EL SUBCONSCIENTE NOS HABLA EN SUEÑOS

 

Anoche soñé que mi madre, octogenaria y amante de don Alzheimer, tenía un novio de profesión fotógrafo independiente y audaz, con una pinta más que apetecible.  Viajábamos dentro de un autobús camino de un lugar indefinido pero con unas cuantas horas por delante para que ella se acicalara con la bolsa de maquillaje, barra de labios, cepillo de pelo y un manojo de nervios vibrando entre cara, cabeza y maletín de pinturas.  A mí me asustaba contemplar su agitación pero más aún el hecho de que mi futuro padrastro fuera un sinvergüenza sin escrúpulos que se aprovechara de ella para recibir cuidados a cambio de una carantoña y un puñado de palabras bonitas que halagaran su vejez.  Razonaba que listo no debía ser porque mi madre no era la duquesa de Alba ni tenía un capital del que pudiera adueñarse para viajar por el mundo con su hatajo de cámaras, objetivos y tarjetas con los que retratar los paisajes inhóspitos de la Antártida, Polo norte o desiertos africanos pero listo o no, a mí no me quedaba más remedio que aceptarlo como parte de la familia por muchas reticencias que alertaran mi desconfianza. Me despertó el sonido del móvil y me dejó sin conocer el fin de una aventura con el fastidio que supone saber lo inútil que resulta regresar al sueño y tratar de recuperar la imagen de una película tan intrigante para mi futuro como hijastra de un bohemio cameraman.

Hay sueños que se olvidan en centésimas de segundo pero otros quedan registrados con fuego en la memoria, bien porque nos regalaron ternura, bien porque nos oprimieron el corazón. No pertenezco al grupo de humanos que rememora al detalle cada incursión en el mundo onírico del subconsciente pero lo cierto es que no he podido olvidar uno de los sueños más extraños que he tenido cuando era una veinteañera descolocada por no tener una vocación concreta para elegir un oficio. Me encontraba en el interior de una iglesia rodeada de mis hermanos que, al igual que yo,  permanecían sentados en la penumbra del templo donde un penitente caminaba entre pasillos para elegir quién debía morir con la luz de un farolillo siniestro. El hombre escondía su rostro bajo la tela de su capucha pero la oscilación de su mano no cesaba de apuntar a los fieles que, una vez alcanzados por la llama del candil, se levantaban del banco para agregarse a la fila de los moribundos cabizbajos que caminaban detrás del nazareno acatando su orden con resignada obediencia.  Cuando el penitente llegó a la altura de nuestro banco, levantó levemente la cabeza, fijó su mirada en mí y extendió el brazo para iluminar mi pecho tembloroso con la luz de la vela. 

La siguiente imagen que recuerdo es una sala de ataúdes de cristal con cadáveres que apenas distinguía entre las sombras del panteón lúgubre en el que me encontraba.  Yo misma estaba en el interior de uno de sus ataúdes y, un poco más lejos, un chico joven que se movía inquieto como si quisiera dormir y no encontrara la postura adecuada.  Traté de llamar su atención golpeando las paredes del féretro con la idea de que pudiera explicarme cómo y cuándo dejaría de respirar,  en qué consistía la muerte y si el tránsito hacia el más allá resultaría doloroso para mí que tanto me empavorecía recorrer aquél puente.  Estuve observándolo durante un rato hasta que se tranquilizó,  cerró los ojos, colocó los brazos a lo largo del cuerpo y, suavemente, su corazón se detuvo.  Lo imité y, uniendo los párpados con una mezcla de curiosidad y temor que aceleraba el latido, inspiré el aire denso de mi encierro, crucé las manos sobre el vientre y aguardé el momento en que tuviera consciencia de que mi cuerpo había dejado de existir. 

Me desperté con la angustia comprimiendo el tiroides y una laxitud extrema que me impedía tener la fuerza necesaria para empujar la manta hacia atrás y saltar de la cama. No había móvil ni internet de colorines para investigar el significado de una pesadilla que reaparece cada vez que visito un cementerio, pero cuando he coincidido con algún conocido excepcionalmente sensible para intuir o percibir lo intangible, y le he pedido que analice mi sueño, la respuesta es siempre la misma: tu inconsciente profundo te ha jugado una mala pasada abriendo la puerta a las frustraciones desechadas por el consciente activo como método de supervivencia para impedir que tu mente se contamine con períodos de ansiedad y depresión de los que tanto cuesta salir.

Confieso en que, a estas alturas, cuando miro atrás y recuerdo mi curiosidad por saber qué se sentía al lanzar el último suspiro en aquél sarcófago agobiante y cristalino, no puedo evitar pensar que habría estado bien dar un saltito al otro lado, saludar a mis parientes, cotillear el porrón de ánimas aburridas en el charco de los errantes y regresar con la alegría de recuperar mi existencia sabiendo que, ocurra lo que ocurra, no hay nada comparable al placer de vivir con la conciencia despierta.