UNA MAÑANA CUALQUIERA

Son las siete de la mañana cuando entro en el Metro para ir a mi oficina en un arranque de solidaridad con los defensores del medio ambiente.  Me paro frente a las máquinas expendedoras para comprar un bono y contemplo a una pandilla de gente joven con gorros, macutos y botas de montaña hablando en susurros como si el frío de la calle hubiera frenado el aire en sus gargantas; el que parece el jefe del comando sostiene un plano en las manos que muestra a los aventureros señalando la ruta con el dedo enguantado: subiremos por esta ladera porque es más suave y menos peligrosa de cara a la nieve y el hielo que vamos a encontrar.  La vista del valle no es tan magnífica como la de la cara norte de la montaña pero hay que evitar riesgos y este es un camino seguro.

Recojo las monedas del cajetín, el billete y me alejo con la imagen de un grupo semejante, compañeros míos de colegio, con los que fui a la sierra en mitad del invierno, sin anorak ni botas adecuadas para hundirme hasta las rodillas en la capa blanca de un monte cuyo nombre: La mujer muerta a poco me lo apropio cuando exhausta me dejé caer en el hielo sin fuerzas para levantarme y seguir los pasos de mis amigos bastante mejor preparados que yo en mi calidad de palurda con zapatillas de lona. Veo a Luis, el organizador de la manada, con su potente brazo sosteniendo mi espalda y un torrente de improperios que espolearon la energía de mis rodillas maltrechas. Este chavalote, con quien coincido en las reuniones de antiguos alumnos, salvó mi vida y evitó mi aparición en las noticias del telediario: Descubierto el fósil de una adolescente en la sierra madrileña con una carta en el bolsillo de su chaqueta: mamá, me independizo por fin para irme a vivir con los pingüinos. Te quiere: tu hija. Posdata. Le dejo el Monopoly a Manuel que es mi hermano preferido.

Observo el grupo una vez más antes de introducirme en el pasillo y pienso en la brevedad de mi afición por escalar paredes de piedras, plantas con pinchos y senderos Smith tras la incursión fallida en el no puedo respirar, mis patas no responden y el voy a tener que hacer dieta porque el culo pesa demasiado.

El andén está semivacío cuando bajo el último escalón pero los cuatro o cinco madrugadores que hay de pie sobre la acera permanecen a la espera del tren con sus teléfonos móviles a todo trapo de mensajes, juegos o redes sociales que curiosean con el cuello torcido y la expresión impenetrable.  Soy rara, llevo un libro y me dispongo a empezar a leer el primer capítulo de una historia de intriga que de las que tanto me gustan. El convoy entra en la estación y accedo al primer vagón detenido frente de mí a sabiendas que la salida de mi destino estará, con toda seguridad, en la otra punta del muelle cuando tenga que bajarme.  Hay asientos libres y elijo el que está en el lateral porque la estadística me dice que si me siento en el del medio, más tarde o más temprano, tendré un trasero poderoso apretujando el mío contra el del viajero rezongón. Es mi día de suerte: el altavoz comunica que por motivos de avería se van a producir retrasos en el recorrido de los trenes. Lamentamos las molestias. Miro el reloj y calculo la hora de fichaje en una pantalla empresarial que tiene a bien ponerse roja cuando marco un déficit en el horario establecido por los jefes de la Compañía. Voy a tener que meditar cómo argumento mi defensa del medio ambiente y cómo mi solidaridad con el Ayuntamiento ha supuesto la fritura de gárgaras en los números bajitos del fichero pdf seguidos de un comentario lacónico: Taboada, no cumples.

Bajo la vista y me enfrasco con la vida de un testigo protegido, el atraco de un asesino, la víctima indocumentada y el policía que  investiga con ayuda de su perspicaz experiencia.  Soy consciente de que ocupo una silla destinada a embarazadas, discapacitados, niños pequeños o ancianos, por lo que empleo una técnica desarrollada después de años transitando por los túneles con las carpetas de apuntes apretadas contra el pecho. Inclino la cabeza y empiezo a leer con los rabillos de los ojos estudiando los pares de zapatos que pasan por delante de mí para que según sea el tamaño, textura o modelo, pueda deducir si pertenecen al grupo de Cedo el Asiento al que mi madre me agregó sometiendo a mi voluntad egoísta.

Doce estaciones con trasbordo incluido, 55 minutos entre averías y corredores con algún músico tempranero, megafonía amenazante: la línea 5 va a permanecer cerrada por tropocientos días para su reparación, escaleras estáticas para apremiar a los glúteos, mecánicas para relajarlos, choques con atletas que llegan tarde a su oficina, estudiantes adormilados, hombres y mujeres solos, parejas de amigos, niños con cartera y algún que otro chaleco reflectante para advertir a los malos que se vigila al suburbano.

Cuando regreso por la tarde/noche a casa, me acerco a Manolito cuatro ruedas y golpeo afectuosamente su carrocería: 

Nos vemos mañana.