguridad de tu temperamento con frases lapidarias que empiezan con un Yo contundente que no admite oposición.

Temo para mí que en todas las familias tienes un representante fiel a tu condición de sinvergüenza con clase.  Nacéis pesados, muy muy pesados, y enseguida obtenéis la atención de los mayores con tal de no oíros berrear más.  Desarrolláis el noble oficio de la intimidación con llantos y pataletas para, a continuación, y una vez conseguida la chuche, derretir al incauto con lametones de fresa y abrazos apretados acompañados de una batería de te quieros de la que resulta difícil de escapar.  Si tenéis competencia con hermanos mayores o pequeños, empleáis mañas para ejecutar travesuras que adjudicar a la víctima de vuestra envidia: un jarrón roto, una camiseta pintada o un coche al que quitar las ruedas para, después, enseñárselo a papá con lágrimas de caimán: Mira lo que ha hecho Pepito….

Crecéis en arrogancia, soberbia y pedantería que mostrar a los parientes cercanos a la vez que os convertís en triunfadores del ámbito social en el que os lucís como pavos en celo; sois alabados, admirados y homenajeados en los círculos de oficina y fiesta; presumís de empatía cuando la realidad es que es el ego lo único que os preocupa alimentar con la pleitesía de siervos cegados por el resplandor de vuestra astucia.

No perdéis mucho tiempo en sufrir por la pérdida de un amigo que os descubre y abandona con su maleta de decepciones; sois listos y sabéis que vendrá otro a ocupar su puesto con idéntica admiración que su predecesor porque el arrepentimiento, el auténtico arrepentimiento por el dolor causado es una mota de polvo a la que fumigáis con el limpiamuebles de vuestra dudosa conciencia.

El prototipo de vuestra esencia nació en la familia de mi mejor amiga, Malena. Seis hermanos, tres y tres criados, en teoría, con las mismas normas y límites horarios.  Beltrán el tercero de la saga, el más simpático y ocurrente pero también el más chanchullero.  De niña me tenía turulata con esos ojos azules que reparaban en mí con indiferencia porque formaba parte de su clan familiar con el apellido de otros. No había nada que se le resistiera, nada.  Si había cinco gominolas de menta y una de fresa, ésta era para Beltrán para que no se enfadara.  El helado se cortaba en láminas pequeñas a excepción de la tercera para que el chaval no se enfadara.  A las once en casa menos Beltrán, para que no se enfadara…Llegaron novios y novias, bodas y bautizos, a los que asistí en calidad de adoptada, y también llegaron los conflictos en cumpleaños y Navidad. Al principio en casa de los abuelos por ser los de mayor edad pero, tan pronto envejecieron y asumir el trabajo resultaba complicado, los Martínez empezaron a debatir propuestas de hogares para compartir langostinos en la mesa de Nochebuena.  Beltrán tomaba el mando y decidía, a su favor, a pesar de las protestas (muy tibias) de los otros miembros de la tribu a los que los padres pedían silencio: Por favor, cede tú para que Beltrán no se enfade

Permanecí de espectadora hasta que fui mamá y mi atención se dinamizó en varios trozos de una tarta con el nombre de mi hija escrito en la capa de chocolate.  No perdí el contacto pero sí la asiduidad a eventos familiares como había sido habitual cuando no tenía responsabilidades. Falleció el padre, tres años después, la madre y unos cuantos meses más tarde, me encontré con Luis, el hermano mayor, a la vuelta de la compra en el supermercado.  Me dio un abrazo y me invitó a desayunar, si es que no tenía prisa.

Buscamos una terraza y nos sentamos con un par de cafés y tostadas.

-        ¿Qué tal estáis todos? – pregunté – a veces hablo con Carmen y me pone al día en tres segundos.

-        Bien – respondió – estamos bien… adaptándonos a la ausencia, ya sabes

-        Si, imagino que es duro, pero sois una piña, siempre habéis sido una piña.

-        Bueno – respondió enarcando las cejas – hemos perdido una rodaja.

-        No entiendo…

-        Al morir mi madre y abrir el testamento empezaron las discusiones sobre lo que debíamos hacer con la casa.  Cinco estábamos de acuerdo en venderla y repartir el dinero entre los seis pero Beltrán se negó aludiendo al número de hijos que teníamos cada uno.

-        Sigo sin entender

-        Según su teoría, el reparto se tenía que hacer en proporción al tamaño de familia. Él tiene tres niños, los demás entre uno y dos, de modo que le correspondía una cantidad mayor por tener más cargas familiares.

Me reí

-        ¿Está tonto? Si lo entiendo bien, y supongo que tus padres harían bien las cosas, el testamento es para los hijos, no para los nietos

-        Si – así es – pero quería recurrirlo ante el juez por no sé qué claúsula que faltaba añadir y que, según él, le daba la razón para exigir una cantidad mayor.

-        A ver, déjame adivinar, habéis cedido para que no se enfade

-        Te equivocas.  No cedió nadie porque estábamos hartos de la coletilla y del chantaje al que ha sometido a mis padres desde pequeño. ¿Sabías que les dijo que si no le pagaban el convite no les invitaría a la boda?

-        No tenía ni idea pero no me sorprende.

-        ¿Y sabías que cada vez que ellos le negaban algo les amenazaba con impedirles ver a los nietos?

-        ¿Y cumplía?

-        Una vez, durante casi un año, pero fue suficiente para que mis padres agacharan la cabeza, le pidieran perdón y celebraran una fiesta de recibimiento.

-        El hijo pródigo – musito

-        Eso es, el hijo pródigo

-        ¿Y entonces?

-        Esta vez no cedimos. Le dijimos que no íbamos a discutir, la casa se vendía y repartía en seis partes iguales una vez pagado a Hacienda lo correspondiente. 

-        ¿La vendisteis?

-        Si, y cada uno tiene su parte, él también, naturalmente, pero desde entonces no se habla con nadie de la familia.

-        Bueno – trato de conciliar – seguramente se le pasará y volverá con vosotros algún día

Luis suspira

-        Si, supongo que sí, pero no haremos ninguna fiesta, ni mataremos un cordero para celebrarlo.  Simplemente nos reuniremos y lo pasaremos por alto.

-        Buena decisión.

-        Sí, yo también creo que es una buena decisión.